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Política

D’Hondt y el lebrillo de lágrimas

¿A quién favorece el actual sistema? Pues obviamente a los dos partidos más votados que obtienen siempre una sobrerrepresentación muy notable.

Estamos en fechas postt electorales y, como viene siendo habitual, es también el momento de atizarle al pobre Alexander D’Hondt. Por ello, me parece de justicia romper una lanza en su favor.

No, él no tiene la culpa de que nuestro partido (porque siempre es nuestro partido) esté infrarrepresentado. La culpa la tiene otro aspecto menos popular pero mucho más dañino: el escaso tamaño de la circunscripción electoral.

Veamos. Tenemos que asignar 350 diputados entre 50 provincias. Y  al tratarse de seres vivos no podemos trocearlos y asignar cachitos de diputados a cada provincia. Respetemos su integridad física que de la otra ya hablaremos otro día. Asignaremos, pues, un cierto número de seres vivos, o sea, de diputados, a cada provincia en función de su población (se asigna un mínimo de dos a cada una, cosa que también distorsiona, pero corramos un tupido velo para no distorsionarnos también nosotros).

La mayoría de las provincias reparten entre 3 y 9 escaños y este es, precisamente, el principal problema. Si hay cinco o seis partidos con un número apreciable de votos ¿qué hacer?- Apliquemos lo que apliquemos (la cuenta de la vieja, la regla de tres, D’Hondt o lo que nos apetezca) habrá uno o dos o tres partidos que se quedarán sin plaza. Y los votos de esos partidos que se quedan sin escaño se pierden, como lágrimas en la lluvia o como los tiros a gol de Vinicius.

Y si nos ponemos a sumar provincias pequeñas y medianas, pues salen lágrimas para llenar un lebrillo. Porque el sistema D’Hondt funciona muy bien, sí, siempre que repartas un cierto número de puestos en cada circunscripción. Por encima de 9, para ser exactos. ¿Que no me cree usted? Échele un ojo a las últimas elecciones europeas y saldrá de dudas. En esos comicios la circunscripción es única (todo el territorio nacional), se reparten un montón de puestos y la cosa es tan proporcional que parece el sueño de un jugador de tetris: todo encaja.

Si quisiéramos un sistema verdaderamente proporcional la solución sería sencilla: circunscripción única, como en las elecciones europeas, o por lo menos, autonómica (recuerden: el truco está en aumentar el número de puestos que repartimos y estos serán mayores cuanto mayor sea el territorio que usamos como unidad de reparto). Ojo, esto tendría pros y contras: mi intención no es tanto abogar por un sistema distinto (que también) como repartir culpas de manera proporcional (nunca mejor dicho).

¿A quién favorece el actual sistema? Pues obviamente, a los dos partidos más votados que obtienen siempre una sobrerrepresentación muy notable. Y esta es la principal razón de que no se haya cambiado ya, claro. El que lo quiere cambiar, no puede; y el que lo puede cambiar, no quiere.

Y así, más allá de perdedores o vencedores, en las próximas elecciones solo hay algo seguro: las lágrimas y los palos –injustos- al señor D’Hondt.

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