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RELATOS

Cosas de hombres: el primer trabajo

Mi primer barco, para pintarlo junto con otro chico como yo, fue el Donagus, de 45 metros de eslora. Se utilizaba como gabarra para abastecer de combustibles a los barcos que fondeaban en la bahía.

Cuando éramos adolescentes, todos queríamos cumplir los 18 para empezar a trabajar ese verano, fuésemos a estudiar o no, porque trabajar significaba la independencia económica, más fiestas y terminar de convertirte en un hombre.

A menos que tu padre tuviese una empresa donde colocarte, el sueño de casi todos era entrar en una subcontrata para trabajar en una parada en la refinería, que tal y como su nombre indica, era el cese temporal de las actividades en una determinada zona que había que limpiar y arreglar. Los turnos eran de 12 horas y se trabajaba todos los días ininterrumpidamente hasta que se acababa lo que se había empezado, pero se ganaba mucho dinero, más que en ningún otro sitio.

Los más afortunados, cuyos padres ya trabajaban en la refinería, podían optar por ser operarios de planta directamente contratados por CEPSA, ya que al igual que en otros muchos trabajos, estos puestos podían considerarse hereditarios y un padre no se jubilaba hasta que su hijo lo podía sustituir. Yo nunca tuve especial predilección por aquello porque desde que tenía uso de razón lo que me atraía eran el mar y los barcos y el olor a gasoil de los puertos que había aprendido a distinguir en el de Melilla, desde donde viajábamos a la península en viejos ferris como el Vicente Puchol. Así que justo cuando cumplí los 18 una amiga que trabajaba en el astillero que hay en San Roque me ofreció entrar, y fue entonces cuando me subí a un buque mercante por primera vez en mi vida.

Ese astillero fue construido en los 70 dentro de los planes de desarrollo del gobierno que, junto con el polo químico, iban a hacer del Campo de Gibraltar una zona altamente industrializada. Pero este astillero nunca llegó a arrancar en lo que se refiere a la construcción naval, tal y como se hacía en Puerto Real, en Matas Gordas o en Cádiz, donde se llegaron a hacer buques de 350 metros de eslora. A pesar de contar con todo, el astillero se limitaba a reparaciones de buques atracados y fondeados.

Mi primer barco, para pintarlo junto con otro chico como yo, fue el Donagus, de 45 metros de eslora. Se utilizaba como gabarra para abastecer de combustibles a los barcos que fondeaban en la bahía. Tardamos dos semanas, atracados en aquel astillero que se parecía al de Onetti por su ambiente de abandono y tristeza, lleno de oficinas con cristales rotos y folios antiguos que hablaban de operaciones ya muertas de barcos que seguramente habrían sido ya desguazados.

A ese barco le siguió el Mar Caterina, de 210 metros de eslora y fabricado en 1982. Fue un 21 de diciembre. Nos citaron en las oficinas y allí comenzaron a llegar todos los que iban a subir a bordo, tanto mecánicos como soldadores. Casi todos venían de la Bahía de Cádiz y se conocían por sus apodos más que por sus nombres de pila. El almeja, llamado así porque le llevaba cubos de ese bivalvo a los encargados para que le permitieran no ir a trabajar. El cigüeña, un gitano flaco y moreno, de grandes patillas y con un andar similar al de ese ave. Y así todos, El gafas, El cejas, El feo y su hermano El colilla y un sinfín más, pero había uno sin apodo de unos cincuenta y pocos años al que llamaban con mucho respeto Ramón. Llevaba una gorra de visera y fumaba constantemente unos cigarrillos baboseados por su falta de dientes, con la voz muy ronca… y había también otro hombre, muy bajito y dicharachero llamado Felipe al que todo el mundo saludaba y que tenía una broma para todos. Por cierto, todos llevaban navaja. Una vez que habíamos firmado nuestros contratos, nos montaron en una furgoneta y salimos hacia el puerto de Algeciras para coger una lancha que salió del Muelle de Isla Verde y que nos llevó al buque. En todo ese tiempo yo no abrí la boca, con mis 18 años, mi coleta y mis manos delicadas de no haber cogido nunca un martillo.

Yo los miraba debatiéndome entre la curiosidad y el respeto, intentando que nadie se fijara en mí, como tuvo que sentirse Jim el día que amaneció en la empalizada de los piratas en la Isla del Tesoro. En invierno, en la cubierta de esos lanchones que transbordan a las tripulaciones desde los barcos al puerto y viceversa, la humedad te calaba los huesos, y las salpicaduras del agua no se terminaban de secar nunca, pero como en el minúsculo salón de abajo el ambiente era irrespirable, todos íbamos en el exterior con un cigarro en la boca y las manos dentro de nuestros chaquetones.

