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Dolor y gloria
Antonio Banderas y Pedro Almodóvar, durante el rodaje de 'Dolor y gloria'.

Cine

El dolor de Pedro, la gloria de Almodóvar

Suele decirse que el tiempo no cura nada, que solo nos enseña a vivir con el dolor. Y, en algunos casos, solo a partir del dolor se puede alcanzar la gloria

Este texto no espera estar a la altura del de Dolor y gloria. Tampoco lo pretende. No obstante, para ponerlo en su mismo punto de partida, o al menos intentarlo, debe ser confesional. Hacía tiempo que no esperaba con tantas ganas el estreno de una película. Y, esta vez, ha coincidido con una española. Matizo lo de española porque, para muchos, el cine español todavía sigue siendo un género en sí mismo. Estigmatizado y denostado, además. A la vez, me pregunto en qué época viven. O, simplemente, cuál ha sido la última película que han visto sin prejuicios. Desde luego, yo también los tengo. Por eso una chorrada americana vale lo mismo que una chorrada española. Es decir, nada. Ni más ni menos.

Por eso, en parte, me sorprende, y agrada, la reacción que ha tenido el público con Dolor y gloria en primera instancia. En los días previos y en la fecha de su estreno. De hecho, ha sido el mejor viernes para una película española en lo que llevamos de 2019 (45.000 espectadores y 300.000 euros de recaudación). Aunque, por otro lado, con la misma naturalidad que un río fluye hacia el mar, no podía ser de otra manera. Un río caudaloso llamado Pedro Almodóvar. En España, solo Almodóvar es capaz de convertir una película en un evento. También fuera de nuestras fronteras. Y, en cierto modo, complace, en general, que un director como Almodóvar, el que mejor ha sabido retratar a su país en una pantalla, se reconcilie con sus paisanos. Sin ir más lejos, porque su anterior película sigue siendo su mayor fracaso en la taquilla. Entonces, su nombre también estaba ligado a los papeles de Panamá.

Tres años han pasado ya desde Julieta. Suele decirse que el tiempo no cura nada, que solo nos enseña a vivir con el dolor. Y, en algunos casos, solo a partir del dolor se puede alcanzar la gloria. En la vida de Pedro ha habido más gloria que dolor, pero, como en todos, el peso del segundo siempre es mayor que el del primero. Dolor y gloria probablemente sea su película menos folclórica, menos esteticista o menos extravagante. Hasta ahora, la menos Almodóvar y la más accesible, por decirlo de algún modo. Y, en general, una de las mejores películas de su filmografía (21), aunque no me atrevería a hablar de la mejor contando con Todo sobre mi madre, Hable con ella o Volver entre ellas. Quizá no sea tan descomunal como esas tres, pero sí igual de fabulosa.

Sin duda, Almodóvar es el autor con más talento del cine español. Posee, además, una trayectoria regular y notable, solo abruptamente interrumpida por el piscinazo que supuso Los amantes pasajeros. Guste o no, nadie ha llegado tan lejos en nuestro cine como él. Con Dolor y gloria, Almodóvar demuestra, si es que tiene o le queda algo que demostrar, que ya no le hacen falta fuegos de artificio. Sus ojos han cambiado. A través de la sencillez alcanza la perfección, un objeto de museo. Todo fluye. Impecable en la forma, en la estructura, en el contenido, en el tono y en la conclusión.

Esta vez, Pedro se reencuentra con su pasado, que vuelve a enfrentarse con su vida: la infancia, el primer deseo, el primer amor, la ruptura de ese primer amor, la muerte de la madre, el director de cine que se reconcilia con una película suya 30 años después. Pedro recupera su pasado para rodarlo, porque el cine es su salvación, lo lleva siendo toda su vida. “Las películas hay que terminarlas, aunque sea a ciegas”, dijo en voz de Mateo Blanco, alias Harry Caine (Lluís Homar), en Los abrazos rotos. Es difícil encontrar a alguien en su posición que muestre a pecho descubierto su pasión por el cine. Y, por tanto, exponga sus miedos e inseguridades.

Efectivamente, para hablar de Dolor y gloria es lícito citar otras de sus películas. Porque en Dolor y gloria está todo Almodóvar, son sus memorias y también podría ser su testamento cinematográfico y vital. La escritura como terapia para olvidar. La vida como material literario y principal fuente de inspiración. En época de influencers, no estamos sobrados de referentes como Pedro.

Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista.

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