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El Barça, campeón entre polémica. / Foto: @ACBCOM

Copa del Rey

Diarios de Madrid 2019: la final, cargada de pasión, que nadie podría haber imaginado

Qué difícil debe resultar ser árbitro. En cualquier deporte, pero en lo que respecta a la final de la Copa del Rey de baloncesto y estos dos últimos años… Si además se enfrentan Real Madrid y Barça, como ha sido el caso, hay aún más dificultad añadida. Ojalá estar metido en la cabeza de los colegiados de la final de este año ahora mismo. Saber qué piensan del encontronazo entre Randolph y Singleton. Y del tapón que se señaló ilegal. E incluso de otras acciones de las que puede que no nos acordemos ahora mismo, pero que también estuvieron ahí. ¿Daría tanto juego la polémica si hubiese habido victoria cómoda por parte local, algo que pudo pasar? No. Tampoco si Llull no hubiese metido la canasta con la que el Madrid forzó la prórroga o si hubiese convertido el tiro que lanzó sobre la bocina del tiempo extra. O si el Barça no hubiese desperdiciado cinco puntos de renta en apenas unos segundos. En fin, quedémonos con lo importante de verdad: qué bonito es el deporte de la canasta naranja.

Su santo patrón, Michael Jordan, cumplía 56 años este domingo. Aunque no se lo crean, el espíritu del mejor jugador de baloncesto de la historia revoloteó por el Palacio de los Deportes madrileño. En plena final copera, se produjo un homenaje, aunque no buscado, al mito. Se lo brindó otro ’23’ de aúpa: Sergio Llull. ¿Recuerdan cómo reaccionó Jordan tras meter seis triples en la primera mitad del encuentro inaugural de las finales de la NBA en 1992? Se giró hacia la posición que ocupaba otra leyenda, Magic Johnson, y se encogió de hombros, como si no supiera a qué se debía su exhibición en el tiro. Volvamos a 2019 para narrar un momento similar a este, con el humorista y presentador David Broncano haciendo las veces del ’32’ de la sonrisa imperecedera.

Hincha más que reconocido de Estudiantes, el conductor de La Resistencia tiene una relación de amor-odio con el jugador franquicia del Madrid. Por los colores, claro (y en la que gana el amor, aun con muchos piques sanos de por medio). De hecho, la cara de pasmo de Broncano durante la final copera de 2017 y tras una jugada exitosa de Llull se hizo viral no hace mucho. Dos años después de aquello, el cómico tuvo una reacción tan épica o más: triple del menorquín y risa a lo ‘Qué bueno es el j…, no puede ser tan bueno’ de Broncano, con Jayson Granger de cómplice, como respuesta. Una suerte de Jordan y Magic castizos, ¿no creen? Por desgracia, uno no pudo fijarse en la cara que puso Broncano en los dos lanzamientos de El Increíble ya comentados.

Sin duda, la jornada de finales de Madrid 2019 dejó momentos en los que hubo que mirar hacia algún banquillo sí o sí. Por la mañana, en el duelo por el título de la Minicopa, el Iberostar Canarias compitió de tú a tú frente al Madrid, gran dominador de esta competición en los últimos tiempos. La ovación que se llevaron los titulares del conjunto insular al ser sustituidos en las postrimerías del encuentro fue meritoria. Pero aún resultó más destacable el gesto de grandeza que tuvo su entrenador, Luca Villena: dar tiempo de juego a todos los chicos. Horas después, el compañerismo también haría acto de presencia con fuerza en la cita de los mayores.

¿Por qué? Era difícil echar un vistazo al banquillo del Madrid y no ver a gente levantándose de sus asientos, inquieta, cada vez que la posesión era blanca. En ocasiones, podría haberse formado un auténtico quinteto con todos aquellos que se ponían de pie para seguir las evoluciones de su gente. Aunque los reyes del buen rollo en el acto decisivo de esta Copa fueron, como no podía ser de otra manera, los actores de Campeones: bailaban, reían, lo observaban todo con una admiración inmensa… Incluso parecía que deseaban salir a la cancha para poder, también, jugar. Es más: el balón llegó a acercarse al sitio donde se encontraban en cierta ocasión, como si quisiera dar rienda suelta a ese deseo.

No se extrañen: vimos un partido taaaaan bueno… Pasión, y ardiente, sobró en ambos equipos. En el Madrid, Llull sacó a pasear la rabia bien a gusto. Como Gustavo Ayón, rendido al éxtasis en ciertos momentos cuando lo normal es verle, dentro y fuera de la pista, muy comedido. Otro tipo de delirio rabioso fue el de Rudy Fernández cuando, lesionado, tuvo que abandonar el campo en pleno último cuarto. Apagón que te crió desfavorable a partir de ese momento. El conjunto azulgrana, que también tuvo sus particulares cortocircuitos destacados, también ejemplificó la rabia con nombre y apellidos: Thomas Heurtel dejó un último cuarto para la historia antes de erigirse en MVP de esta Copa.

Tiene gracia que el Era campo atrás se escuchase con sorna unos cuantos minutos antes de que el arbitraje tomase los mandos de la final. Por otro lado, dos directivos de ambos equipos, Juan Carlos Sánchez por parte del Madrid y Albert Soler por la del Barça, resumieron muy bien cómo nos sentimos todos. En casa, en el pabellón y en cualquier lado: ¡hechos un manojo de nervios! Uno en cada esquina de la cancha, se los comía la inquietud. Pasó tanto en un período de tiempo tan concentrado que resulta muy complicado digerirlo bien del todo. Seas lo que seas en relación al baloncesto, te costará unas horas lograrlo.

Para la historia quedará no sólo el triunfo del Barça. También, por cerrar el círculo rabioso del que hablábamos antes, el Svetislav Pesic más desatado que se ha visto: se movió por la banda andando hacia atrás (uno aún no sabe cómo tal cangrejo no acabó con él de bruces en el suelo), llegó a invadir la pista en los momentos decisivos… No, el técnico azulgrana no nos engaña: el baloncesto le llena tanto o más que hace años. Por mucho que diga que ahora se toma las cosas de otra manera, este deporte le insufla vida. Como al que escribe y a otros tantos. Después de este epílogo copero, ¿cómo vamos a volver a la normalidad así como si nada?

Crecí soñando con contar las gestas de Gasol, Nadal y Contador. El sueño se hizo realidad, sobre todo en las canchas. Años después, pisé unas cuantas, conté las historias de sus habitantes y descubrí que los deportistas, aunque no lo parezca, también son de carne y hueso. Eso sí, nunca se deja de soñar. Ni de aprender. E ir a la contra, marcar la diferencia, nunca está de más

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