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Franco pidió que Santana jugara para él después de ganar Wimbledon en 1966. CORDON PRESS

Historia

El deporte en los tiempos de Franco

Para el franquismo el deporte nunca fue un plan, solo un fin para acercarse a la victoria, salir en la foto y propagar las bondades de su mensaje más allá de los Pirineos.

En la historia contemporánea de este país hay una página teñida de gris, que despierta filias y fobias al ojearla, pero que solo un necio pasaría por alto. Adentrarnos en ese capítulo que abarca cuarenta años de lo que somos y que explica en gran medida de dónde venimos, puede hacerse desde diferentes ópticas aunque aquí elegiremos la más importante dentro de las menos importantes. Mientras la popularidad del deporte se convertía en el opio del pueblo, mientras el auge de la prensa escrita, la radio y una incipiente televisión acercaba el espectáculo a las masas, España vivía atenazada por una dictadura encorsetada entre el crucifijo y el orden militar. Así que el deporte se resolvió como la única ventana abierta en un país cerrado, una vía de escape para la dictadura con la que ensalzar la ‘raza’ primero y refrendar los años de paz y apertura después. Para el franquismo el deporte nunca fue un plan, solo un fin para acercarse a la victoria, salir en la foto y propagar las bondades de su mensaje más allá de los Pirineos.

Una vez terminada la Guerra Civil en 1939 había que centralizar el deporte, que pasaría a estar bajo el manto político como nunca antes hasta entonces. Dentro de esa estructura política, el máximo órgano deportivo fue la Delegación Nacional de Deportes (DND) dirigida por el General Moscardó. Esa Delegación pertenecería al único partido político permitido durante los siguientes cuarenta años, Falange Española. Dentro de ese paraguas político también se incluyó al Comité Olímpico Español, saltándose así a la torera la Carta Olímpica y su necesaria independencia de los regímenes políticos. Una falta que duraría hasta 1977 y en la que jamás repararía el COI. De este modo Falange se aseguraba colocar a sus hombres dentro de las estructuras de poder, controlando una de las patas más importantes en el desarrollo de la sociedad y educación del país. Ya entonces el eco político que acompañaba a cada victoria deportiva no era ningún secreto y los ejemplos se podían encontrar en ambas trincheras ya fuera en Italia o Alemania, pero también en la URSS o Inglaterra.

De esas fuentes bebieron los dirigentes falangistas, entre los que encontramos apellidos ilustres como el de Samaranch o el de Elola que resultarían fundamentales más adelante. No obstante, Franco, por aquello de contentar a las familias del régimen (y porque en el fondo siempre desconfió de Falange) incluyó a varios miembros del Ejército entre los hombres fuertes del deporte nacional. Julián Troncoso, sin ir más lejos, dirigió la Federación Española de Fútbol ya en plena batalla bélica nombrado por el General Moscardó. En el cargo permaneció tras confirmarse la victoria del bando sublevado. Sus sucesores también serían militares, como Gómez Zamalloa o Armando Muñoz Calero, quien pasaría a la historia en 1950, cuando desde Brasil emitió un telegrama al Caudillo: “Excelencia hemos ganado a la pérfida Albión”.


Fútbol en el Franquismo


En un período de tiempo tan amplio es necesario recalcar que son pocas las notas comunes que encontramos entre los primeros años del Franquismo a principios de la década de los 40 y sus últimos estertores a mediados de los setenta. Más allá del inmovilismo mencionado, el fútbol siguió las directrices impuestas desde El Pardo: paternalismo, uniformidad nacional y jerarquización. Esa militarización de las instituciones también se hizo patente en los clubes de fútbol. Quizá el caso más paradigmático sea el del Atlético Aviación. Este equipo resultó de la fusión entre el Aviación Nacional, formado por militares, y el Athletic Club de Madrid. Ante las numerosas bajas que los dos equipos habían sufrido en la contienda, unieron sus fuerzas para poder salir adelante contando para ello con el beneplácito y el apoyo no solo de la Federación sino también del propio régimen. Coincidencia o no, la primera liga disputada tras la Guerra Civil fue a parar a las vitrinas del Atlético Aviación. También la segunda. Y es que en la primera década del Franquismo los rojiblancos alzarían el título liguero hasta en cuatro ocasiones, las dos últimas ya como Atlético de Madrid.

