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Esther Pedrosa
Esther Pedrosa.

Atletismo

Esther Pedrosa: tu madre vestida de atleta

A los 57 años, desafía al mundo corriendo. Los récords forman parte de su personalidad y aún es más interesante escucharla: «La actitud es importante a la hora de envejecer», explica la atleta del Playas de Castellón.

No se trata de financiar un imposible, sino de justificar lo posible. Tampoco encuentro mejor manera para resumir esta conversación que recordar lo que un día le dijo aquel viejo fisiólogo amigo: «La actitud es importante a la hora de envejecer». Así que es inútil pensar en ella e imaginar una vejez torpe en la que pueda triunfar la pereza. «No, de ninguna manera», replica Esther Pedrosa, a los 57 años, desde la Universidad de Santiago de Compostela, donde trabaja como técnico de deportes, lo que le permite «tratar con gente joven» y descubrir que esto ya no es como en sus tiempos. «Antes éramos más bohemios». La prueba estaba en ella. «Yo era capaz de viajar al otro lado del mapa de España para mejorar cinco décimas mi marca. Solo de pensarlo la felicidad era inmensa y esa motivación te ayudaba a ir a cualquier parte, a no poner pegas a ningún esfuerzo. Sin embargo, ahora le hablas a los jóvenes de ir en autobús a una competición en Barakaldo y te contestan que eso está muy lejos».

Pero así son los nuevos tiempos en los que no se trata de recaudar diferencias, sino de revisar el álbum de fotografías y de explicar cómo, después de empezar a correr a los 14 años, la motivación de Esther Pedrosa sigue viva a los 57. Si no es un milagro, lo parece. Y si realmente es un milagro, habrá que empezar por explicar que su carrocería continúa intacta. Su pelo no se tiñó de rojo, pero su zancada detuvo el tiempo y, aunque haya perdido la fuerza de los mejores años, escucharla, en buena medida, es sentir ‘yo quiero ser como ella’.

Supongo que es el motivo por el que ahora me veo aquí escribiendo de esta mujer, que acaba de batir el récord de España de 10 kilómetros (38’25») de su categoría y que aspira a ser campeona del mundo en marzo en Polonia en 1.500 y en 3.000. Y todo eso se sale de lo corriente, pero tal vez sólo sea el precio de entender que la vocación también forma parte de la personalidad. Por eso, estar hoy aquí tal vez sea estar en todas partes mañana. Hay gente así, efectivamente, que te invita a pensar que es preferible hacerte viejo haciendo lo que te gusta a que te toque la lotería el 22 de diciembre. Al final, todo es cerebro. «Yo siempre he hecho caso a mí entrenador, Mariano García Verdugo, que desde el principio me advirtió: ‘Yo pongo el plan pero tú pones las piernas. Por lo tanto, lo que tú sientas es más importante que lo que yo diga». De ahí que Esther aprendiese a escuchar a su cuerpo, a no pecar por exceso y a no tener miedo a decir algo que tantas veces martiriza al atleta: «Hoy no puedo hacer yo esto». El resultado figura en el tiempo que, a estas alturas de su vida, le permite estar donde está o alumbrar a las redes sociales esos días en los que vuelve a escribir: «Confianza es mi palabra favorita».

No importa que nunca fuese la mejor porque siempre estuvo entre las mejores como sucede hoy, a los 57 años, en los que parece imposible fotografiarla sin una sonrisa. «La cara es el espejo del alma», razona ella, que sigue pegándole duro, capaz de entrenar ayer 12×400 a 1’18» lo que, en realidad, luego le permite estar ahí en competiciones severas, «en las que somos pocas pero todas las que hay son muy buenas». De alguna manera es como imaginar a tu madre compitiendo, vestida de atleta. Pero la diferencia es que Esther Pedrosa tiene un currículum que sube por escaleras hasta el sexto o séptimo piso. A bote pronto, se me ocurre recordar el récord de España de 1.500 metros que batió no hace mucho en su categoría con 4’56». Pero como esos hay cientos de días. Así que quizás resumir esta conversación con ella a una invasión de datos sea algo que ni yo sé hacer ni aconseja el momento. Sería como suicidar las magníficas posibilidades que ofrece este personaje. La misma mujer que admite que esto que hace ella corriendo no es más que un reflejo de lo que luego pasa en la calle, «donde, de alguna manera, todos luchamos contra nosotros mismos y con las dificultades que nos encontramos». De ahí que Esther Pedrosa no presuma de lo que ganó ni se arrepienta de lo que perdió, porque «el atletismo me enseñó algo más importante que todo eso. Me enseñó a sobrevivir». Quizás los valores que hoy traspasa a esta anárquica charla que tuve con ella en la que, por alguna extraña razón, se me pasó tomar apuntes. Así que justamente estoy haciendo lo que a ella le enseñó el atletismo: sobrevivir.

Sobrevivir a todo, incluido al paso de los años que se refleja en la edad de su hija, que primero se fue a estudiar Geología a Oviedo y ahora, después de aprobar las oposiciones, se trasladó a vivir a Alcobendas (Madrid), «de donde dice que ya no se mueve». El paso de esos 35 años de la niña que, efectivamente, te recuerdan que tal vez algún día los hijos se irán de casa. Y tú lo verás. Y te resignarás como se resignó la madre porque «la vida también te enseña a resignarte». No siempre consigue uno todo lo que merece como le pasó a Esther Pedrosa de cara a los JJOO de Barcelona 92 cuando logró la mínima olímpica «y por esas cosas que pasan en la Federación no me llevaron». Tenía 35 años y se sintió vacía, como un libro recién terminado.

Llevaba corriendo desde los 14 años, casi desde que llegó a la pista del INEF, se enfrentó a Carmen Valero y la ganó. Llevaba demasiados años, quizás, y decidió emigrar a otra parte, en la que no siempre el atletismo fue lo más importante. Es más, quizás ahora tampoco lo sea pero esos momentos en los que busca lo mejor de sí misma, esos momentos en los que pelea frente a la lluvia y el viento de Galicia, todavía tienen un impacto imborrable en su vida. Una causa natural que explica que, a los 57 años, aún Esther Pedrosa no haya empezado a envejecer. No sé si es un mérito o una suerte, pero sí reconozco en ella un personaje que sitúa los pies en la tierra. «Tuve la suerte de no engordar nunca». El resto no se puede explicar sin el coraje de la clase media. «No me hizo falta tener calidad para ser internacional. Mi secreto estaba en la voluntad que le ponía, en decir ‘esto yo puedo hacerlo’ o en descubrir que este mundo me gustaba y que era un mundo interesante en el que podía progresar. De hacer un 1.000 en 3’14» pasé a hacer, al cabo de cinco años, diez por debajo de 3’00» y cuando ves que lo haces, y que puedes hacerlo, cuando tienes un entrenador como tuve yo en Mariano García Verdugo, que te enseña a no tener prisa para no pegarte tortas… Supongo que mi suerte fue la de estar ahí y supongo que hoy no hago más que aplicar todo eso porque hay cosas que no se olvidan nunca o que te acompañan siempre».

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