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La Tribuna de Brian Clough

Cobardes

Desde la distancia y la seguridad que te ofrece un teclado o un teléfono móvil es fácil insultar y que no haya consecuencias.

Desarrollo mi profesión en una oficina y el resultado de mi trabajo es evaluado por mis jefes y realmente solo le importa a mi empresa. Nadie se abona a un canal de televisión para verme hacer cálculos contables, ni a mí ni a ningún otro contable. Y aunque no tengo cuentas de Instagram ni de Twitter, no creo que, al acabar mi jornada laboral, encontrase insultos por lo que haya hecho o dejado de hacer.

Otros trabajos sí están expuestos a la evaluación del público, y pocos tienen la conexión emocional del fútbol y las cantidades de interacciones. Los futbolistas se exponen a la revisión de su trabajo alrededor de 55 veces al año, nada comparable con un actor o una cantante que quizá presente una película o un nuevo álbum cada 12 o 15 meses. El futbol, como industria, es en parte responsable de esto porque han querido crear una sobreexposición de su producto para generar más ingresos, y parte de ello son las redes sociales.

La crítica, dirán algunos, va en el sueldo de los jugadores. Aceptemos pulpo como animal de compañía. Maticemos que sueldos estratosféricos hay pocos y quien tenga dudas que pregunte en algunos clubes profesionales donde empleados “civiles” y jugadores sufren para cobrar a tiempo. También es cierto que estos jugadores están sujetos a menos crítica porque, entre otras cosas, los clubes tienen menos seguidores.

La crítica es inevitable. Seguro que tras la primera representación teatral algún espectador dijo “me ha gustado mucho” enumerando una serie de cosas que le hiciesen disfrutar del espectáculo, y otro diría “pues a mí no me ha gustado” para presentar a continuación su lista de razones.

Una cosa es criticar y otra es insultar, y sobre todo es distinto es hacerlo en público. Las redes sociales ofrecen un campo perfecto para cobardes que no se limitan a criticar al jugador por su actuación esa semana. Desde la distancia y la seguridad que te ofrece un teclado o un teléfono móvil es fácil insultar y que no haya consecuencias. El receptor de los insultos no puede hacer más que bloquear al usuario, que rápidamente puede crear un nuevo usuario y volver a la carga. Tras los insultos y agresiones físicas sufridas por jugadores del Championship, la epidemia de insultos racistas ha llegado a la Premier League. Primero fue Tammy Abraham, internacional ingles del Chelsea, cuando falló el penalti que le costo la Supercopa Europea al Chelsea. Por fortuna, el jugador, lejos de verse afectado, ha sido capaz de reivindicarse con goles. Tras él fue Pogba, una estrella mundial, nada menos que campeón del mundo, quien recibió una carga de abusos racistas tras fallar un penalti en la visita del United al Wolves, que acabo con 1-1.

En el siguiente partido fue Marcus Rashford, también internacional inglés, ídolo de la afición, canterano del United, quien fallo un penalti en la derrota del United ante el Crystal Palace (1-2) en Old Trafford. Y este fin de semana ha sido Kurt Zouma, defensa del Chelsea, quien ha recibido los insultos racistas por meterse un gol en propia meta en el ultimo minuto y dejar el encuentro ante el Sheffield United en empate (2-2). Yo mismo he escrito aquí que Zouma no da el nivel para ser titular del Chelsea, que su paso por Stoke o Everton no presagiaban un central del nivel necesario, y que quizá debieron quedarse con Ethan Ampadu en lugar de cederle a la Bundesliga. Ese es el nivel de crítica que al jugador, en su cuenta de Twitter, le puede doler, sí, y es al nivel de crítica al que se enfrentan. Cuando lo haga bien los medios y los aficionados alabaran su partido y cuando falle recibirá críticas negativas. Todo aceptable siempre que se trate del desarrollo de su profesión. Nada tiene que ver su color ni su nacionalidad; o no debería.

¿Cuál es la solución? Los jugadores no pueden cerrar sus cuentas de Twitter e Instagram tal cual. Primero, porque es su derecho tener cuentas o no. No es prerrogativa de un cobarde oculto tras un teclado otorgar cuentas de Twitter únicamente a quien piense como él, por lo que cerrar las cuentas de Pogba o Zouma es ofrecerles una victoria. Segundo, porque tanto clubes como jugadores necesitan de estas cuentas para mantener su perfil comercial. Los patrocinadores esperan fotos de Rashford o Abraham con sus botas nuevas, con una línea de ropa o unos auriculares inalámbricos. Los clubs también quieren fotos de los jugadores en la presentación de una marca de relojes o en el estreno de una película. Ya, el dinero, siempre el dinero. Vuelvo al punto inicial: los jugadores son personas y tienen derecho a usar las redes sociales que quieran sin tener que ser objeto de actividades criminales (y el racismo lo es).

El Manchester United se reunió con Twitter tras el incidente con Pogba para buscar una solución. El United seguro que obtiene gran rentabilidad financiera gracias a las redes, pero las redes también se benefician de contar con el United. Si un club que está año tras año entre los 3 clubes de fútbol con mayores ingresos es capaz de hacer que Twitter cambie el registro de usuarios, habremos avanzado mucho. Necesitan temer que el United es capaz de cerrar todas sus cuentas en la plataforma y convertir eso en pérdida de ingresos. El primer paso es la voluntad de las redes de acabar con usuarios como estos simplemente porque elevan los números, y quizá haya que establecer una legislación mas dura, tanto hacia el usuario como la red, ya que ni la educación ni el hacer lo correcto parece ser suficiente.

Mientras tanto hay que dejar un claro mensaje: estos cobardes no pueden ganar.

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