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Fútbol

Diego Martínez se doctora ante el Barça

El entrenador más joven de Primera División da un repaso táctico al actual campeón con las señas de identidad que lo han llevado hasta la élite. Esta es la historia de un amante del balompié.

Hace dos décadas cuando el Barça todavía presidido por Núñez se encaminaba a una de sus épocas más oscuras de su historia, Diego Martínez (Vigo, 1980) se matriculaba en la Universidad. Como tantos otros estudiantes se marchó lejos de su casa para continuar con su formación. Cruzó la Península de punta a punta, de su Vigo natal hasta Granada, donde el destino le dejaba el primer señuelo a este lateral derecho. Tras correr con abnegación la banda durante nueve años en las categorías inferiores del Celta, probó fortuna en Cádiz, antes de recalar en Granada. Al abrigo de la Alhambra abrió nuevos horizontes tras matricularse en Ciencias del Deporte y saltar al otro lado de la línea de cal. Comenzaba entonces a fraguarse una ardua y larga carrera de entrenador que tuvo su cúlmen en la noche de ayer cuando desnudaba al actual campeón y colocaba a su Granada como líder provisional.

El fútbol y los estudios tiraron paredes durante cinco años. Diego acudía por las mañanas a la Universidad de Granada y comenzó a entrenar por las tardes a equipos de chavales con los que calmar sus ansias de fútbol. Los cadetes y los juveniles del Imperio, fueron sus primeros discípulos. El Imperio juega en Albolote, una localidad situada a las afueras de Granada y allí conoció a Óscar Cano (actual entrenador del CD Castellón), quien quedó impresionado con sus métodos y con la pasión que transmitía a los chicos. Aquella amistad provocó su siguiente salto profesional. Óscar se lo llevó como segundo entrenador del Arenas de Armilla. Acababa de comenzar su peregrinar por la tercera división andaluza.

«Cuando entrenaba en Tercera con 25 años me acusaban de ser demasiado joven. Siempre quise mejorar, como técnico y como persona. Creo mucho en la cultura de la excelencia. Nunca he pensado en el siguiente paso, pero sí en estar preparado para darlo. En Tercera quería ser especial, mejorar mi método. No esperaba nada pero sabía que estaba preparado si llegaba el momento», recordaba Diego Martínez estos días en una charla con El País. En el Arenas terminó siendo primer entrenador después de que Óscar Cano se marchara al Baza, y éste recomendara a su segundo para comandar la nave.

«Lo que realmente debería hacer que confiásemos en las personas no es su capacidad, que en el caso de Diego ya se intuía por su obstinación a la hora de formarse. Lo que marca la diferencia, y suele estar asociado a la capacitación, es la inquietud y la pasión con la que se investiga o se trata de comprender algo. Eso era, es y será Diego», responde Óscar Cano cuando le preguntamos desde A LA CONTRA. A base de inquietud y pasión Diego siguió subiendo escalones en la pirámide del fútbol modesto. El Motril, uno de los equipos punteros de la tercera andaluza fue su siguiente destino. Ahí se produce el punto de giro de esta historia. Todo se reduce a una llamada de teléfono. Al otro lado está Monchi.

Martínez lo ha contado en varias ocasiones: «Al Secretario técnico del Sevilla le gustaban cómo jugaban mis equipos y la trayectoria que llevaba a mi edad». Diego no lo dudó y emprendió el viaje hasta Sevilla, primero para seguir mejorando en el área de perfeccionamiento y metodología del Sevilla, luego para hacerse cargo del juvenil y convertirlo en Campeón de España. En julio de 2012 pasó a formar parte del cuerpo técnico del primer equipo del Sevilla, se convirtió en ayudante de Unai Emery. Dos años después se hacía cargo del filial, del Sevilla Atlético en una situación delicada. El equipo bagaba por el grupo IV de Segunda B y la temporada anterior había estado coqueteando con el descenso. Con Diego el equipo es otro, asciende a segunda división y lo mantiene. Tras ocho años en Sevilla su trayectoria es ya conocida para todos los secretarios técnicos del fútbol español. La siguiente llamada procede de Pamplona, allí le reclaman para devolver al equipo a Primera División.

En Osasuna no cumplió el objetivo. Pese al buen inicio de campaña el equipo se fue desinflando y no consiguió ni siquiera entrar en los play offs por el ascenso. Diego firmó dos temporadas pero al termino de la primera rescindieron el contrato. De nuevo otro recién descendido le reclamaba para que le devolviera a la élite. De nuevo Granada se cruzaba en su vida. Diego, a los 36 años volvía a la ciudad en la que se formó para cerrar un círculo. El objetivo estaba claro desde el principio, de hecho una cláusula en su contrato marcaba el camino: la renovación del mismo sería automática si metía al equipo en el play-off. No hizo falta. Martínez y su Granada completaba una magnífica temporada (79 puntos, solo superado por Osasuna) y ascendía directamente. Diego alcanzaba el último escalón de la pirámide, el de la Primera División.


Un equipo camaleónico


A quién le haya sorprendido el arranque del Granada en su regreso a primera (10 puntos de 15 posibles) es que no vio su desempeño del equipo de Diego Martínez la temporada pasada. Las señas de identidad son las mismas. Una defensa férrea sobre la que crece el equipo, la presión adelantada como método para mantenerse lejos de su portería y la velocidad y el descaro de sus alas (Machís y Antonio Puertas) para hacer al equipo directo y certero. Con esa fórmula consiguieron mantener la portería a cero en 19 choques la temporada pasada siendo el equipo menos goleado de Segunda. Pero eso no significa que estemos ante un equipo defensivo, de hecho el Granada es el tercer máximo goleador del campeonato (11 goles) solo superado por Barça y Villarreal. «Somos un equipo camaleónico, porque nos adaptamos a lo que se nos pide», resume el Míster.

El Granada ha mantenido el bloque del año pasado y se ha reforzado como ha podido en un verano complicado donde el límite salarial apenas le ha dejado mover ficha. Con algo menos de siete millones y medio de inversión y a base de cesiones a los pies de la Alhambra han llegado jugadores como Soldado, Fede Vico o Darwin Machís (la mayor inversión por tres millones de euros) para dar ese salto de calidad necesario a la plantilla. Aunque el estudioso Diego, sabe que solo con los nombres no será suficiente: «aquí no hay estrellas, la estrella es el equipo» y él es consciente de que por encima de su idea de juego están los jugadores: «No hay un solo camino, ser flexibles y tener organización para dar respuestas apropiadas en lo que demanda un partido es jugar bien al fútbol. Soy un entrenador que se adapta a las características de mis jugadores».

Un entrenador que también está derrotando a ese manido tópico que minusvalora a los técnicos que no tuvieron una larga carrera como futbolista. «Se ha creado un lugar común horrendo: haber sido jugador de élite es condición casi única para llegar a los más alto. Y la clave es amar lo que haces. A algunos les encantan las consecuencias de ser entrenador, su dimensión social y económica, pero no son enamorados de lo que hacen. Diego no es bueno porque haya ganado, es bueno porque su día a día así lo indica, más allá del resultado», nos deja como reflexión Óscar Cano. Un día a día que el actual líder de La Liga pasa en la ciudad deportiva del Granada, situada justo al lado de la facultad donde dio los primeros pasos en territorio nazarí.

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