¡Síguenos!

Fútbol

Jorge D’Alessandro: “El portero está en el baúl de los recuerdos”

“No necesito la fama. Todo el prestigio que podía tener ya me lo dio la portería”.

Hoy no es como ayer. Tampoco para él, que ya tiene seis nietos, que ya ha cumplido 69 años y que tiene al portero que fue metido “en el baúl de los recuerdos”. Una idea que explica mi deseo de regresar a esa época es que él, Jorge D’Alessandro, forma parte de ella y de su leyenda, “del recuerdo y del respeto de la gente que me vio jugar y que aún noto en el deambular por las calles cuando me cruzo con mis contemporáneos”. Quizá porque entonces regresa “a la mejor época” de su vida, la que no se puede comparar con nada ni con nadie. La que no le abandona nunca y la que, incluso, le recuerda “lo mal padre” que fue al ver hoy a sus nietos. “Yo viví una época en la que los viajes duraban días y en la que entrenábamos más que ahora. Teníamos la idea de la doble sesión metida en la cabeza y eso le quitó a mi familia un tiempo que, cuando dejé el fútbol, me di cuenta de que era irrecuperable”. Por eso, hoy la única oferta que uno puede hacerle es la de recordar que hace justo 50 años que debutó en la portería de San Lorenzo de Almagro. “En el segundo partido que jugué ya le paré un penalti a Platense”. Luego salió campeón con San Lorenzo como nunca más volvió a pasar en España. En la portería del Salamanca, pese a todo, redujo distancias con la eternidad. “Tenía un concepto muy agresivo jugando”, mantiene.

Pero entonces él era así, con ese pelo largo, con esa mirada que reforzaba a sus manos y con ese aspecto que no consentía la indiferencia de nadie. Ni siquiera de los dibujantes de viñetas en los periódicos de la época en las que se le comparaba “con un portero de un edificio en medio de la calle”. Porque D’Alessandro fue ese hombre que llegó al Bernabéu “y en medio campo se atrevió a regatear a Santillana” en una época en la que a los porteros no se les imaginaba con el balón en los pies. “Pero tal vez fui un adelantado”, insiste un hombre como él, que se crió gobernado por la cultura del portero. “Yo iba a un colegio de curas y en los test psicológicos que se hacían me preguntaban qué quería ser de mayor y yo siempre escribía: portero de fútbol. Un día recuerdo que del colegio llamaron a mi padre y le dijeron: ‘Señor, intelectualmente tenemos un problema”.

Pero no fue así. Al contrario: la portería le permitió viajar a Europa y escribir una biografía gigantesca en Salamanca, donde un día montó aquella tienda de deportes en la Plaza del Mercado que fue clasificada como “la casa de los sueños”. “Todos los niños venían a buscar el autógrafo, la sonrisa, chicos, incluso con minusvalías… Es más, hoy puedo decir que todos los que tienen cargos jerárquicos en la ciudad, siendo niños, pasaron por la tienda”, relata D’Alessandro, que pudo ser un ídolo en aquellos años, aunque hoy, a los 69 años, aparque esa palabra, “porque la palabra ídolo, como tal, no existe. Sólo es un estatus que te da la gente”. Pero resulta que ese estatus hoy es parte de su herencia, porque es imposible escribir de él sin recordarle a toda esa gente que no se cansaba de decirle que era el mejor. Quizás porque D’Alessandro era un joven de aspecto vanguardista y una idea de la profesión que, a la larga, fue como un seguro a todo riesgo.

