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Mundial Rusia 2018

Donde no hay mata, no hay patata

Ha caído la Selección española y escucho algunos petardos en Barcelona y no me extrañan, pese a que no me gusten. Me jodo y me aguanto.

Suenan petardos en Barcelona. España ha caído eliminada en octavos frente a Rusia en la tanda de penaltis. Los escucho en esta tarde calurosa de verano, con las ventanas del balcón abiertas a la luz y el sol, igual que me acuerdo de la explosión de alegría de hace ocho años cuando la Selección española ganó su primer y único Mundial, y con el retraso de la radio lo sentí —me gusta mucho que la palabra sentir en catalán, que igual significa oír que escuchar— primero en la calle, en las terrazas, en las gargantas, en la Gran Vía. Un estruendo. Dos años antes, en los penaltis en la Eurocopa en el 2008 frente a Italia, recuerdo a mi madre —de Puente del Arzobispo (Toledo)— con sus supersticiones, planchando la ropa que yo le iba dando porque ninguna de las dos queríamos verlo y por el patio sabíamos lo que sucedía por los gritos de alegría.

No ha pasado tanto tiempo, pero sí tantas cosas… Me imagino a mi madre indignada perdida con los petardos, mientras mi padre menearía la cabeza: “Así no”. Como si le viera. Porque él que tiene el carnet de entrenador de fútbol; él que entrenaba al Valderas en Alcorcón, él que me llevó al Bernabéu por primera vez —al palomar— y me traía los periódicos cada mañana porque trabajaba en la impresión del AS, él que me enseñó el fútbol. Y la pasión. Y las comidas con discusiones interminables con mi hermano sobre cuál había sido el error, en qué había fallado, cómo se tenía que corregir. La pizarra.

No he hablado esta tarde, ni hablaré, con ellos. Sé que les duele y han sido tantas las conversaciones, las charlas durante años, que puedo imaginarme perfectamente cómo se sienten. Y ahí no hay más que decir; ni tácticas, ni sistemas, ni puñetas. Es un Mundial y la Selección española ha caído eliminada en la tanda de penaltis después de un partido, una prórroga, tan bochornosas frente a un equipo inferior que no hay manera de sentir alivio. Quizás la única es que no les pintaron la cara con una goleada enfrente de un equipo con cara y ojos. Porca miseria.

Escucho algunos petardos en Barcelona y no me extrañan, pese a que no me gusten. Me jodo y me aguanto. Ahora se abre el tiempo para los análisis sesudos, para ver a quién apuntamos con el dedo como el villano, el culpable. Así, a primera vista, sin darle muchas vueltas y como diría mi madre, que ha visto como yo mucho fútbol: “Donde no hay mata, no hay patata”.

Periodista. Feminista. No me toques las palmas que me conozco. Optimista por obligación, sigo pensando que me tocará el Euromillón. 25 años de profesión. Empecé en Marca cubriendo el Madrid con Mendoza y me vine a Barcelona con el Barça de Laporta. He vivido más Copas de Europa que Gento. Y qué bien me lo paso aunque no haya visto nadar a Phelps o correr a Bolt en vivo y en directo. Canto fatal, pero no me rindo. Porque el que canta, su mal espanta.

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