Recuerdo que iríamos unos 15, cada uno con nuestro bolso al hombro, y nos acercamos a la escala real, que es la escalera rígida que sale en diagonal desde la cubierta hasta el agua para poder acceder al buque y comenzamos a subir. Al llegar a la cubierta, Felipe, el hombre bromista y simpático, de pronto se puso serio y, mirando a los hombres, los dividió en soldadores y mecánicos y les dijo que esperaran a que hablara con el oficial. Yo me quedé allí de pie sin saber muy bien qué hacer pues nadie me había dicho nada y no sabía en qué bando colocarme. Hasta que Felipe me miró preguntándome qué hacía allí. Al verlo tan serio, le balbuceé que yo no era parte de la tripulación del buque, sino que iba con ellos, y él me contestó que todos pensaban que yo era un estudiante haciendo prácticas de oficial. Dicho esto, se giró y se fue. Entonces yo sentí todas las miradas de aquella manada de lobos puestas en mí, y fue El cigüeña, el gitano flaco, el primero en lanzarse diciendo en voz muy alta: “¡Menudo manteca!”. Aquello provocó grandes risotadas. Sin embargo, fue Ramón el primero que se me acercó y se situó a un palmo de mi cara, y aunque yo medía 1,86 —y pesaba solo 70 kilos— Ramón imponía, pese a ser más bajito.

Yo no sabía qué hacer en aquella maldita cubierta que resbalaba entre los vaivenes que le provocaban al barco el viento y las olas mientras virábamos hacia el sur para situarnos en la cara este del istmo cruzando por delante de Punta Europa. Ramón sacó un cigarro y me pidió fuego. Yo le acerqué mi mechero, ese Zippo negro mate, y agarrándome las dos manos con las suyas, que eran dos trozos de madera, me miró y me dijo que tenía manos de mujer. Sin soltarme las manos, me dijo también que tenía la carita muy fina y que las noches en los barcos son muy largas, lo que provocó una tremenda algarabía y silbidos, algo que a mí me dejó helado y maldije la hora en que había firmado para embarcarme. En esto llegó Felipe y nos ordenó entrar en el castillo de popa, donde descubrí que ya había muchos más de los nuestros, y que en total éramos casi 50 más la tripulación, que serían unos 16, y empezaron a distribuirnos por los camarotes.

Un gaditano llamado Manolo me cogió por el brazo y dijo, como dicen los gaditanos: “Felipe, el pibe se viene conmigo”. Suspiré aliviado, al menos de momento, y me quedé con él en el camarote asignado, que tenía una litera pero que sorprendentemente ya estaba ocupado por dos hombres que se quedaron mirándonos y comentaron, sumiéndome a mí en el miedo, que dormiríamos a cama caliente. Finalmente resultó que se trataba de compartir cama por dos hombres en turnos distintos, es decir, que yo me levantaba a las siete y quitaba mis sábanas y venía el del turno de noche y se acostaba a las ocho hasta que llegara yo por la noche, una noche que yo no quería que llegara nunca.

Serían las doce y media o así, y ya iba el segundo turno de comida, que comenzaba a las once y media, y me di cuenta de que la comida iba a ser excelente, ya que había entremeses, primero, segundo y café, además de pan recién hecho a discreción. La cerveza había que comprarla y Manolo pidió una caja, es decir, 24 latas. Los demás se conformaron con el vino tinto en tetrabrik que sí entraba en la comida y que nunca era suficiente para aquellas oleadas de hombres tiznados y grasientos que salían cada dos o tres horas desde lo más profundo de los tanques o desde los más recónditos recovecos de la sala de máquinas, siempre dispuestos a un vaso de vino o a una cerveza que apuraban con un cigarro en la boca, blasfemando y haciendo cálculos de cuánto dinero llevaban ganado, sobre todo eso, y de cuánto iban a gastarse en putas.