 

“Cuando perdí un riñón y quise seguir jugando la gente me decía que estaba loco y que no iba a poder hacerlo. Pero la realidad es que aguanté siete u ocho años más. No podía estar loco. Pero tenía pasión por lo que hacía y no sabía vivir sin esa pasión”, explica él, que se crió “en Belgrano, en un barrio de clase media alta de Buenos Aires” y que fue hijo “de un guardaespaldas del General Perón que luego trabajó en la compañía italiana Olivetti”. El día que D’Alessandro dijo en casa que quería ser portero no tuvo que defender sus motivos. “De niño, mi regalo de reyes era el balón y el traje de portero que entonces era amarillo”. Y como uno no puede vivir en contra de sus vocaciones, todavía se emociona al recordar el portero que fue. “Fue una época difícil. Entonces no se penalizaba el contacto físico y no era fácil. Había verdaderos expertos en el juego de combate”, recuerda.

Hoy, el hombre de 69 años es un reflejo de aquellos excesos. “Tengo una luxación total de hombro, la triada que me quedó del último partido que jugué con el Salamanca y, a pesar de lo que me gustaba, ya no puedo ni jugar al frontón. Pero puedo caminar y jugar al golf con mis 18 hoyos”, explica él, incansable en este oficio de vivir y de apasionarse. De ahí la estrella televisiva que se ha creado a su lado y que él promete que no era una intención. “No la necesito. Todo el prestigio que podía tener ya me lo dio la portería. Pero mi forma de ser es intercambiable. Me resulta imposible hablar de fútbol sin apasionarme. No sé hacerlo. Es más, la pasión por el fútbol es parte de mis argumentos“, explica. Así que tal vez esta noche vuelva a enfurecerse hablando de fútbol “sin separarme nunca de la línea roja”. “La línea roja es sagrada”, replica él, un hombre de 69 años que va en coche desde Salamanca a Madrid y vuelve de madrugada, nada más terminar el programa. “No tengo nada que hacer en Madrid y me gusta mantener la independencia”, razona. De ahí la paz, la paz que siempre lleva razón, la misma que siente al ver a su nieto, Javier, el que vive en Burgos, que amenaza con ser portero. “Pero si no llega no pasa nada. Lo importante es que el fútbol le proporcione una educación sana como pasó con uno de mis hijos que hoy es médico y que llegó a jugar en el Salmantino. Y cuando recuerda esos años le cambia la cara”, reconoce.

Quizá porque el recuerdo también es esa libertad que cada uno maneja a su manera. No todo es la popularidad ni las audiencias de las que D’Alessandro no escuchaba hablar “en la época de José María García en la radio cuando entre Domingo Balmanya y yo inventamos la figura del comentarista y el léxico que la acompaña”. Sin embargo, hoy sería un error que en una conversación con D’Alessandro el comentarista venciese al portero. Al menos, yo no sabría cómo hacerlo porque parte de lo que aprendí del fútbol lo aprendí de él debajo de la portería, pegando su cromo en el álbum de cromos. Luego, cuando le escuché hablar de fútbol, ya nunca fue lo mismo. Pero él no tenía la culpa de nada. La culpa la tiene el tiempo que no perpetua a nadie. Ni siquiera a porteros como Jorge D’Alessandro venidos de la Argentina. Un hombre capaz de desafiar a la eternidad en una ciudad como Salamanca y que hoy conviene recordar lejos de la cámara de televisión. Nos acompaña el silencio y la sensación de que tendrán que pasar muchos más años hasta que volvamos a ver a un portero rival atreverse a regatear al delantero centro del Madrid en el medio campo del Bernabéu. Y quién sabe. Quizás ese portero sea algún día su nieto Javier.

4 Comments

4 Comments

  1. Jorge

    27/09/2018 at 19:21

    Un fenómeno mi amigo y homónimo de toda la vida!!!!

  2. Miradecabo

    27/09/2018 at 21:05

    Grande en una época del
    l Salamanca maravillosa

  3. Juan García

    29/09/2018 at 06:18

    Merecidísimo homenaje a un personaje que ha vivido, vive y nos hace vivir el fútbol como pocos. ¡Qué bueno que viniste, Jorge!

  4. demetrio

    29/09/2018 at 17:55

    el doble pivote, la mitad de lo que habla son tonterías. un vende crecepelo

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Anuncio
Anuncio

Más en Fútbol

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies