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RELATOS

Cosas de hombres: la pelea

Nadie entiende la soledad de un niño al que le han roto la nariz porque ha perdido una pelea y siente que nada puede salvarle.

Yo no había hecho nada, de hecho nunca lo hacía, pero al final siempre terminaba en medio, o peor, en el suelo. Él no era mucho más alto que yo, ni tampoco mucho más fuerte, o tal vez sí. Lo único que sabía es que me miraba y que, al mismo tiempo, todos me miraban también. En un colegio masculino, toda pelea era siempre bien recibida entre los chicos, máxime cuando se sabía que uno de los participantes era de los que siempre ganaba y el contrincante generaba, cuando menos, dudas.

En este caso, las dudas sobre el contrincante eran nulas ya yo que nunca había ganado ninguna. Una pelea se organizaba por cualquier cosa, sobre todo a esas edades en las que uno intenta demostrarse a sí mismo y aún a los demás que se está haciendo un hombre, pero en este caso, su acusación se basó en una mirada sostenida más tiempo del debido y en no agachar la cabeza cuando se me requirióa. Así que la amenaza de verme en la calle para partirme la cara a la salida de clase me provocó una interminable angustia y una agonía terrible por la espera. Las horas pasaban lentas y en los descansos entre clase y clase las amenazas, los insultos y las descripciones de lo que iba a hacer conmigo contagiaban a toda la clase, que se veía inmersa en una vorágine de acontecimientos que la sacaban de su rutina de disciplina diaria y que le aportaba un punto de emoción. Entre los alumnos, nadie intervenía para parar esa pelea, porque estaba muy mal visto, al igual que comunicárselo a algún profesor, lo que provocaba una terrible sensación de soledad y de indefensión ante la tragedia que se avecinaba alterada solamente por los jaleos de los amigos del posible vencedor y la compasión de los amigos del más que probable vencido, toda vez que los amigos del matón eran casi todos unos matones mientras que los amigos del perdedor eran tan mal peleadores como él.

Siempre entendí que llevar gafas no imponía respeto entre mis compañeros, pero es que tampoco ayudaba en absoluto que no supiera darle una patada a un balón y que, encima, leyera. En los recreos, yo pertenecía a ese grupo al que, después de sortear los capitanes e ir eligiendo uno a uno a los componentes de su equipo, siempre dejaban para el final cediéndoselo amablemente el uno al otro: «No, quédatelos tú» Declinando el otro la oferta se la devolvía amablemente, mientras nosotros íbamos de un lado a otro, sin saber donde quedarnos. Dándoseme el fútbol así y con gafas… ¿A quién podría extrañarle que leyera? Los libros lo eran todo para mi y el mundo entero cabía en ellos, pero ni el Caballero Trewlany, ni el Capitán Trueno, ni Minaya Álvar Fáñez iban a rescatarme a mi a la salida del colegio esa tarde.

Las horas pasaron muy lentas, pero al final llegó la hora de salir y yo me fui con mi mochila al hombro, mis gafas, mirando al suelo y con unas enormes ganas de llorar mientras me dirigía al matadero. Él dejó que pasara un espacio de tiempo prudencial para no atizarme excesivamente cerca del colegio, ya que podría intervenir alguna madre o algún padre Salesiano e interrumpir el espectáculo, lo que además hubiese sido indigno para mi. Así que salió y esperó en unos callejones que yo tenía que cruzar camino de casa, seguido por sus amigos, y yo por nadie, se plantó delante de mi cortándome el paso mientras uno de sus amigos le sujetaba su mochila. Yo me quedé petrificado y temblando mientras le intentaba explicar que yo no había hecho nada y que no quería pelear ni con él ni con nadie, pero empezó a darme empujones en el pecho con las dos manos arrinconándome un par de veces y después me soltó los dos puñetazos que, a día de hoy y tal y como me los dio, no me hubiesen hecho mucha mella, pero en aquel momento bastaron para hacerme un moretón bajo mi ojo izquierdo, para que sangrara por la nariz y para que perdiera mi dignidad por completo, pero sobre todo, para que detrás de esa pelea viniesen dos o tres más, en la confianza de que los retadores lo tendrían fácil y que su autoestima se iba a ver reforzada de manera sencilla y eficiente.

Cuando se marchó victorioso con sus amigos, yo me fui a casa llorando, pero intentando que las lágrimas no se viesen hundiendo mucho la cabeza en los hombros, porque perder una pelea no es fácil y con aquella edad aún menos. Porque nadie entiende la soledad de un niño al que le han roto la nariz porque ha perdido una pelea y le han puesto un ojo morado y sientes que nada puede salvarte y menos un abrazo de tu madre o un reproche de tu padre. Solo te queda ocultarte y mentir en casa y alegar que fue un balonazo y pasar vergüenza en el colegio sabiendo que todo el mundo lo sabe y esperar a que el próximo retador lanzase su guante. No había otra. Son cosas de hombres.

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