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RELATOS

El campo de Don Manuel

Un día, Don Manuel les dijo que llegaría más gente, pero que no se preocuparan porque ellos podrían seguir jugando.

Ellos se habían conocido jugando en un descampado. Al principio llegaron dos, y luego tres y luego se habían ido agregando otros que iban apareciendo como de la nada, de uno en uno, algunos haciéndolo poco a poco y de una manera imperceptible y otros de repente y haciéndose notar, hasta completar un grupo con el que, de una manera más o menos aceptable, se podía formar un equipo, aunque nunca fue esa su intención. Porque la cuestión en realidad, solo era estar por estar, pasar el rato. Era un grupo heterogéneo, como suelen serlo todos los grupos y cuando se miraron a sí mismos jugando, se dieron cuenta de que para jugar les valía cualquier sitio, pues lo importante era el juego en sí y estar juntos, y no donde jugaran, porque así se habían acostumbrado y ya sabían cómo eran y cómo jugaba cada uno.

Ese descampado era de Don Manuel, a quien todos conocían y a quien todos admiraban por su carácter y sus maneras. Don Manuel siempre recordaba la primera vez que los dejó pasar, mirándolos, viendo como el grupo iba creciendo, siempre de lejos, siempre sin intervenir y siempre confiando en que no rompieran nada. Ese descampado tenía piedras que molestaban y algún hoyo, y una vez incluso se fueron a jugar un tiempo a otro sitio esperando que la lluvia tapara los hoyos y enterrara las piedras, pero volvieron porque lo sentían ya como su campo. Era lo que ellos querían, y aunque bien visto tenía un aspecto algo frío y daba sensación de desangelado, a ellos nunca les importó lo más mínimo, ya que fue allí donde se conocieron. Mariano organizaba al equipo, y Enrique siempre se quejaba de lo mal que habían jugado y a Tomás siempre lo ponían de portero. Pero un día, se enteraron de golpe que Don Manuel no era el propietario del descampado y que solo lo cuidaba, que los había dejado pasar porque el verdadero propietario, un señor gordo, con barba y de muy mal carácter, le dijo que los dejara, pensando que se le iba a agradecer el gesto. Pero al ver que no, que para ellos era solo eso, el señor gordo con barba de mal carácter de siempre (y así iba a seguir siendo) y que para ellos solo existía Don Manuel, no soportó la afrenta y lo valló para que no pudiesen usarlo diciendo que eso estaba para otros menesteres y no para que ellos jugaran. Les dijo que se largaran. Y ya no volvieron a ver a Don Manuel, pero tampoco lo olvidaron porque los niños nunca olvidan las cosas verdaderamente importantes.

Ellos volvieron al descampado adonde se mudaron aquella vez para evitar las piedras y los hoyos y se acomodaron. Allí les pasó el tiempo, felices como siempre, con algunos que venían y otros que se iban, juntos y jugando, pero ahora, mirando bien a quien dejaban jugar por intentar que los fueran a molestar lo menos posible, porque siempre había quien jodía y quien no dejaba vivir. Hasta que un día, era casi de noche, les habían dado las tantas, apareció de repente Don Manuel, con su sonrisa y su carácter y les pidió que lo siguieran, cosa que hicieron, expectantes y curiosos. Don Manuel los llevó a un campo cerca del otro y les dijo, con un poco de vergüenza porque era muy humilde, que ese sí era suyo. Mirando sus caras de felicidad, les comentó que ahí podrían jugar para siempre, y que lo había preparado con mucho mimo pensando en ellos. Ellos, al principio muy tímidamente y luego como si hubiesen jugado ahí toda la vida, corrieron y saltaron, y vieron que no había piedras ni hoyos y que tenía césped y que había mucha más gente para jugar y ahí siguieron, en el campo de Don Manuel que los seguía mirando de lejos pero ya, sin importarle que les rompiese nada.

Un día, Don Manuel les dijo que llegaría más gente, pero que no se preocuparan porque ellos podrían seguir jugando. Y ahí siguieron, y nadie sabe a ciencia cierta hasta cuándo jugaron, ni cuando acabó, sólo que ahora, cuando se juntan, hablan y se ríen hasta que, de repente, uno de ellos se queda callado y sonríe mirando a lo lejos y los demás ya saben, sin necesidad de hablar, porque no lo necesitan después de tantos años, que está pensando en Don Manuel y en cómo les dejó jugar en su campo. Sin importarle que rompiesen nada, porque los niños nunca olvidan las cosas verdaderamente importantes.

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