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Víctor Córdoba y sus compañeros de voluntariado.

Solidarios

“¿Qué cosas increíbles has hecho con tu vida?”

Historia de un joven de 20 años, capaz de convencer a otros 16 universitarios para viajar a Filipinas y descubrir lo que significa el voluntariado. “Me he dado cuenta de que es fácil ser mediocre y quiero evitarlo”.

Siempre he entendido que el periodismo puede estar en cualquier parte y, naturalmente, en un muchacho de 20 años, de Majadahonda, estudiante de tercero de Ingeniería de Telecomunicaciones, que propone una conversación que te obliga a pensar. “No hay que esperar a ninguna edad para cumplir tus sueños”, dice él, Víctor Córdoba, un joven de familia acomodada al que nunca ha faltado de nada. Pero quizá sea eso precisamente lo que más le estimula a él, hijo de ingeniero, que rompe con las declaraciones inocentes. “Me he dado cuenta de que es fácil ser mediocre. Yo quiero evitarlo”. Una idea severa que despegó como nunca el pasado verano cuando Víctor entendió que su vida había cruzado la frontera. “No quería echar a perder otro verano”. Y entonces se planteó una misión de la forma más independiente posible, y planeó ir a Calcuta a hacer una misión en la que aportar lo poco o mucho que él ha aprendido de la vida o de la universidad que, entre las cosas que le enseñó, hay una infatigable: “Nunca estarás tan ocupado como para no pensar en los demás”.

Pero al planear ese viaje… “Cuando empezamos a moverlo”, relata, “las posibilidades de lo que se podía hacer y de lo que no, sentimos que aquello era como una oficina de turismo y de que Calcuta se ha convertido en algo muy comercial. Sé que se ha hecho una gran labor y no dudo de que todavía se haga. Incluso, acepto que puedo estar equivocado, pero no me gusta pelearme con mis intuiciones. No sé cómo hacerlo y sentí que mi sitio esta vez no estaba allí. Me pareció que no iba a llevar a cabo a lo que me sentía llamado. No quería, en definitiva, hacer un voluntariado light, dejando de lado a las personas”. Su misión cambió la hoja de ruta cuando habló con “una amiga que había estado en Filipinas a través de un sacerdote misionero que permaneció en Cebú durante ocho años. Comencé a explorar ese mundo, a mandar emails, a recabar información, a llamar a las hermanas de la Caridad, a ver lo que podríamos hacer allí, todo menos ser una carga”, expresa hoy con un entusiasmo, escrito en su frente, que tal vez sea parte de su manera de ser.

 

 

“Si estoy en este mundo es para hacer lo que me gusta y, si me gusta ayudar, no quiero dejar pasar esa vocación por alto. He entendido que en esta vida debes ser emprendedor. Nadie mejor que tú va a decidir las cosas que quieres hacer. Pero, si quieres dar un paso más, tienes que salir a buscarlas. Nadie va a venir a ofrecértelas a casa. Tengo 20 años y sé que hasta ahora no he hecho grandes cosas en mi vida. Todo el dinero que he ganado ha sido en trabajos básicos de camarero, de repartidor de comida en bicicleta y hasta he hecho alguna página web para empresas aprovechando los recursos que la carrera me ha dado. Pero aun no he llevado a cabo la gran misión vital a la que todos estamos llamados. Sé que es poca cosa como para dar lecciones a nadie pero, precisamente, para darme lecciones a mí mismo, tengo que salir a buscar cosas, a emprender proyectos y a saber lo que pasa en esos mundos que no son como el nuestro”.

Filipinas es la prueba, tal vez la radiografía perfecta. La Filipinas que conoció el verano pasado, en las islas de Cebú y Biliran, donde no sólo fue él, Victor Córdoba, lo que quizá sea la parte más apasionante de esta historia.
“También convencí a 16 amigos universitarios. Todo nació a partir de una pregunta a su mejor amigo Ricardo Lalanda: ‘Hasta hoy, ¿qué cosas increíbles has hecho con tu vida?, ¿acaso has utilizado tus recursos en hacer algo grande?”. Decidieron que antes de que ambos cumplieran 20 años el 28 de Mayo, tendrían un billete a la otra punta del mundo para comenzar a emprender grandes sueños. Y así fue.

Y entonces apareció esa Filipinas de la que hablamos hoy, “en la que entendimos que existía esa oportunidad, como mínimo, de aportar nuestras propias manos durante las tres semanas en las que estuvimos en verano. En realidad, no fuimos a cambiar nada en Filipinas. Sería absurdo el mero hecho de pensarlo o de imaginarlo, pero sí fuimos a aportar nuestro granito de arena y, ¿qué hicimos?, construimos tres baños de hormigón armado, ayudamos a reparar techos e hicimos una instalación de agua potable en el colegio de la zona, techos de madera, lo que nos dio tiempo… Fueron, en definitiva, pequeñas cosas que para nosotros, sin embargo, son grandes cosas. Nosotros aportamos nuestro tiempo y dinero, pero ellos nos regalaron su corazón y cuanto tenían. Pequeñas cosas que hechas con gran amor se convirtieron en grandes cosas, porque no sirve de nada vivir tras el muro de tu comodidad; lo importante es cómo viven ellos, compartir la suerte de cuanto tienes, y crecer juntos. Allí vivían en cabañas de bambú, podríamos decir que les faltaban muchas cosas, pero lo tenían todo, porque para ellos vivir felices era la primero, y lo demás se construía a continuación. Nosotros a veces construimos todo olvidando aquellos cimientos de felicidad y amor. Dieciséis universitarios que volvimos transformados para ayudar donde de verdad está nuestra misión, aquí, en nuestros hogares”.

Para saber más misioncebu.org

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