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Sócrates, con Brasil. Detrás, Toninho Cerezo.
Sócrates, con Brasil. Detrás, Junior. CORDON PRESS

Mundial Rusia 2018

Cuando los futbolistas fumaban

“Los futbolistas somos artistas y, por tanto, somos los únicos que tenemos más poder que sus jefes”. Sócrates

Hubo un tiempo en que en Brasil existió un jugador que se atrevía a lanzar los penaltis de tacón. No ganó lo que ganaron Pelé, Garrincha, Carlos Alberto o Gerson. Murió víctima de una cirrosis, conectado a un respirador artificial, hace casi siete años en un hospital brasileño. En realidad, era un hombre extraño que no se sabe cómo hubiese encajado en esta época. Nunca se le fotografió con el pelo engominado. Era barbudo, era fumador y se licenció en dos carreras (Medicina y Filosofía). Se llamaba Sócrates (1954) y fue un fabuloso futbolista que en 1982 formaba mediocampo junto a Falcao, Toninho Cerezo y Zico. El día que cayó frente a Italia, en el que pudo ser el mejor partido de la historia de los Mundiales, volvió a ser un hombre sabio, sin problema para regatear al dramatismo: «¿Perdimos? Mala suerte y peor para el fútbol».

Sócrates perteneció a los ochenta, una época más emocionante para los futbolistas y que Brasil ahora desea recuperar. La pregunta tiene su impaciencia. Máxime en un verano como éste en el que Brasil alinea en el mismo equipo titular a talentos como Neymar, Coutinho, Gabriel Jesús o William que podrían haber sido titulares en cualquier época. Por lo tanto, este Mundial, en el que Brasil ha escapado de esos entrenadores (Lazaroni, Parreira, Dunga, Scolari…), que secuestraban el talento, tiene algo distinto: ya no se trata, como los últimos treinta años, de ganar a cualquier precio. Casemiro sólo es el Toninho Cerezo del 82. El resto son futbolistas que podrían ser fieles al libro de Sócrates (Desde el Monte Santo), en el que se escribía que se juega al fútbol como se vive y en el que tampoco pasaba nada, si después de los partidos, uno se tomaba una cerveza. Y en su caso, que fue un caso extremo, hasta se fumaba algún o algunos cigarros.

Pero no son los vicios por los que hoy recuerdo a Sócrates, sino por una manera de ser: la personalidad para colocar la pelota donde quería colocarla. Para pegarla a la hierba y para volver a escribir que no hay otro camino mejor que volver a él, a Zico, a Garrincha o a Pelé. Sea al equipo de Chile 58, al de México 70 o al de España 82. Todo vale para huir de ese tipo de futbolistas como Hulk o como Felipe Melo que tuvieron tanto peso en los últimos Mundiales y que en el pasado nunca hubieran sido titulares. Pero no todo es para siempre y esta primera fase del Mundial nos ha encantado porque Brasil ha vuelto a apropiarse de la pelota. La ha jugado con paciencia y nos ha invitado a pensar que el balón ha recuperado la memoria. Quizá porque nunca es demasiado tarde para recordar que Sócrates llevaba razón: si hay que perder que sea con nuestros principios, jugando con la libertad que hizo de Garrincha un regateador imborrable y de Pelé campeón del mundo con 17 años.

Y ha costado, sí. El precio ha sido el tiempo y el fracaso. Pero esta Brasil de hoy huye de la que perdió en Sudáfrica con un gol en propia meta del musculoso Felipe Melo o de la que cayó cuatro años después frente Alemania por 1-7 en Belo Horizonte. La sensación de hoy es que Brasil ha firmado las paces con su herencia. Ha limitado el músculo y ha entendido que, si en sus playas los penaltis aún se tiran de tacón, no se puede ganar si te olvidas del pueblo. Y en este viaje al infinito aquella vieja frase de Sócrates, que nos gustaba tanto, recuperó su hegemonía: “Los futbolistas somos artistas y, por tanto, somos los únicos que tenemos más poder que sus jefes”. Y no pasa nada porque los futbolistas ya no fumen en los descansos de los partidos. Se puede seguir jugando igual y hasta más rápido.

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