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Los Boston Red Sox celebran su título en las Series Mundiales. / Foto: ZUMAPRESS.com/Cordon Press

Deporte USA

Dirty Water

Los Red Sox se han llevado el premio tras una campaña superlativa, en la que no han hecho más que derribar récords

Cualquiera que se haya cruzado conmigo en los últimos días habrá notado unas ojeras algo más pronunciadas de lo normal. Tiene una explicación legal. Soy miembro de la Red Sox Nation. Sí, aficionado de los Medias Rojas de Boston. Sí, campeón desde hoy de las World Series 2018. De las Series Mundiales, sí, porque así, con esa modestia, es como se denomina el trofeo que se disputan los ganadores de las dos principales ligas de Béisbol en los EEUU (la National League y la American League). Queramos o no, el título más importante de este deporte.

Dirigidos por el debutante Alex Cora, puertorriqueño, ex jugador de la franquicia de Boston, y llamado a firmar una página de honor en la historia de este deporte, los Red Sox se han llevado el premio tras una campaña superlativa, en la que no han hecho más que derribar récords. La prensa norteamericana habla incluso de uno de los mejores equipos de todos los tiempos. Palabras mayores tratándose de un deporte cuya primera liga profesional data de 1876.

La campaña regular de los de Boston fue simplemente ejemplar. Jugando en la siempre competida División Este de la American League (donde los Red Sox pelean entre otros contra los Yankees de Nueva York) fueron capaces de sacar 108 victorias en una competición que se disputa al mejor de 162 encuentros (los equipos juegan prácticamente todos los días desde que llega la primavera). El poderío en el bate de Mookie Betts, Bogaerts, Benintendi (debilidad personal) o JD Martinez (el nuevo Bateador Designado que venía a sustituir al fallido Hanley Ramirez) era mayúsculo. El dominio ofensivo se equilibraba además con el buen picheo de la rotación de abridores (encabezada por un soberbio Chris Sale) y de un Kimbrel bastante solvente en el difícil arte de cerrar partidos. Las únicas dudas aparecían en los relevos. En ese bullpen irregular y blando, que quitaba más que daba.

Aunque las perspectivas eran buenas, cualquier aficionado sabe que una cosa es la temporada regular y otra cosa es la Postseason. Ahí las cosas son diferentes. Los enfrentamientos de Play-Off hacen que los brazos se encojan y el efecto de los focos es siempre mucho más dañino. El cuadro de los de Boston era además el peor. Necesitaban derrotar a dos equipos con 100 o más victorias en temporada regular para alcanzar la final. El primero de ellos era además especial. No era uno cualquiera. El archienemigo por excelencia. La némesis de los Medias Rojas. El equipo más laureado, más famoso y seguramente con más seguidores en el mundo del Béisbol (y fuera de él). Los odiados New York Yankees.

Venía fuerte el equipo del Bronx. 100 victorias en liga regular y una ristra de nombres que asustaban (Stanton, Judge, Severino, Hicks…). Empezaron ganando los Medias Rojas, sin embargo. Con un Sale muy solvente en el que, sorprendentemente, fue el último gran partido del Ace bostoniano. No ha vuelto a ser el mismo. Un misterio, emparentado con rumores y lesiones misteriosas, que está todavía por resolver.

El siguiente partido de la serie fue una victoria para los Yankees. Una noche aciaga de Price (el jugador con la ficha más alta de los Red Sox), del que los periodistas de Boston llegaron a decir que no debería volver a abrir un partido para los Medias Rojas. Aaron Judge, eufórico, acabó ese día poniendo a todo volumen el “New York, New York” de Frank Sinatra (una especie de himno para los neoyorquinos) cuando, saliendo de Fenway Park, pasó por delante de la puerta del vestuario del equipo bostoniano. La broma sentó a cuerno quemado en la Red Sox Nation. Eso sí, se tomaron la revancha con creces. Los de Cora barrieron a su rival en el siguiente partido por un contundente, e histórico, 16 a 1 en el Yankee Stadium. La noche acabó, como no podía ser de otra forma, con la grada vacía y todo el roster de los Red Sox cantando “New York, New York” a voz en grito. Los neoyorquinos, rotos, volvieron a caer en el siguiente partido y perdieron la serie (3-1).

