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Cine

‘El crack cero’, adiós de Garci al cine que no volverá

La nostalgia casi patológica del autor, que rezuma en cada uno de sus libros y películas, tinta cada plano, cada gesto y conversación.

La última película de Garci te da ganas de prender un cigarro, poner música jazz en un vinilo, echar dos hielos en una copa y rociarlo con Jack Daniels’. El problema es que en la vida real nunca queda igual que en el cine, porque los sueños cine son. José Luis Garci ignoró el lema de James Bond (‘Nunca digas nunca jamás’) y le ha tocado incumplir su promesa de no volver a hacer películas tras Holmes & Watson. Madrid Days (2012), afortunadamente para todos.

Y es que El crack cero recupera al Garci más Garci, quien a su vez retoma uno de sus personajes más icónicos y atractivos: el adusto detective con la mirada más triste del planeta, Germán Areta. Olvidar a Alfredo Landa era, quizá, el reto mayúsculo de esta película que cierra una trilogía iniciada en 1981. El crack cero lo consigue, y por varias razones.

En primer lugar porque la elección del blanco y negro es acertadísima. La fotografía y el ambiente nos recuerdan a ese cine noir de los años 50, del que muchos seguimos enamorados a día de hoy (incluido el propio Garci). En algunas escenas parece que al doblar la esquina o abrir una puerta va a aparecer el mismísimo Humphrey Bogart resucitado, James Cagney o Edward G. Robinson.

La última película de Garci, que narra la historia de cómo el detective Areta se convirtió en un ser humano serio y vacío de alegría, entra al espectador como un buen bourbon: a sorbitos, paladeando los amargos y contrastes de un ritmo pausado pero que consigue despertar la intriga del espectador. El director, fiel a su pauta, se sitúa como mero espectador de la trama, tratando de sobresalir lo menos posible, dejando que sea la historia y los personajes los que hablen por sí solos.

La Gran Vía, ese objeto de inspiración inagotable para Garci, es tan protagonista como el que más. Reflejo de un mundo que nos dejó para siempre y al que solo es posible volver a través de las películas o los libros. La nostalgia casi patológica del autor, que rezuma en cada uno de sus libros y películas, tinta cada plano, cada gesto y conversación. Todos tenemos un lugar donde querríamos que esté nuestro limbo, un sitio en el que alojarnos como el Valhalla. El de Garci está lleno de sesiones dobles, cines antiguos, Seat 600, tabaco, whisky, mujeres despampanantes y discursos melancólicos sobre el ayer, el hoy y el mañana.

La película se vive a través de los ojos de Carlos Santos, que recoge el testigo de Alfredo Landa y se pone en la piel de Germán Areta. Asume la personalidad del tímido detective con la mayor naturalidad y su descenso a los infiernos es de lo más creíble. Otro actor que brilla con luz propia es Miguel Ángel Muñoz. No daba dos duros por que este guapete intérprete pudiera quedar creíble haciendo el personaje de ‘Moro’, pero debo tragarme mis prejuicios con patatas. Muñoz no solo es creíble, sino que está de Goya. Es una delicia ver el aire socarrón, callejero, tunante y canalla que le imprime al personaje. De hecho, se convierte en un robaplanos de primera. 

Uno de los mayores atractivos de la película es, a mi juicio, la relación entre el ‘Moro’ y Germán Areta. Esta dualidad de caracteres da lugar a momentos desternillantes y en los que queda palpable que la amistad no entiende de diferencias personales. “Tenía los pezones tan duros que me ha rasgado la mampara de la ducha”, es una de las perlas que suelta el ‘Moro’, siempre fanfarroneando de sus ligues. Todo lo contrario que Areta, siempre cauto y educado.

Ni que decir tiene que la escena inicial es explosiva, como es ya clásico en las películas de esta saga. Además, Garci utiliza un tema de máxima actualidad como es el machismo y la violencia de género para dar su particular visión sobre el asunto. Una postura valiente y sórdida como Rick Blaine empuñando un arma.

Con El crack cero uno tiene la sensación de que Garci se ha quitado una espinita clavada en el alma. Es un adiós a su vida de director,  y a su vez una despedida de las calles en blanco y negro,  de los detectives con gabardina y las conversaciones infinitas.  Un homenaje a Alfredo Landa y a aquellos tiempos que nunca volverán, los mejores, esos que nunca existieron en realidad. The End.

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  1. Pingback: Garci: “Que deje de hacer películas no significa que diga adiós”

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