De ese influjo político no se salvó ni siquiera la Selección Española que tardaría un tiempo en volver a utilizar la zamarra roja que había encumbrado a la Furia Roja en Amberes. Cuando se recuperó, se instó a los medios a referirse al temido color como encarnado en lugar de rojo. Hasta 2008, Luis mediante, no se utilizó el término La Roja para referirse al combinado nacional, aunque nunca antes se le había denominado así. Sólo se salvó Guillermo Gorostiza, extremo del Athletic Club y del Valencia, que pudo conservar su apodo: Bala Roja.

En cualquier caso la dictadura también supo aprovechar la narrativa creada entorno al balón cuando ésta le beneficiaba. Así retomó los valores de la Selección Olímpica que se colgó la medalla de plata en los JJOO Amberes 1920 tal y como recuerda Alejandro Quiroga en su magnífica investigación publicada en la European History Quarterly: “En Bélgica, la prensa internacional describió de forma poco amable el estilo del equipo español como poco sofisticado, furioso y violento. Aún así los periódicos españoles le dieron la vuelta alegremente a las connotaciones negativas de la furia española y adornaron el término con tonos positivos. Los conceptos asociados con la furia (virilidad, fuerza, coraje, sacrificio, espíritu de lucha, etc.) eran música para sus oídos”. Los pupilos de Eduardo Teus, Seleccionador nacional de la época, se enfrentaron a Italia o la Francia de Vichy, esos días. Aunque el momento culmen fue el partido contra la Alemania de Hitler en Berlín. Las calles de Berlín se engalanaron entonces con banderas nazis y españolas para conmemorar el encuentro. El armisticio terminó en 1-1.

Son tiempos de cambio en el balompié, de mudanza, mejor dicho. Los clubes fueron abandonando los campos de fútbol para trasladarse a los estadios y en ello también colaboró el régimen. La pasión desbordada del fútbol crece exponencialmente tras el periodo de guerras y la gente encuentra en este deporte una manera de identificarse y reconocerse con otros iguales. En definitiva se trata de eventos poco controlados, donde se permiten las diferentes militancias a unos colores (más allá de los del partido único) y que incluso sirven de refugio para tendencias sociopolíticas prohibidas en otros escenarios. Esa importancia social es identificada desde el inicio por el régimen y el propio Franco que se aficionó al deporte rey a través de la Quiniela. De hecho, todas las semanas jugaba varias columnas hasta que un día acertó una de diez. Ese juego de apuestas que nació en 1946 fue otro afluente más para el crecimiento del balón, con una Liga y una Copa del Generalísimo que iba engordando en jornadas y competidores.


Madrid–Barça, el nacimiento de una rivalidad


Uno de los culpables de esa rivalidad que llega hasta nuestros días, es un argentino que se pasó tres meses en Barcelona antes de cambiar Les Corts por Chamartín y de paso provocar el renacimiento de un club. Alfredo Di Stéfano fue ese hombre y aunque durante mucho tiempo se sostuvo que el régimen presionó a la Federación para que terminara fichando por el Real Madrid, la última palabra la tuvo la FIFA y su decisión salomónica (que La Saeta Rubia jugara en años alternos con madrileños y catalanes) que no convenció a los culés. El equipo presidido por Santiago Bernabéu no era entonces ni el competidor feroz que conocimos luego ni el ganador irreductible. Di Stéfano reescribió la historia del club hasta convertirlo en el embajador no oficial de España fuera de sus fronteras. Esa condición estuvo unida a sus éxitos consecutivos en el viejo continente, a las Copas de Europa sobre las que el club edificó su leyenda y el régimen un discurso victorioso con el que vender mejor su gobierno.

Hasta la llegada de Di Stéfano a Madrid, el gran equipo del momento era el Barça de las Cinco Copas. El equipo estaba liderado por un húngaro que dejaría huella en nuestro fútbol más allá del Camp Nou, Laszlo Kubala, en cuyo fichaje también hubo ingerencia gubernamental.