Tal y como anunciaban las apuestas, había que jugarse el campeonato de la Liga Americana contra los Astros de Houston. Equipazo. Campeones de las World Series en 2017 y probablemente el conjunto más completo de la competición. Los Red Sox empezaron perdiendo en casa frente a un Verlander imperial y un Altuve muy peligroso, a pesar de jugar con la rodilla destrozada. Chris Sale estuvo absolutamente irreconocible ese día. Se encendieron todas las luces rojas. Falsa alarma. La personalidad, la maestría de Cora y la segunda fila del equipo aparecieron en el mejor momento. Desde el bullpen llegaron además dos buenas (e inesperadas) noticias. Nathan Eovaldi y la resurrección de David Price. No volvieron a perder. La serie acabó con 4-1.

La ansiada final de las World Series emparejó a los Red Sox frente a otros de los grandes clásicos de la competición. Los Dodgers, ahora en Los Angeles, que una vez fueron de Brooklyn. Un equipo plagado de estrellas como Kershaw (de los mejores pitchers del mundo), Turner, Bellinger, Muncy o ese Manny Machado por el que siguen suspirando en Baltimore. No estuvieron a la altura y en mi opinión fue la serie más sencilla de las tres. Los angelinos sólo pudieron ganar un partido. El tercero de la serie, que también fue histórico por su duración. Se llevaron la victoria tras un jonrón de Muncy en la entrada 18 (se juega a 9 entradas) y después de 7 horas de partido. Una epopeya que dejó el bullpen de los de Boston totalmente devastado.

Los expertos decían que la derrota podría marcar un punto de inflexión en la tendencia ganadora de los Medias Rojas. Se equivocaron. La personalidad de este equipo (que es la de su entrenador) es avasalladora. Ganaron los dos partidos siguientes (4-1) y con ellos el título de campeones de la Series Mundiales. Con un David Price pasando de apestado a héroe y con Steve Pearce firmando un epílogo precioso. El primera base, que no está considerado como un jugador de primea línea, había jugado hasta 2018 en todos los equipos de la División Este de la Liga Americana menos en el suyo. Del que era un fan declarado. Los Red Sox. Llegó finalmente a la franquicia de Boston hace pocos meses, en el mercado de mitad de temporada (a finales de junio). Un movimiento que mucha gente no entendió. Hoy es campeón y MVP del último partido. Lo es vestido con la camiseta del equipo de su infancia.

El de 2018 es el cuarto título en quince años para los Red Sox. No está nada mal. Con él se quitan además la presión sufrida durante gran parte de la temporada por competir con el techo salarial más alto del béisbol profesional.

Visto así, parece muy sencillo ser seguidor de los Medias Rojas. Les aseguro no lo era tanto hace más de veinte años, que es cuando me hice yo. Entonces el equipo vivía inmerso en los efectos de la melancolía. Sometido a eso que se ha denominado como La Maldición del Bambino. Esa que comenzó en 1918 cuando los de Boston, el mejor equipo del momento, vendieron a Babe Ruth a los Yankees por 100 mil dólares para que su dueño, según dicen, pudiera financiar una obra de teatro llamada “No, No, Nannette”. El Bambino no sólo acabó siendo uno de los mejores jugadores de la historia sino que hizo de los Yankees uno de los equipos más importantes del mundo. Los Red Sox no volvieron a conseguir un título hasta 86 años después (en 2004).

¿Por qué me hice Red Sox entonces? Bueno, tiene que ver con ser del Atleti, zurdo, con Sam “Mayday” Malone, la mentalidad “Cowboy Up” de los años duros y con una preciosa chica bostoniana que conocí en una noche de verano en Madrid. La primera que me habló de cerca sobre Fenway y Ted Williams. Una historia para contar otro día en el que tengamos menos que celebrar. Ahora me dispongo a escuchar Dirty Water (de los Standells) por enésima vez desde la madrugada.

Se hace llamar "escritor intruso", pero ya se está convirtiendo en escritor de cabecera. Alimentó un blog en torno al Atleti (“Y los sueños, sueños son”) desde 2007 a 2017 así como otros blogs clandestinos sobre música, cine, series y política. Además, es compositor, cantante, guitarrista y teclista de los 'Happy Losers'. También ha publicado discos en solitario bajo el pseudónimo de Lukah Boo. Entre otras rarezas tiene un título de Ingeniero Industrial firmado por el Rey.

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