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Modern Love

Series

El clásico amor moderno

Es raro que a estas alturas de mi vida se me clave una canción como lo hizo aquella que acompaña el inicio de la serie, pero eso es lo que ocurrió.

Comencé a ver Modern Love (Amazon Prime) por tres razones. La primera es que me encanta Nueva York. Sí, sé que no soy nada original diciéndolo, pero adoro esa idea abstracta (y seguramente ficticia) que los aficionados a las comedias románticas nos hemos fabricado en la cabeza. La segunda razón es que el productor ejecutivo (y director de la mitad de los episodios) es John Carney; un irlandés culpable de artefactos tan poco machotes (y con los que me siento tan identificado) como Once, Begin Again o Sing Street; películas que combinan sin complejos dos de mis grandes pasiones: romance no correspondido y música. Precisamente esto último, la música, fue la tercera de las razones; la que resultó definitiva.

Veo series por encima de mis posibilidades (y seguramente por encima de la media también), pero ni así soy capaz de llegar a la mitad de las que quiero y mucho menos de las que se publican. Cada vez es más complicado encontrar lo que merece la pena y por eso es importante no equivocarse. El día que Amazon colgó la primera temporada en su web, Modern Love estaba ya en mi lista de deseos; el problema es que el número de referencias que tengo en esa lista es tan creciente que tiende peligrosamente al infinito.

Era viernes, tenía sueño y la televisión estaba ocupada. En esas condiciones, decidí que lo mejor era buscar algo que pudiese ver en la tablet, que no supusiese un drama dejar a medias, y que no me llevase más de media hora. Pinche el primer capítulo de Modern Love y me dejé llevar. No mucho, porque tuve que poner la pausa cuando acabaron los títulos de crédito. Y no porque no me gustasen, sino por todo lo contrario. Es raro que a estas alturas de mi vida se me clave una canción como lo hizo aquella que acompaña el inicio de la serie, pero eso es lo que ocurrió. No sabía de dónde salía, ni quién la cantaba y eso, en el caso de canciones que me gustan, suele provocarme un ataque de ansiedad. Enfermedades de músico. Intenté encontrar los créditos en internet, pero no resultó fácil (todavía no estaban). Desistí después de intentarlo durante varios minutos. Me podían más las ganas de ver lo que ocurriría después, al quitar la pausa. ¿Estaría a la altura?

Lo estaba. El primer capítulo es una maravilla. Me gustó tanto, que me obligué dejar pasar varios días hasta ver el siguiente. Me gustó tanto, que acabé suscribiéndome al New York Times para poder leer el artículo que motivo esa historia que acababa de ver; una que había escrito una tal Julie Margaret Hogben en octubre de 2015. Modern Love es el nombre de una columna semanal del periódico neoyorkino que, en forma de ensayo, lleva quince años hablando sobre las diferentes aristas que aparecen en ese concepto tan complejo que los humanos denominamos amor. La columna pasó a tener una versión podcast hace cuatro años y ahora se ha transformado en una serie de televisión.

La primera temporada (afortunadamente parece que habrá una segunda) está compuesta por ocho historias independientes (más o menos) de las que es mejor no saber mucho antes de meterse dentro. Háganme caso. Todas ocurren en Nueva York y todas están relacionadas de alguna manera con eso que llamamos amor, aunque huyendo de clichés demasiado evidentes y del clásico patrón: chico/a conoce a chico/a. Sin perder la inocencia, sin intelectualizar lo que no se puede intelectualizar, sin elevar la anécdota a la categoría de generalidad, y sin adentrarse en vericuetos demasiado sofisticados, con mejor y peor resultado también (es cierto), las ocho historias viajan, con bastante lucidez, por los distintos ángulos que surgen en las relaciones entre personas. A veces te hacen sonreír y a veces te hacen llorar, pero casi siempre consiguen las dos cosas a la vez.

El primero de los capítulos es un cuento tan irreal, agridulce y optimista que dan ganas de quedarse a vivir dentro. Y es mejor no decir mucho más al respecto para no estropear la alegría del siguiente incauto que se caiga dentro. El segundo, con Dev Patel (Slumdog Millionaire, The Newsroom…) y en el que el gran Andy Garcia tiene también un pequeño papel, es un historia maravillosa sobre los primeros amores, las decisiones definitivas y el paso del tiempo. El tercero, soberbio, protagonizado por la oscarizada Anne Hathaways (que volvía así a la televisión después de veinte años), es seguramente el más original y arriesgado. Describe un tema muy difícil de describir, pero lo hace con ingenio, con gracia y con honestidad. El cuarto, interpretado por mis adorados Tina Fey (Unbreakable Kimmy Schmidt, 30 Rock…) y John Slattery (Mad Men, Ed…) es como una película de Woody Allen, pero en la que los protagonistas tienen ya una edad y en la que no hay héroes o antihéroes.  El quinto y el sexto, los más flojos para mí (quizá por comparación con el resto), abordan temas como los encuentros casuales o las relaciones paterno filiales. En mi opinión lo hacen desde posiciones algo más forzadas, pero creo que consiguen aguantar el tipo. El séptimo, protagonizado por un excelente Andrew Scott (que también es culpable de elevar a categoría de obra maestra esa maravillosa segunda temporada de Fleabag), vuelve a la senda de la lágrima en el ojo y la sonrisa en la boca; lo hace con otra fábula sobre cómo encontrar el amor donde menos te lo esperas.  La serie, lejos de apelar al lacrimal y desbordarse sobre un tema que da para ello, termina su última entrega con un elegante ejercicio de contención, que además sirve para cerrar el círculo.

Por detrás de las propias historias, el plantel de actores y actrices es uno de los grandes fuertes de la serie. A los anteriormente mencionados hay que añadir un par de nominados al Oscar como Catherine Keener (Cómo ser John Malkovich, Truman Capote…) o Jane Alexander (Kramer contra Kramer, Todos los Hombres del presidente…), además de otros nombres como Gary Carr (The Deuce, Downton Abbey…), John Gallagher Jr. (Easy, The Newsroom…), Julia Garner (Ozark, The Americans…), Shea Whigham (Joker, L.A. Confidential, Boardwalk Empire…), etc. También aparece Ed Sheeran (como actor), por si ese dato le puede resultar relevante a alguien.

El otro punto fuerte, sin duda, es la música. Nada obvia, nada evidente, pero elegida con una precisión ejemplar y un gusto exquisito. Hay pop y folk y jazz y clásica, pero ni te das cuenta de ello. Es parte orgánica del metraje. Aparecen debilidades del que suscribe como Gaz Coombes (Supergrass) o The Divine Comedy, pero también joyas desconocidas como esa maravilla de una tal Nerina Pallot llamada «Circus».

¿Y de quién era entonces la canción de los créditos? Pues lo supe poco después y lamenté mucho no haberlo intuido antes. Es del propio John Carney, el productor ejecutivo, que fue músico antes que fraile. Se llama Setting Sail y es preciosa. Como la serie.

Se hace llamar "escritor intruso", pero ya se está convirtiendo en escritor de cabecera. Alimentó un blog en torno al Atleti (“Y los sueños, sueños son”) desde 2007 a 2017 así como otros blogs clandestinos sobre música, cine, series y política. Además, es compositor, cantante, guitarrista y teclista de los 'Happy Losers'. También ha publicado discos en solitario bajo el pseudónimo de Lukah Boo. Entre otras rarezas tiene un título de Ingeniero Industrial firmado por el Rey.

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