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Liga Santander

Gran espectáculo pese al árbitro

Crónica a dos manos para un partido de fútbol formidable que tuvo de todo, hasta un árbitro que se entrometió en el espectáculo.

La primera tentación es culpar al árbitro y explicarlo todo desde su noche catastrófica. No será difícil porque el partido nos entrenó en las excusas. Primero las manejó el Barça con la expulsión de Sergi Roberto, el chico es bueno y se le fue la mano. Además, Bale pudo ser expulsado en una jugada anterior. A poco que se tire del hilo se llega al penalti de Lucas Vázquez contra la Juventus y al de Guruceta en 1970. Así sonaron los aplausos de Piqué, así gana el Madrid.

La justificación cambió de bando cuando Luis Suárez hizo falta flagrante a Varane en el segundo gol del Barcelona. Entonces fue una parte del madridismo quien levantó los brazos para facilitar el asalto. En semejantes condiciones, el empate fue una liberación porque devolvía al fútbol a un plano superior. Empezaba otro partido, aunque no fuera en igualdad numérica. Hasta que Jordi Alba hizo penalti a Marcelo, también evidente, a falta de posteriores explicaciones termodinámicas. Otra vez el ruido.

Era un simulacro de la próxima final en Kiev: por eso el Madrid no hizo el pasillo. Esta razón resulta más creíble que cualquier otra de las que el señorío blanco del siglo XXI tergiversó durante la semana. Pese a la ausencia de educación, el Barça aceptó ser el sparring de cara a la final que no jugará, disfrazándose de Liverpool y planteando el partido a base de intercambiar golpes futbolísticos. A veces también pugilísticos. Y tal como se espera que haga el equipo inglés, marcó un gol apenas empezado el partido para después seguir perdiendo el azul de la camiseta y mutar completamente al rojo: defensa blanda, medio del campo inexistente y una delantera que metía miedo aunque apenas intervenía. El Madrid asediaba a un portero alemán aunque el simulacro de Karius era bastante mejor que el propio Karius.

Lo que propongo es que prescindamos del árbitro. Imaginemos que se puede. Supongamos que repartió los errores con ecuanimidad. O que no existió. Hagamos el esfuerzo. Lo que queda es un partido excelente que honró a los equipos y a los jugadores, que zanjó en tablas el duelo entre Messi y Cristiano, que nos deslizó por 90 minutos como si fueran veinte, o diez, un suspiro en el que alternamos, esperanza, depresión, alegría, indignación y altas dosis de felicidad.

Cristiano adoptó el papel de Hércules. Si el héroe mitológico tenía 12 trabajos que hacer, el portugués que ha decidido jugar 12 partidos serios cada temporada, mostraba su lado divino.  Gol para igualar a Di Stefano como madridista con más goles frente al Barça. Y como Hercules, mitad Dios, mitad humano, el portugués mostró también su lado humano: bajo esa capa de músculos, también hay lesiones. Esto también podría pasar en la final. Recuerden que esto era un simulacro.

No podemos permitir que el árbitro tenga un papel superior al de un poste, y nadie concentra sus análisis en una madera recalcitrante. Hubo más. Hubo un gol a los nueve minutos de Luis Suárez que nos hizo augurar una goleada local. Al Madrid le sobraban las excusas para dejarse llevar. Estaba emparedado entre el cansancio y la final de Kiev. Sin embargo, reaccionó como si no existiera más partido que el del Camp Nou, ni más futuro que las dos horas siguientes. Se adueñó del balón, el objeto que reclama el Barça filosóficamente, e hizo lo que más daño le puede causar a su oponente, también desde un punto de vista filosófico: jugar bien. Tocó y tocó, se movió alrededor de la pelota y empató el duelo con gol de Cristiano. El portugués, por cierto, se lesionó en la jugada, pero no quiso ser sustituido (lo fue al descanso). Esa actitud es la demostración de la importancia que el Real Madrid le concedía al partido y también de los afanes competitivos de Ronaldo.

Con 10 jugadores y 45 minutos por delante, el espíritu de Anfield se apropió aún más del Camp Nou: se esperaba un abrumador dominio blanco y apareció una garra casi desconocida. Hasta a Rakitic se le puso cara de Gerrard. Y sobre todo, D10S decidió dejar de observar el partido desde su Olimpo particular, sin mezclarse con los humanos. Finalmente respondió al desafío de Hercules y bajó a la tierra: gol clásico en el clásico. Los humanos se le acercan pero nunca le igualan. D10S mostró algunos errores “humanos”, acaso para que Hércules no sufriera más dolor que el de su tobillo. Y hasta su aura de deidad le permitió cambiar el signo arbitral: porque un penalti como el de Jordi Alba se pitará con absoluta certeza en la final si es a favor del Madrid. Porque los simulacros no son perfectos.

Lo que siguió hay que achacárselo al calentamiento global, es normal el fuego cuando saltan chispas. Primero un roce entre Sergio Ramos y Luis Suárez. Y no entro en culpabilidades, porque no son relevantes. A continuación, Messi salió en defensa de su compañero con una entrada excesiva a Ramos. Al rato, Bale peleó por un balón con Umtiti y le dio un plantillazo feísimo que debió ser castigado con tarjeta. La reyerta era general y condenó al que menos sabe de las riñas tumultuarias, al chico del flequillo, Sergi Roberto. En pugna con Marcelo, le golpeó con el puño, parece claro, aunque desde aquí no podemos calcular la intensidad, ya lo sentimos. Supongamos, insisto, que en lugar de un árbitro le cayó un meteorito o le pudo un corte de digestión.

De hecho, terminó en empate, algo que no puede pasar en la final. ¿Acaso pudo servir  para que el Madrid imaginase lo que puede sufrir en la final y los barcelonistas nos ilusionemos con el “otro” triplete (doblete más derrota blanca en la final)? Se cumplen unos días del año 30 d.C., esto es, después de Johann. El holandés nos curó la madriditis. O casi. Quizá porque él mismo tenía también un poco de madriditis. Y porque el Barça puede simular ser el Liverpool pero el Liverpool no tiene quien simule a Messi.

El fútbol, entendido como conjunción del juego y de la emoción, siguió siendo espléndido. Llegó el gol que marcó Messi y el que evitó Keylor. Sucedió el penalti a Marcelo, el dominio del Madrid, la igualada de Bale y el asedio final, no muy fluido, pero síntoma del coraje de unos y de la resistencia de otros. No se puede pedir más y hablar del árbitro es como hacerlo del camarero que tardó en servir el café que nos tomamos con Scarlett Johansson, díganme si no sería barbaridad, si en lugar de fijar la mirada en la chica estuviéramos siguiendo los pasos del hombre de la bandeja, que no viene, que lo trajo frío, que no hay derecho; si lo hubiera hecho bien, Scarlett se habría rendido a nuestros encantos, eso es cosa segura.

2 Comments

2 Comments

  1. amiguelntonio

    07/05/2018 at 07:05

    Sin entrar en detalles: por favor, Trueba, no hagas más experimentos de estos, solo vengo aquí para leer TUS crónicas, y los párrafos “espurios” bajan demasiado el nivel…

  2. perikorro

    07/05/2018 at 12:42

    Yo estoy muy de acuerdo con eso de no hablar del árbitro, pero reconozcamos que si esto sucede exactamente al revés, hoy no se podría escuchar la radio ni agarrar un periódico porque la bilis lo salpicaría todo. Ese es el problema.

    Ah, y echadle un ojo al pie de foto que me parece que está pensado para otra foto distinta a la que habéis publicado.

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