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Persiana.
Mi persiana.

Fotomatón

Crecer con el filtro de una persiana

Un día fue blanca, pero con el paso del tiempo va tomando un color amarillo vainilla, similar al de la pared. Para que luego digan que solo a las personas nos salen canas.

Acostumbro a dormir en el lado izquierdo de la cama. No sé si es una manía, pero desde luego, sí un hábito. Es una cama de 1,35, de esas que, aunque duermas solo, se denominan de matrimonio. Lo hago dando la espalda a la puerta, mirando hacia la ventana. Apenas me muevo durante toda la noche; la parte derecha ni se entera de que estoy allí.

Cuando me despierto, o hago el amago de hacerlo, el edredón, suave y tibio, me cubre por completo, como hacían mamá y papá con sus cuerpos cualquier mañana perezosa de domingo cuando todavía era niño. Ahora, con el paso de los años, me he acostumbrado al tacto, mucho más frío que el calor humano, de las sábanas, aunque su olor —quería decir amor— no es tan fuerte como el de las dos personas que más te quieren. Digamos que es distinto.

Cuando me decido, abro los ojos, aunque lentamente. Lo primero que veo es la persiana, mi persiana, esa que un día fue blanca, pero que con el paso del tiempo va tomando un color amarillo vainilla, similar al de la pared. Para que luego digan que solo a las personas nos salen canas. Tras la cortina, unos rayos de luz acompañados del sonido analógico de un reloj, el mismo que me despertaba cada mañana de colegio. Solo que ahora en la mochila cargo más responsabilidades que libros.

No me gusta bajarla del todo —la persiana— precisamente por eso. Por ver el sol entre sus rejillas. Viviendo solo, es lo más parecido a que me den los buenos días, a que me canten lo mismo que me canturreaba mi padre cada mañana. Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así. Mi persiana es el primer contacto que tengo con el mundo exterior, el síntoma de lo que puede venir o no.

Me complace ver durante unos minutos el mosaico que se genera dentro de la habitación, hasta que me levanto para hacer lo mismo con la persiana. Tiro de la correa, pero no la subo del todo, solo un tercio de sus posibilidades. Sigue mi ritmo vital, a mí también me cuesta despegarme de las legañas, como a la mayoría marcharse de casa. A todos nos molesta crecer, así que mejor hacerlo poco a poco, sin olvidar de dónde venimos, ni a dónde queremos llegar.

Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista.

1 Comment

1 Comment

  1. Cristina

    27/08/2018 at 14:40

    Por un momento, me he transportado a ese instante y a ese despertar. Sigue así, eres un crack.

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