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Australian Open

Caníbal Djokovic

Destrozó a Nadal en tres sets: 6-3, 6-2 y 6-3 en poco más de dos horas. El serbio suma su séptimo título en Australia y su 15º Grand Slam.

La palabra no es decepcionante, aunque es la que más se aproxima. También hay una sensación de pena, de cierta desolación. Teníamos claro que la victoria estaba lejos de ser segura, pero la emoción la creímos garantizada. En semifinales habíamos escrito sobre el mejor Nadal de siempre y no era mentira. En semejante situación llegaba Djokovic. Un choque de rachas que auguraba un partido largo y feroz. No lo fue. Djokovic dominó de principio a fin y ganó por 6-3, 6-2 y 6-3 en tan solo dos horas y cuatro minutos. No hubo la más mínima posibilidad de soñar, solo tiempo, y no demasiado, para preparar la caída.

Djokovic, de 31 años, suma así su séptimo título en Australia y su 15º Grand Slam, a dos de Nadal (32) y a cinco de Federer (37). En ese último dato se concentra la batalla entre los tres mejores tenistas de la historia porque ese dato determinará quién es el mejor de los mejores. Y no hablamos de cualquier cosa. Hablamos de la mayor rivalidad en la historia del deporte porque ninguna se prolongó durante tantos años (trece, de momento) y tuvo íntimamente implicados a tres jugadores que acumulan enfrentamientos directos en una cantidad no registrada en ningún otro deporte. La final de Australia era el duelo 54º entre Djokovic y Nadal (28-25); Borg y McEnroe solo se enfrentaron catorce veces (7-7).

Hasta la final, Nadal no había cedido un solo set; en el último partido los entregó con una impotencia dolorosa. Fue destrozado por el servicio de Djokovic, con el primero y con el segundo (solo dispuso de un break y lo perdió), y con el saque propio tampoco consiguió mantenerse a flote. Su bola no corría, tal vez porque la del serbio corría demasiado. Durante muchos años, Nadal acomplejaba a sus rivales por su actitud en la pista, por su capacidad para pelear cualquier bola; no se sentía inferior a nadie. Ese complejo lo tiene ahora Nadal cuando se enfrenta a Djokovic y Federer, a los que en su fuero interno reconoce mejores y respeta demasiado. Y permitan que aventure que esa falta de confianza se desató en Australia cuando perdió contra Wawrinka en 2014 por culpa de sus problemas físicos. Ese día sintió que alguien le agarraba por la espalda.

En la entrega de premios, Rafa Nadal, cumplidos los agradecimientos protolocarios, reconoció que no había sido su mejor noche. También recordó las lesiones que le tuvieron sin jugar desde el US Open hasta la primera ronda de Australia. Se le notó el esfuerzo por buscar notas motivadoras entre las cenizas de la derrota. Djokovic, tan elegante como suele, puso a Nadal como ejemplo para los jóvenes: “Rafa es la perfecta definición de sacrificio y resiliencia”. El mismo elogio se podría dedicar a sí mismo. Hace justo año, el serbio fue operado y nadie apostó por su regreso a la élite. Seis meses después ganó Wimbledon, después de superar en semifinales a Nadal (6-4, 3-6, 7-6 9, 3-6 y 10-8) en un partido clave para el posicionamiento psicológico de ambos.  A continuación, Novak conquistó el US Open. De proseguir la racha, podría completar en París una tacada de cuatro victorias seguidas en los cuatro grandes. A estas alturas, estoy convencido de que tanto Rafa Nadal como Roger Federer ya tienen claro quién es su enemigo para ordenarse en la historia. El que viene por detrás.


 

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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