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Música

¿Dónde se mete usted, señor Dann?

Y disculparán ustedes que me sincere, pero es llegar la canícula y no escuchar a ese insigne músico que no es otro que Don Georgie, y empezar a sentirme huérfano y desvalido es todo una. Cómo recuerdo aquellas noches de verbena en San Pablo de los Montes, provincia de Ciudad Real, donde la familia de mi María Simoneta, Dios la tenga en su gloria, tenía un excelente coto de caza mayor de 500 hectáreas con casa solariega y en cuyas fiestas patronales en honor al Santísimo Cristo de la Veracruz solíamos solazarnos con el pueblo llano.

Porque he de decir que, si soy su más firme defensor en detrimento de esa estulticia que nos atormenta llamada reggaeton, es porque me he tomado el tiempo de escuchar esas tan profundas como desconocidas letras que acompañaban a sus éxitos veraniegos, donde se denotaba la impronta de sus estudios musicales superiores y que encerraban un encomiable reconocimiento al acervo culinario patrio, como aquella tan celebrada de El Chiringuito, donde ocultas entre sutiles onomatopeyas, en concreto, chichi chichi, aparecen estas líneas donde se aprecian en todo su esplendor la cocina mediterránea y sus sabrosos pescados: “Las chicas en verano, no guisan ni cocinan. Se ponen como locas si prueban mi sardina”.

O aquellas otras que hablaban de la multiculturalidad de nuestra gastronomía: “Está el menú del día, conejo a la francesa, pechuga a la española y almejas a la inglesa”, cuya mera mención evocaba sutiles e inconfundibles aromas…. O aquellas otras en honor a no dudar de Castilla La Vieja y sus excelentes carnes asadas: “Que ricos los chorizos parrilleros, los chorizos parrilleros y qué ricas las salchichas a la brasa y mientras esperan y esperan, las parejas se calientan”.

Pero eso sí, siempre atento a la educación social y a mejorar la vida de las personas decentes, como en el celebérrimo tema La duchita, en el que recomienda que “Una duchita, una duchita, cuando llega el verano, la gente se sofoca, el limpio y el marrano quieren la misma cosa”. Y recomendándoselo a otras nacionalidades desgraciadamente no tan asépticas e higiénicas como la ibérica con un rotundo “me ducho a la Francesa, me ducho a la Italiana, me ducho a la que caiga y a la que tiene ganas”. Y dando por supuesto recomendaciones específicas de cómo hacerlo, para que no hubiese errores con un “me ducho por arriba, me ducho por abajo, también a la vecina, si me pilla de paso”.

Recuerdo con evidente agrado aquellas noches acompañados del alcalde, del párroco y del Marqués del Colladoseco, tan querido por sus cortijeros y peones agrícolas con los que tantos miramientos tuvo y a los que quería como a hijos, tal era así que incluso hasta les permitía tutear a sus caballos, ¡Ah, que prohombre! Recuerdo haber bailado pícaramente El Bimbó con mi María Simoneta e incluso un año, me atreví envalentonado por los frenéticos ritmos de El Casatshock a empezar una conga en la que, si bien no me siguió nadie al principio, los solícitos requerimientos del señor marqués hicieron finalmente que la cola llegase hasta la Ermita de la Fuente Santa en honor a Santa Engracia, tal era su ascendencia y su mano izquierda….En fin, Sr. Dann, regrese y ponga orden, blanco sobre negro, porque usted siempre da en el blanco y solácenos con su cuidado verbo y su amor por esta nuestra piel de toro.

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