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RELATOS

Cosas de hombres: el desafío

Tirarse en verano desde el puerto pesquero o alejarse de la orilla eran una manera como cualquier otra de iniciarse en la valentía ante los demás y ante uno mismo.

No había manera. Había que espabilar de un modo u otro. Tirarse en verano desde el puerto pesquero o alejarse de la orilla eran una manera como cualquier otra de iniciarse en la valentía ante los demás y ante uno mismo. No eran cosas pactadas ni se hablaban, pero se hacían porque existe en los hombres un irrefrenable deseo en su interior de hacerlas y siempre se sabía quien las hacía y quien no. Y si bien ya había cruzado con una linterna el túnel militar que atravesaba la cima de Sierra Carbonera, plagado de murciélagos, ir a una estructura de un edificio abandonado de 14 plantas se presentaba como una aventura aún mayor.

Tal vez tuviese 11 años, o tal vez tuviese 12, pero no creo que más y era una tarde de otoño plomiza de levante, de esas que impiden ver África con claridad aunque no lo suficientemente opacas como para dejar de ver las grúas del puerto de Algeciras. Colarse en aquella obra abandonada fue muy sencillo ya que carecía de vigilancia y los boquetes en las vallas ya habían sido lo bastante ensanchados como para que cupiese todo lo vendible que por ellos pudiese salir, así que enseguida enfilamos las escaleras hacia arriba, aunque al carecer todavía de escalones, se presentaban como rampas de cemento desde las que cada vez obteníamos mejores vistas de la ciudad y de la Sierra, ya que daban hacia el norte.

Aquello lo organizó un amigo que hacía poco se había mudado al barrio y tal vez quería probar cómo eran sus nuevos amigos o, tal vez, solo pretendía enseñarnos los lugares que él conocía y nosotros no. Mientras ascendíamos, el viento se volvió un poco más fuerte y sentimos el frío de aquel aire que atravesaba de lado a lado aquella estructura abandonada que sobresalía por encima de todo, ya que iba a ser el edificio más alto de la ciudad.

Cuando por fin llegamos estábamos jadeantes y un poco impresionados, ya que resbalar por alguna de las rampas, equivalía a caer en el descansillo entre tramo y tramo, ese que daba a unas vistas cada vez mejores, aunque las vistas desde la azotea eran impresionantes, con el puerto, Gibraltar, la refinería, San Roque y las decenas de buques que pululaban a diario por la Bahía. Entonces mi amigo me miró y me dijo: «Mira, ven a ver esto». Se acercó al filo de cemento y asomó la cabeza hacia abajo y yo hice lo mismo, mirando largamente como la estructura de columnas se perdía hacia abajo y sintiendo como el viento soplaba con fuerza y atravesaba nuestros jerséis dejándonos desnudos. La broma consistía en agarrar a otro fuertemente del brazo y empujarlo unos centímetros hacia a fuera para inmediatamente, atraerlo de nuevo entre risas, viendo la sensación de pánico en su cara y provocando grandes risas nerviosas.

Así estuvimos un rato, calculando cuál sería el destrozo que provocaría en un cuerpo una caída a esa altura o si sería físicamente posible doblar el cuerpo y maniobrar para caer en alguno de los pisos inferiores, haciendo cábalas de cómo habría de hacerse para evitar terminar aplastados entre los cerros de escombros que se amontonaban allí abajo. Viendo que el viento de levante arreciaba, nos acercamos de nuevo al filo, con el viento a nuestra espalda, pero esta vez con los brazos abiertos en cruz sintiendo como el levante nos empujaba al vacío y entonces mi amigo, riendo y mirándome de soslayo, me dijo que si yo podría sacar la parte de los dedos de los pies también fuera y yo le dije que sí, mientras gritábamos fuerte mirando hacia arriba e inclinábamos nuestros cuerpos hacia atrás contrarrestando la fuerza del viento que nos empujaba al vacío….

Y así estuvimos un rato hasta que uno, asustado al vernos, dijo que lo mejor era que nos fuésemos. Los demás asintieron y nosotros dos, mirándonos primero con cara de orgullo y mirando luego a los otros, comenzamos a bajar dando saltos por las rampas esas que daban a unas vistas cada vez mejores….

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