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Lágrimas en la orilla

España se queda a las puertas de la gloria, tras caer en la final (1-3) del Mundial Sub-20 frente a Japón.

Siempre he pensado que la suerte no existe. Que uno vence a sus fantasmas con trabajo y a sus enemigos con devoción. Hasta hace poco, el fútbol femenino español daba vueltas sobre sí mismo con los ojos vendados dentro de una habitación oscura. Hoy en día, la pasión, que no la suerte, tiene como resultado un efecto mariposa de dimensiones colosales. España, a tientas, con insistencia, ha encontrado el interruptor. El batir de las alas de la mejor cantera de Europa ha provocado que aparezca en el mapa con un subcampeonato del mundo bajo el brazo del que ahora todos nos sentimos partícipes, pero que pronto condenaremos al baúl de los recuerdos. No es pesimismo, es una artimaña para que me lleven la contraria. Hemos encontrado oro aunque Japón nos haya robado una parte del botín. Quedémonos con haber disfrutado del camino, y la herida que ahora mismo nos ha dejado la derrota parecerá más superficial. 

Las prioridades de España ante Japón parecían claras, mantenerse fiel a sus ideas y morir con las botas puestas. Japón nunca mereció ir por delante en el marcador. No se ganó el derecho a despertarnos con un bofetón de Miyazawa ante el que Catalina Coll no pudo obrar el milagro. Las japonesas no fueron mejores, pero manejaron mejor los tiempos y los nervios, propios y ajenos. Sufrimos síndrome de abstinencia porque Aitana Bonmatí es imprescindible. Patri Guijarro estaba más preocupada de que no se notase la ausencia de su compañera de travesuras que de hacer lo que mejor se le da, y España padeció muchísimo la confusión de los roles. La primera parte debió terminar en tablas, pero el tanto en contra nos obligaba a remar contra el tiempo y contra el peso de la historia.

La remontada pasaba por echar la vista atrás y acordarse de cómo habíamos llegado hasta la final. Sin embargo, una tormenta de verano nos anegó el jardín y las ilusiones. El segundo gol de Takarada maniató a España y la noqueó. Japón nos asustó siendo práctica y poniendo cara de campeona; la superioridad fue puntual, no abrumadora. Mientras España buscaba hacerse un torniquete, las japonesas afilaron la katana, tomaron aire, y con una auténtica obra de arte de Nagano nos cortaron la cabeza. A partir de ese momento, luchar por el honor se convirtió en un verdadero castigo. Demasiado cruel, demasiado inmerecido. Nos nos pudimos vengar, porque por algo las segundas partes nunca fueron buenas. Habrá que confiar en que a la tercera será la vencida.

Por una vez en la vida me gustaría ver el vaso medio lleno. Volvamos a echar un vistazo a lo ocurrido, por si alguno anda despistado: un grupo de mujeres sin nada que perder se ha puesto a cavar con las manos, nos ha estremecido con una voluntad inquebrantable, un tesón admirable y una sonrisa de oreja a oreja, hasta cuando es posible que su hazaña caiga en saco roto por culpa de una sociedad que no está preparada todavía para dejar abandonados en la cuneta el resultadismo y ciertos prejuicios.

Lo conseguido en este Mundial merece un estudio minucioso de causas y consecuencias o volveremos a vendarnos los ojos ante una realidad que nos devora y que merece unos cuantos arrumacos. Ya lo avisó Einstein, el problema del hombre no está en la bomba atómica, sino en su corazón. La Selección Femenina todavía no ha seducido a aquellos que prefieren construir muros en lugar de puentes, pero estoy convencida de que algo nos ha entrado a todos por los ojos y nos ha tocado la fibra. Esa sensación es contagiosa. Hay vida después de la muerte y España está dispuesta a demostrarlo.

Periodista. Si suena Ella Fitzgerald, mejor. LaLaLandera. Tiene carácter, talento y, para colmo, nació cuando la mayor parte de nosotros ya teníamos media carrera hecha (o deshecha). Posee una gran habilidad para salir al corte en el fútbol y en la redacción, aunque es más de ponerla en la escuadra. Emperatriz de la batcueva.

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