Menos conocido aún es que la entidad catalana condecoró en varias ocasiones al Caudillo. La primera tras ganar la Copa del Generalísimo en 1951, en el mismísimo Chamartín frente a la Real Sociedad. En el palco, presidiendo la final se encontraba Franco. En medio de la euforia por el triunfo Agustí Montal, presidente culé, le impuso saltándose cualquier protocolo la insignia de oro y brillantes que llevaba en la solapa. La segunda fue en 1971, cuando la directiva fue recibida en audiencia por Franco en el palacio de El Pardo. Agradecían así la colaboración del Caudillo en la remodelación del Palau Blaugrana. La tercera y última fue la Medalla por el 75 aniversario del club. Para entonces el Barcelona ya era el ejército desarmado de Cataluña, brillantísima definición de Vázquez Montalbán para captar el sentimiento que anidaba en las gradas del Camp Nou. La llegada de Cruyff refrendó los aires de cambio. Bajó sus goles enarboló aún más la cultura y la lengua catalana hasta convertirse en una figura antifranquista, que ojo, en esos años no se entendía directamente como sinónimo de antiespañol. Todo ello sintetizado en un eslogan que ha envejecido mal: Más que un club.

Esa represión lingüística la sufrieron más directamente otros clubes que el propio Barça (los catalanes tenían desde mediados de los 50 una revista del club escrita en catalán). Otros como el Sporting de Gijón, el Espanyol de Barcelona o el Athletic Club no corrieron tanta suerta y pasaron a llamarse Deportivo de Gijón o Atlético de Bilbao. No obstante en el mítico San Mamés en los años más duros de la dictadura se hacía el saludo fascista antes de los partidos e incluso existía un mural donde se podía leer: Franco, Franco, Franco. La paradoja que vivieron los rojiblancos es que su política de fichajes fue vista por el franquismo como una virtud más en un momento donde lo extranjero era mirado con recelo.


La Selección, el otro gran embajador


El Gol de Zarra en Maracaná fue también el símbolo de una generación. El momento deportivo para varias generaciones y una oportunidad de oro para el régimen de exaltación nacional. De aquel cuarto puesto en el Mundial de Brasil 1950 se vivió hasta 1964, cuando la España yé-yé se zambullía en planes de desarrollo y cierto aperturismo. Aunque esa Eurocopa de 1964 ganada en casa pudo tener un preámbulo anterior que el propio Franco impidió. El Caudillo decidió cuatro años antes y a última hora, en Consejo de Ministros no jugar el partido de cuartos de final que había emparejado a la URSS frente a España. El miedo a que en el Bernabéu ondeara la bandera comunista o republicana impidió que un auténtico equipazo se quedara sin la posibilidad de competir en el primer gran torneo de selecciones celebrado europeo. Se les negó así la gloria a los Di Stéfano (ya nacionalizado español), Luis Suárez, Gento, Peiró y compañía.

Cuatro años después como anfitriones de la segunda Eurocopa de naciones la final deparó un nuevo enfrentamiento contra los soviéticos. Y ese día ya no había espacio a la renuncia. Se cumplían entonces los 25 años de Paz, efeméride inventada por Manuel Fraga, para ensalzar la victoria en la Guerra Civil y el triunfo sobre el césped se presentaba como el más completo y exitoso acto de propaganda para el régimen. El mítico gol de Marcelino redondeó no solo nuestro primer gran triunfo internacional en el universo futbolístico, sino también la victoria de mayor postín para un Franco que resoplaba satisfecho en el palco.

Fuera del fútbol proliferaron los pioneros. A los que un talento natural, un tesón a prueba de bombas y los diferentes entornos familiares fueron su principal motor para triunfar. En la mayoría de los casos el deporte fue para ellos un medio con el que salir de la pobreza, ya fuera subiéndose a un bicicleta, a un ring o cogiendo una raqueta. Son los tiempos de Manolo Santana que pasó de recogepelotas a número uno del mundo, de Ángel Nieto o de Paquito Fernández Ochoa por nombrar a tres tipos que elevaron nuestro deporte a cotas, en algunos casos, nunca más alcanzadas. A la memoria acuden otros ídolos de masas como Bahamontes, Loroño, Poblet, Blume, Pedro Carrasco, Pepe Legrá o Urtain. Para ninguno de ellos hubo un plan sobre el que edificar y sostener su éxito. Héroes de un tiempo donde sus victorias se utilizaban como coartada de un régimen que siempre buscó ganar con la ley del mínimo esfuerzo. Durante cuatro décadas tuvo tiempo suficiente para cambiar de estrategia, potenciar a unos y olvidar a otros, pasar del inmovilismo al aperturismo, pero siempre llegó con retraso al deporte. Al tratar como accesorio algo que ya entonces se revelaba como algo fundamental.

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