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Fútbol

El City reaviva la Premier

Hubo algo de Churchill en la victoria citizen. Aquellas célebres palabras que emocionaron a una nación -“No nos rendiremos jamás”-, sobrevolaron el Etihad a cada acometida red. Porque hoy el Liverpool es mejor equipo que el de Guardiola, más confiado y con las ideas más claras. Así que los de Manchester tuvieron que tirar de ingenio, estrategia y concentración, como en 1945. En frente también aparecían alemanes, como Klopp, protagonista de todas las pesadillas de Pep. Al fin y al cabo nadie le había ganado tantos partidos como él (12). A todo ello se unían las urgencias. Una victoria red dejaba la Premier encarrilada para los de Anfield y borraba de la ecuación al campeón. Pero a los citizen les quedaba el orgullo además de su fútbol. Suficiente para reabrir la Premier y una nueva versión de una vieja rivalidad. Liverpool se ha enemistado ahora con la otra orilla de Manchester.

Lo cierto es que ya no quedan invencibles en las Islas. Aquella quimera protagonizada por Wenger y Henry no tendrá su prolongación en Klopp y Salah. Lo evitó un City al que le costó asentarse en el campo y plasmar su idea, imponer su tempo e interpretar su melodía. Es cierto que le falta a Guardiola su mejor solista, Kevin de Bruyne, pero al resto de la banda le sigue faltando afinación. De hecho la primera gran ocasión fue para los de Liverpool, superado el cuarto de hora. No necesitaron los de Klopp uno de sus contragolpes vertiginosos, ni explotar los huecos para llevar el susto al Etihad. Simplemente una triangulación entre Salah y Firmino que el brasileño endulzó con un toque de espuela para que el egipcio dejara solo a Mané ante Ederson. Su disparo se estrellaría en el palo, pero el balón rondaría aún más el abismo del gol en el posterior despeje de Stones. Tras golpear con Ederson, el propio central salvó sobre la línea el esférico. Se necesitó tecnología para comprobar que no había entrado. El tumulto se resolvió con la sobriedad inglesa que acostumbran. Una repetición definitoria y a jugar.

Despertaría del susto el City a base fútbol, llevando el balón hasta los pies de Sané, una gacela con alma de depredador. Entre él y Sterling intentaron amargar la noche a Virgil Van Dijk, auténtico Kaiser red, un valladar que ayuda a explicar el crecimiento defensivo de su equipo. El cimiento más firme del equipo de Klopp para explicar sus (solo) 10 goles encajados en Premier. Una y otra vez chocaron con la buena colocación del neerlandés. Incluso a Silva se le hizo de noche ante su imponente figura cuando el balón le cayó dentro del área, próximo al punto de penalti. No se había alcanzado la media hora de encuentro.

No sufrían en exceso los de Klopp, un equipo camaleónico capaz de calarte en una tromba de contragolpes y presión asfixiante o acomodarse agazapado a la espera del zarpazo definitivo. En el Etihad el plan fue el segundo y hasta el minuto 40 le estaba saliendo a las mil maravillas. Pero entonces Agüero, que además de camaleón es zorro, buscó las cosquillas a Lovren. El croata tiene más fisuras que Virgil y en el primer emparejamiento con el Kun nos dimos cuenta todos. Su anticipación en el primer palo y su excepcional remate fue demasiado incluso para Alisson. El balón entró por la escuadra y desató la locura de la grada. También la de Agüero que soltó adrenalina y tensión con el sufrido banderín de córner. Nadie ha marcado más goles que él vestido de Sky Blue (213 goles en 314 partidos). Allí es ya una leyenda.

No hay mejor antiséptico que el gol y sus efectos se extendieron hasta los primeros minutos del segundo tiempo. No arreciaba el aguacero en Manchester, pero su equipo empezaba a tomar la forma de esa lluvia fina que viene y que va, que moja más de lo que parece, rondando con el balón tu área y cuando te quieres dar cuenta estás calado hasta los huesos. O lo que es lo mismo con el partido perdido. El paraguas de Klopp fue Fabinho. La entrada del brasileño activó al centro del campo red, no solo le dió impulso en la presión, también colmillo. El partido dejó de ser una extensión del concierto de Año Nuevo en el que la secuencia de pases del City lo había convertido. El rock and roll se hacía hueco entre tanta música clásica.

No llegó el empate en plena Marcha Radetzky pero Klopp se animó igualmente con las palmas. Los laterales del Liverpool fueron nuevamente fundamentales. Por esos carriles suelen volar los reds y esta noche apenas habían transitado por ellos. Así que Alexander Arnold se atrevió a poner un centro con la izquierda para la llegada de Robertson por el otro flanco. Al primer toque y sin dudar, el irlandés devolvió el balón al segundo palo. Allí esperaba solo Firmino, conocedor de la distracción para rematar a puerta vacía. Corría el minuto 63 y el partido entraba en una nueva dimensión.

También en un nuevo ritmo. Arriesgó Guardiola y contrarrestó Klopp. La partida de ajedrez se resolvería en apenas media hora, en una partida rápida, de esas que dieron el título mundial a Carlsen. Pep ganó con su alfil, que no es otro que Sané. Lo hizo en un contragolpe de libro después de que Sterling rompiera líneas con su desborde y encontrara al alemán en el flanco izquierdo. Para entonces Agüero ya había arrastrado al defensor desajustando la defensa red. El zurdazo a la base del palo resultó imposible para Alisson. La carambola final añadió suspense al asunto.

Fue entonces cuando los brasileños de uno y otro lado quisieron dejar su sello. Pero no hubo samba ni caipirinha, solo paradas salvadoras. Sonaron a bossanova tras una agotadora sesión de capoeira. Los porteros centraron entonces las miradas, primero Alisson, que negó la que hubiera sido la sentencia. El Etihad cantaba el gol de Agüero después de que éste se plantara solo y driblara al cancerbero carioca. Su parada gatuna parecía un mensaje para sus compañeros: “Seguid intentándolo que ya me encargo yo de parar a estos”. La réplica no tardó en llegar en el otro área. Salah ganó la espalda a Stones y su zurdazo se colaba irremediablemente en la portería de Ederson hasta que este sacó una mano salvadora que envió el balón a córner. Ese saque de esquina terminó con el balón salvado bajo palos por los citizen. Dar el brazo a torcer no entraba tampoco en sus planes.

Y lo demostraron hasta el final, cuando en el minuto 90 robaron un balón en el área rival. La presión era el mejor ejercicio de resistencia. No les quedaban fuerzas, pero era la única manera que tenían de evitar el bombardeo, de coger aire. Bernardo Silva estrellaría el esférico en Alisson que aguantó estoico la embestida. En el rechace a Sterling se le nubló la puntería. Después de eso llegó lo inevitable, las acometidas reds por tierra, mar y aire, con esa convicción que da el sentirte invencible, con la confianza intacta. Agotados unos y otros terminaron dándose la mano, conscientes de que quedan muchas batallas por librar y que la guerra de la Premier será larga. Lo saben Guardiola y Klopp, vencedor y vencido esta vez, que ya habrán recordado a los suyos el alegato final de Winston: “Nunca se rindan, nunca, nunca, nunca en nada grande o pequeño, nunca cedan salvo por las convicciones del honor y el buen sentido. Nunca cedan a la fuerza; nunca cedan al aparente abrumador poder del enemigo”.

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