España 82: El Mundial de un niño | A la Contra | Alfredo Varona
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Italia en el Mundial 82.
Graziani, Zoff, Bergomi, Scirea, Antognoni, Collovati; Cabrini, Rossi, Conti, Orialli y Tardelli.

Fútbol

El Mundial de un niño

Volvemos a lo de siempre: la primera vez no se parece a ninguna otra… Yo la viví en España 82 y la quiero con locura.

Es honesto. Tan honesto como vivir. Todos identificamos el Mundial por alguna cosa, por alguna historia, por algún futbolista. En realidad, hay tantos Mundiales como aficionados al fútbol y, en mi caso, si hay que rendir cuentas, he de viajar 36 años atrás, a España 82. Siempre será el primer Mundial que viví en mi vida y, por lo tanto, el mejor. Un lugar irrepetible en la memoria que viaja a la infancia en la que el fútbol es lo más puro que existe, lo que más te acerca o te aleja de ser un héroe. Tienes edad para soñar con ser futbolista y para imaginarte algun día en la piel de Paolo Rossi aquella tarde de Sarría en la que marcó tres goles a la selección brasileña. Te parecía que algún día tú también podrías regatear como Bruno Conti y tenías toda la tarde para practicarlo en los Nuevos Ministerios. Entonces se podía pisar hasta la hierba y se organizaban unos partidos memorables que podían ser como la final de la Copa del Mundo. Máxime porque la Copa la teníamos tan cerca, a unos kilómetros de nosotros, en el estadio Bernabéu, donde ningún futbolista español fue capaz de marcar a Shilton en ese España-Inglaterra de la segunda fase. Ni Satrustegui ni Santillana ni Quini en la segunda parte y miren que esa gente llevaba el gol en la sangre.

Nos fuimos a casa. No hubo remedio para España. Pero eso no maltrató mi Mundial ni el de los chicos de mi barrio que nos casamos con el buen fútbol tal vez porque éramos más prácticos. Ninguno de nosotros quisimos ser como Gentile la tarde que le vimos pegar tantas patadas a Maradona en aquel Argentina-Italia. Es más, aquellas patadas nos dolieron hasta a nosotros como nos dolió ese momento en el que Schumacher, el portero alemán, le sacó la dentadura a Battiston en la semifinal del Sánchez Pizjuan. Yo, personalmente, me quedé sin ver en la final a Tigana y Giresse, esos dos mediocampistas franceses que me apasionaban y qué tal vez fueron Xavi e Iniesta en los ochenta. Pero, a cambio, descubrí que el fútbol tambien es un territorio para tipos duros y que las espinilleras no lo aguantaban todo. No bastaba para ganar solo con regatear como Conti o Littbarski ni con una delantera como la de Polonia con Lato, Boniek y Smolarek que te invitaba a pensar que el 4-3-3 duraría para siempre en el fútbol del día de mañana. Porque en aquella época los sistemas no confundían a los niños. Al menos, para los de mi generación y aún más en verano en el que no teníamos que estudiar ni acostarnos temprano para madrugar al día siguiente. Teníamos todo el día para comer bien y para pensar en el fútbol. Y entonces apareció el Mundial, un Mundial jugado nada menos que en España y en el que uno siempre recordará que Irlanda del Norte, la que nos ganó 0-1 en Valencia, alineaba de titular a un chaval que no había cumplido ni los 18 años: Norman Whiteside.

Qué recuerdos. No tendríamos, por lo tanto, que esperar tanto nosotros para jugar el próximo Mundial. Le decía yo a mi padre o mi hermano me decía a mí. Porque los niños somos así o éramos así en el verano del 82 en el que nos podía faltar información en televisión de los futbolistas. La información deportiva se resumía a un rato en los telediarios. Pero, a cambio, teníamos 25 o 30 pesetas bien luchadas para comprar cada día el Marca o el As y aprendernos sus nombres, los nombres de los futbolistas, de memoria. Quizás por eso yo nunca volví a aprenderme un once de memoria con la facilidad de aquel que alineaba Enzo Bearzot que iba a ganar el Mundial y que yo todavía recito como si fuese el verano del 82: Zoff; Gentile, Scirea, Collovati, Cabrini; Tardelli, Oriali, Antognoni; Conti, Rossi y Graziani. La diferencia es que ya nunca volví a tener 10 o 12 años y la noche, esa noche en la que Sandro Pertini entregaba la Copa del Mundo a Dino Zoff, se acabó el Mundial de mis sueños. Quizás por eso he disfrutado tanto este rato escribiendo y me podría haber tirado hasta la noche escribiendo. Pero, como nos decían a los niños en el verano del 82, “chicos, hay que saber poner límites a las cosas”.

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