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Mourinho y Guardiola se saludan en la semifinal Barcelona-Inter de 2010. CORDON PRESS

Fútbol

El volcán fue Mourinho

Ante un nuevo Barça-Inter los recuerdos de la histórica semifinal del 2010 sobrevuelan el Camp Nou. El BigBang de la rivalidad Mou-Pep.

Todo comenzó en Islandia, con la erupción del volcán Eyjafjallajokul, a 2.697 km de Milán y 2.846 de Barcelona. Su erupción llenó de ceniza una eliminatoria que sería competida, ruda, polémica y, por momentos, muy sucia. Un preludio de lo que estaba por venir y que obligó al Barça a recorrer los 981 kilómetros que separan la Ciudad Condal del Giuseppe Meazza en autobús. Con el espacio aéreo cerrado, la Champions tenía que seguir su curso. Había partido en Milán y enfrente esperaba el Inter de José Mourinho. Aquel fue un escollo insalvable para el Barça de Guardiola que caminaba hacia el súmmun, hacia la perfección de su obra, hacia el mayor hito de su historia: alzar la Champions por segundo año consecutivo y encima en el Bernabéu. No pudo ser, lo impidió el volcán portugués.

Pónganse en situación, ese Barça era un equipo de época, campeón de Europa y adalid del fútbol de posición, que su técnico Pep Guardiola había sublimado. Una escuadra que parecía insuperable, de talante ofensivo y tremendamente competitivo. Hasta ese encuentro, de hecho, nunca había perdido un partido por dos goles de diferencia y solo tres adversarios habían conseguido marcarle tres goles en un solo partido. A Milán, por tanto, llegaba como favorito y Mourinho –“todavía dirán que tengo un amigo en el volcán y que he sido yo quien ha provocado su erupción” dijo después– jugó bien sus cartas. Un partido marcado también por los reencuentros, los pasados y los venideros, que pondría a Ibra o a Eto’o frente al espejo. E inció, aunque todavía no lo sospecháramos, una de las mayores rivalidades de los banquillos: Mourinho-Guardiola.

El 3-1 neroazzurro puso contra las cuerdas a los azulgrana, en una noche espléndida de Sneijder y Diego Milito, bien secundados por un Eto’o al que siempre le funcionó el papel de amante despechado. Más dudas despertó Benquerença, árbitro luso que luego nunca aparecería en las listas de Mourinho, e Ibra, quien para entonces ya había roto su idilio con Guardiola. “Noventa minutos son muy largos en el Camp Nou” dijo Pep parafraseando a Juanito. Y es que en la sala de prensa de San Siro se empezó a jugar el partido de vuelta y a alimentar una remontada que luego nunca llegaría.

En gran medida porque Mourinho, que también llevaba días jugando su partido, hizo el mayor homenaje que se le haya hecho nunca a Nereo Rocco, uno de los padres del Catenaccio. Cinco defensas y dos mediocentros de contención (Cambiasso-Motta) para enfangar la zona creativa y de definición azulgrana. Por delante, Sneijder, con Eto’o tirado a una banda y Milito como referente arriba. “Hemos defendido como sabíamos, como podíamos, para conseguir esta clasificación para la final”, dijo un Eto’o al que se le escapaban los acordes del himno azulgrana cuando lo cantaba la grada. Ni siquiera la expulsión de Motta, con aquella sobreactuación de Busquets mirando de reojo a la media hora abrió alguna rendija en los italianos (aquello sí que fue teatro del bueno, Mou).

Lo siguiente fue una de las imágenes de esa eliminatoria, icono de la rivalidad naciente. Mourinho susurrando al oído de Pep, mientras este daba indicaciones a un Ibrahimovic desubicado: “Pensáis que será fácil, pero esto no ha terminado”, fueron las palabras del luso según descubrió en Informe Robinson, premonitorio de lo que vino después. El Barça cayó una y otra vez enredado en la tela de araña ideada por los italianos y ni Messi, ni Pedro, ni Ibra encontraron el gol. Tuvo que ser Piqué convertido ya en delantero centro a la desesperada quien tras un reverso dentro del área consiguió superar a Julio César, fantástico toda la noche. No sería la última vez, pero la siguiente no subió al marcador.

A un gol y con 7 minutos por delante, el Barça acarició la final de Madrid con las manos. Durante unos segundos incluso celebró el pase. Los azulgranas cargaban el área con hasta cinco delanteros (si contabilizamos a Piqué) y tras un mal despeje de Samuel la pelota rebotó en el cuerpo de Touré Yayá, el rechazo cayó a los pies de Bojan que lo alojó en la escuadra de Julio César. Fue un coitus interruptus, metáfora de la trayectoria deportiva del canterano culé. La ilusión duró lo que tardó el árbitro, De Bleeckere, en señalar una supuesta mano del costa marfileño. Con ese gol anulado se agotaron las esperanzas culés, mientras Mourinho con una media sonrisa preparaba su número final: “Ha sido la derrota más bonita de mi vida”.

Todas esos recuerdos sobrevolarán hoy al Camp Nou ante una nueva visita del Inter de Milán. Enfrente no estará Mourinho sino Spalletti, con un equipo más joven y menos experimentado que aquel, aunque no falto de ánimo de revancha. El Milito del 2010 aparece ahora reencarnado en su compatriota Icardi, criado en La Masía y al que su instinto depredador le llevó a abandonar la cantera culé deseoso de quemar etapas en el país transalpino. Si entonces fue Mourinho el que se ganó un contrato con el Madrid, hoy puede ser Mauro el que termine de convencer a los agnósticos de Chamartín. Enfrente no se encontrará con su compatriota Leo, en el que será el primer partido del Via Crucis culé sin su Messías. Pese a ello, no se espera que esta vez haya que tirar de aspersores para sofocar una posible victoria interista. El volcán ya se apagó.

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