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RELATOS

Cosas de hombres: el desengaño

Casi hubiese preferido dos puñetazos en un callejón, porque habían dolido menos que aquel flechazo de Cupido.

No era sencillo, a pesar de que te lo explicaran una y otra vez e, incluso, de que se lo vieras hacer a otros. Aunque lo que peor llevaba era esa absurda frase que decía: “El hombre que quiere a una mujer y no se lo dice pronto, que se conforme diciendo: me la quitaron por tonto”. Nunca había oído una frase tan burda y tan, me parecía a mí, alejada del pensamiento femenino, por lo que llevarla a cabo era lo último que se me hubiese ocurrido.

Ya algunos habían comenzado a salir con chicas, con mayor o menor suerte; ya los había que habían cambiado varias veces de pareja; otros se afanaban aún en la búsqueda o, más bien, en que alguna les hiciera caso. Era digno de encomio el empeño, porque yo hubiese abandonado para el resto de mi vida, pero la cuestión era que la presión social resultaba muy fuerte y había que echarse novia, porque era imposible disimular que había alguna que te gustaba y, desde ese momento, la vida se volvía un coro de animadores oficiales que te amargaban la existencia, sobre todo porque yo siempre creí en las señales y entendía que acercarte a una chica que jamás te había hecho caso a declararte era una impertinencia y una falta de respeto.

De todas maneras, yo veía señales, pero siempre eran en chicas que no me gustaban, que era como no recibir señales de ningún tipo. Un día me pareció vislumbrar señales de la elegida, porque había una elegida, claro que la había; señales que dejé pasar en el convencimiento de que no eran tal mientras soportaba toda clase de improperios por parte de los que me rodeaban, que no entendían como no le atacaba, como sutilmente se decía en el argot, argot que era muy común, pero que desentonaba por completo cuando se trataba de ella, que no tenía nada que ver con las demás.

Ocurrió que la amistad entre ella y yo fue aumentando e incluso hubo un par de cafés con saltada de clase incluida, lo cual representó la señal de las señales, incluso para mí. Sí que me preparé a conciencia para el asalto final, imaginándome por fin de la mano por la calle con Ella y entrando en la normalidad existencial que se me exigía en aquella época. En mi asalto no podía faltar lo que yo consideraba fundamental, que no era otra cosa que una buena banda sonora, pues no había película de amor que no la tuviese, y el leitmotiv elegido para tan solemne ocasión fue “I just called to say I love you” de Stevie Wonder por dos razones: la primera, que estaba de moda y la segunda que podía hacerse por teléfono, tal y como dice la canción, evitando el bochorno de una negativa téte a téte, bochorno que no iba a producirse, por supuesto, porque las señales eran inequívocas.

Así que grabé de Los 40 Principales la canción en cuestión en un cassette y aprovechando que por las tardes la llamaba para charlar antes de ir a clase preparé el día apropiado. En el día elegido, con el corazón saliéndoseme por la boca, seca como un estropajo, y las manos como si las acabase de sacar de un cubo de agua, tras saludarla brevemente y tras haber preparado a conciencia la parte de la canción donde se incluía la declaración de amor, le dije: ¿Sabes porqué te he llamado? Y dándole al botón de play que iniciaba el famoso estribillo me contesté a mí mismo: “Solo te llamaba para decirte que te quiero”… y entonces se echó a reír y me dijo: “¡Anda y no digas tonterías!”. Y ya está, cambió de tema. Digo yo que me podía haber dicho que no y darme una pequeña, mínima, explicación; e incluso mentir y hacerse la compungida, pero reírse e ignorarme no fue de recibo. Dos días más tarde me enteré de que ya salía con otro chico hacía un par de semanas. El mismo día que un amigo me dijo que tal vez la canción fue lo que falló y que con Drive, de The Cars, hubiese dicho que sí fijo. Casi hubiese preferido dos puñetazos en un callejón, porque habrían dolido menos que aquel flechazo de Cupido. Cosas de hombres.

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