A mí me mandaron con Manolo a soldar una plancha de acero dentro de uno de los tanques de lastre, oxidado y lleno de vapores tóxicos que me rodeaban en medio de grandes vaivenes mientras agarraba la plancha de 200 kilos que se balanceaba de una polea y sin tener como agarrarme yo. Nunca me había sentido tan cerca del infierno. A las seis y media subimos a cenar igual de bien que a mediodía, y volvimos a bajar hasta casi las diez. Al final del día Manolo me miró y me soltó un «¡carajo, contigo no acabo en dos años!». No creo que nunca nadie hubiese tenido tanta razón. Al subir me duché y me reuní con todos los de mi turno en un lateral de la cubierta húmeda y fría pero al resguardo de oídos indiscretos, rodeado de latas de cerveza caliente, vasos de vino de tetrabrik y de ginebra a palo seco. Mientras, intentaba situarme lo más alejado posible de Ramón, lo que solo sirvió para que los besos que me lanzaba se escuchasen aún más mientras los demás lo jaleaban. Felipe dijo que íbamos a hablar de las horas extras y de ahí a los camarotes a dormir porque esa faena había que sacarla adelante, exactamente lo que yo no quería que pasara. Así que Felipe, entre unas cosas y otras, le dijo ya al final a Ramón que le iban a quitar el 20% del precio y que le iban a pagar por las horas extras. Él dijo que ya lo sabía, y que del dinero que iba a cobrar se lo iban a descontar. Ramón aceptó, y tras haber Felipe organizado la administración a bordo, dijo que se retiraba. Mientras se iba y Ramón me miraba, yo lo miré, tragué saliva, respiré profundo y dije en voz alta: “Ramón, ese cálculo está mal hecho y te están quitando dinero”. Todo el mundo se quedó en silencio, observándome y Felipe se dio la vuelta con cara de pocos amigos.

Era una noche fría y húmeda y los ánimos estaban caldeados porque había rumores de que, debido al temporal, no habría lancha para llevarnos a puerto y pasaríamos la Nochebuena a bordo. Así que cuando Felipe y Ramón se me plantaron delante de mí atravesándome con la mirada, yo, fijándome en Ramón, le expliqué que si a una cantidad le sumas un 20% y luego le vuelves a restar un 20% la cantidad resultante siempre es inferior a la original. Todos se quedaron mudos pensando que los estaba vacilando y Ramón parecía un toro. Felipe y otros, pidiendo paciencia y dándose cuenta de que yo sería incapaz de mentir en una cuestión así, me preguntaron si yo tenía estudios. Al decirle que estaba terminando el instituto y que trabajaba para ir a la Universidad, sacaron el papel y el bolígrafo que llevaba Felipe y me los pusieron en la mano rodeándome y me pidieron la explicación. Entonces, escribí que si a 800 pesetas le sumas un 20%, el resultado es de 960 pesetas, pero que si a 960 pesetas le restas un 20% el resultado es de 768 pesetas, es decir un 4% inferior.

Al darse cuenta y con mi papel en la mano, como los sans culottes siguiendo a la democracia, rodearon a Felipe, que dijo que él no sabía de cuentas y que iba a llamar por radio para que confirmaran mi teoría y que lo arreglaría, pero que como fuese mentira, me iban a tirar por la borda esa misma noche después de hacerme otras cosas. Por no esperar y sintiendo que las piernas me fallaban, busqué a un tercer oficial que era muy joven y le pregunté si mi teoría era cierta delante de Felipe y de Ramón y de unos cuantos más. Al decir también que sí, comencé una nueva vida en la mercante como asesor financiero de todos mis compañeros sumando y restando horas extras.

A Felipe se le daba bien el cante, en especial por Rafael Farina y a veces se arrancaba entre faena y faena. Pero lo de Ramón fue otra cosa. No tenía cincuenta y tantos sino 38 y yo ya le conocía aunque no lo sabía. Cuando era niño mi padre me llevaba al Cine Levante en La Línea, un cine en el Barrio de La Atunara que ya no funcionaba como cine sino como cuadrilátero de boxeo, donde los viernes por la noche había combates y donde el ídolo local era Aranda. Las sillas eran de madera y se podía beber y fumar por todas partes. Nosotros nos sentábamos en primera fila, donde los golpes sonaban secos y los bufidos del que atizaba y los gemidos del que recibía eran tan cercanos como si estuvieses en el ring. Junto al olor a linimento y sudor, configuraba un ambiente patibulario de miradas torvas y apuestas clandestinas.

Ramón Arcedo, nuestro Ramón, era uno de los púgiles de aquellas noches de viernes, y cuando le dije, entre la alegría infantil y el respeto, que lo recordaba, se alegró y entre eso y mi asesoramiento administrativo, Ramón se convirtió en mi adalid. Para agradecerme ambas cosas me dijo que lo peor de pelear es aprender a recibir y aguantar, y que los mejores peleadores eran los que mejor se fajaban. Diciendo esto, me soltó un par de bimbas, una por cada lado, que casi me tumban, y me contó que el día que perdiese el miedo a recibir un golpe, ganaría todas las peleas, que no lo olvidara nunca. Y nunca lo hice porque siguió enseñándome a recibir golpes durante todos los días que estuvimos, sin faltar ni uno solo, cosa que aún a día de hoy le agradezco y que recuerdo cerrando los ojos mientras en mi memoria se entremezclan el olor del gasoil, el del linimento y el sonido del viento con el de los bufidos del que atiza.

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