Rafa Nadal: Once veces inmortal - Roland Garros - A la Contra
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Once veces inmortal

Sólo se emocionó cuando, con el trofeo en la mano, el público se entregó a un aplauso que parecía interminable.

Once títulos de Roland Garros. Conviene ponerlo en perspectiva. Lejos quedan los ocho de Federer en Wimbledon, el jardín de su casa. Más lejos aún los seis que consiguió Borg en París. Es hora de reordenar los mitos, de cuestionarnos lo establecido. De los once Roland Garros conquistados por Nadal, cuatro los logró ante a Federer, al que tenemos por el mejor tenista de todos los tiempos (no osen dudarlo), el mismo jugador que últimamente renuncia a París porque ya conoce al ganador. Lo dijo Dominic Thiem en su discurso como subcampeón, clarividente, seguramente porque tuvo tiempo para pensarlo, casi tres horas: “Lo que has conseguido es una de las conquistas más increíbles de la historia del deporte”.

Es lógico que la repetición nos desconcierte. Superado el Rubicón de los diez títulos, el undécimo es una hazaña que cuesta catalogar sin utilizar palabras gastadas. Hasta para el propio Nadal significa una extraña monotonía. Esta vez, tras el último punto, renunció a tirarse al suelo, o a ponerse de rodillas, como si ya no mereciera la pena mancharse, o como si él también hubiera asimilado la normalidad de sus victorias. Ese es el último prodigio: hacer de lo extraordinario algo cotidiano. Rafa intentó expresarlo: “Si ya es un sueño ganar aquí una vez, hacerlo once veces es algo que… ni existe”.

Sólo se emocionó cuando, con el trofeo en la mano, el público se entregó a un aplauso que parecía interminable hasta que lo interrumpió el protocolo; tenía que sonar el himno, versión sincopada. A continuación, Nadal pronunció los discursos de rigor con el mismo orden e idéntica pulcritud que coloca sus botellas de agua. “Dominic, ha sido un honor jugar contigo, tú ganarás aquí pronto, eres un buen jugador y una mejor persona. No puedo esperar para agradecer a todos los que están conmigo, día a día y durante toda mi vida, ya sabéis no sería posible estar aquí sin vosotros, mi equipo y mi familia. Gracias a los aficionados que tanto me habéis animado, espero veros también el año que viene”.

Para los libros de la estadística (undécimo volumen) quedarán las cifras de la demolición: 6-4, 6-3 y 6-2 en dos horas y 42 minutos. No hubo intriga, salvo cuando Rafa sintió que se le bloqueaba el dedo corazón de la mano de la izquierda. De pronto, interrumpió el partido y pidió la asistencia médica. Fueron unos minutos de angustia y silencio en mitad de lo que parecía un paseo (6-4, 6-3, 2-1 y 30-0) y finalmente lo fue. De vuelta del calambre, Rafa hizo bueno su saque y conservó la diferencia en el marcador (3-1). A esas alturas, Thiem ya sabía que jugaba contra un tipo inmortal.

Los datos de su proeza son tan prolijos que corren el riesgo de convertirse en un asiento de contabilidad. El resultado de la segunda manga (6-3) es el más repetido por Rafa en sus finales en París. De todos los sets que ha ganado, el 50% se los ha llevado por 6-3 o un margen más amplio. Por cierto, es la quinta vez que se impone en una final en la Chatrier sin conceder un set a su rival. Y no han sido flojos sus enemigos; si descontamos el puesto de Mariano Puerta (37 del mundo), el ránking medio de los otros finalistas es de 2,7. Citábamos a Federer, pero en su racha triunfal Rafa también ha derrotado tres veces a Djokovic, que quedará como uno de cinco mejores tenistas de siempre. Insisto: conviene replantearse el orden de los mitos.

A sus 32 años, Rafael Nadal suma 17 títulos del Grand Slam por los 20 de Federer, que ya ha cumplido los 36. No queda tan lejos el récord que terminaría con todos los debates. De momento, podemos afirmar que no ha existido jugador más dominador sobre una superficie, no ha habido campeón más esforzado ni, seguramente, más obsesivo. Se puede dudar de todo en la vida y más allá, pero hacerlo de Rafa es perder el tiempo. Falla la primavera y del verano ya no sabemos qué pensar. Pero él siempre vuelve.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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