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Diarios de Vitoria 2019: Sergio Rodríguez cierra el círculo del CSKA y Tenerife a lo grande

Sólo Sergio Rodríguez podía aderezar a lo grande el vínculo entre su tierra y Moscú, que este domingo adquirió cierto tinte mágico.

Alexander Gomelsky fue el seleccionador de la Unión Soviética durante sus años dorados. El pabellón del CSKA de Moscú lleva su nombre, ya que también entrenó al equipo de la capital rusa durante 22 años. Nada más dejar el club de su vida en 1988, el hombre que personifica la figura del mejor entrenador de Europa cada temporada (en forma de premio) aterrizó en Tenerife. Allí dirigió al equipo local durante un curso, sin saber que cierto habitante de aquella isla española, entonces con apenas dos años, llegaría a levantar la Euroliga con su amado CSKA. Y nada menos que 30 años después de esa aventura entonces un tanto exótica de Gomelsky.

Porque, sí, un ruso caló hondo en las Canarias (que se lo pregunten, por ejemplo, al técnico Alejandro Martínez) y un chicharrero lo hizo en Rusia. Así de caprichoso es el destino: sólo Sergio Rodríguez podía aderezar a lo grande el vínculo entre su tierra y Moscú, que este domingo adquirió cierto tinte mágico. Con el Efes turco enfrente, el CSKA tuvo que ofrecer su mejor y más efectivo baloncesto para que su favoritismo no saltase por los aires en el duelo por el título continental.

El Chacho pedía cabeza a sus compañeros desde el banquillo en los primeros compases del encuentro. Y con acierto: a los hombres de Dimitrios Itoudis les hizo falta una buena dosis de sangre fría para que en las filas del Efes no volviesen a sacar las garras sin misericordia alguna. Aunque los moscovitas siempre parecieron estar un escalón por encima, Shane Larkin se encargó de que esas mejores sensaciones no estuviesen exentas de incomodidad.

Con Krunoslav Simon como sorprendente artista invitado al show de su compañero estadounidense (Vasilije Micic no tuvo su mejor noche, bien maniatado por la defensa del CSKA), los cerveceros confirmaron su derecho a soñar. Y lo hicieron hasta bien entrado el último cuarto, cuando muchos de los asistentes al Buesa Arena, en el que ya se habían escuchado gritos de «¡Efes, Efes!» con anterioridad, se decantaron por los turcos. Los pitos hacia los rusos, ensordecedores, tenían una explicación: el Efes estaba a cuatro puntos de la gloria.

Llegó a tenerla así de cerca o más en otros momentos previos del duelo. E incluso mandó en el electrónico. De hecho, el fantasma de los 14 puntos escurridizos (la renta que perdió el Madrid el viernes ante el CSKA y, a su vez, máxima rusa este domingo) volvió a sobrevolar Vitoria. Pero el susto, que Bryant Dunston también ayudó lo suyo a alimentar, se quedó en eso: un sobresalto con el que el CSKA supo convivir en los momentos decisivos.

La calma la trajeron los triples, que llevaron en volandas a los de Moscú y a su afición, mucho más ruidosa que en semifinales. A Higgins y al MVP Clyburn, más que peligrosos si se activan en común, se les cayeron los puntos de las manos en el perímetro. A ellos se sumó un De Colo que no dudó en ejercer de líder cuando más quemaba la pelota. Y esta abrasó, créanme. Tanto como para que el partido terminase con un epílogo más que lamentable, en el que ciertos aficionados del Efes y del otro equipo turco de esta Final Four, el Fenerbahçe, intentaron pelearse. Y lo que es peor: a Ergin Ataman, técnico del Efes, le llamaron de todo menos guapo (se pueden imaginar…).

Pero quedémonos con el lado bonito del desenlace, en especial para nuestra canasta. La sonrisa de un Sergio Rodríguez que agranda aún más su palmarés haciéndose con la segunda Euroliga de su carrera no tiene precio. Una persona que ha alcanzado el éxito tanto como él podría tener ínfulas de grandeza (campeón del mundo, de Europa, de la ACB, de la Copa del Rey, subcampeón olímpico…). Pero nada más lejos de la realidad. El canario sustituye toda prepotencia por la más absoluta normalidad. Y, sobre todo, un amor por su trabajo ejemplar. Desde luego, Gomelsky no podría haber encontrado a alguien mejor para cerrar el, de alguna manera, círculo del CSKA con Tenerife.

Por otro lado, poco hay que decir de un partido por el tercer y cuarto puesto, siempre intrascendente, en el que la victoria es agridulce sí o sí. Sólo la afición del Fenerbahçe aportó algo de ruido y color a un ambiente tedioso a más no poder. Entre mucho asiento vacío y un nulo interés deportivo en cuanto a lo que sucedía en la pista, el fervor de la hinchada amarilla mandó. Los ánimos hacia su equipo, que no pudo superar al Real Madrid, fueron tan contundentes como si el encuentro se tratase de una final: cánticos a viva voz en ciertos momentos, abucheos, pitos… Quizá fueron los únicos que disfrutaron de verdad.

Aunque los seguidores madridistas también se dejaron oír en ciertos momentos (sobre todo en los minutos finales), su ímpetu no se acercó ni por asomo al de los aficionados del campeón turco. Ellos fueron quienes más metidos estuvieron en un duelo al que bien podría sustituir, como apuntan algunos compañeros periodistas, la final júnior (disputada por la mañana y en la que también ganó el Madrid, por cierto). Tal es su relevancia: es posible que a día de hoy nadie entienda por qué hay que dirimir quién es el mejor de los perdedores en el fin de semana más importante del baloncesto europeo.

Bastante hacen, cada año, los jugadores de los dos equipos ‘agraciados’: intentar rendir de forma aceptable, y a duras penas, cuando aún no han terminado de digerir por completo la eliminación en semifinales. Entre ellos sobresalieron Facundo Campazzo, con sus 15 asistencias de récord en una Final Four (34 de valoración) y Gustavo Ayón, que se desquitó con 23 puntos y 11 rebotes (36 de valoración). Al César lo que es del César: en el Madrid regresan a la capital, al menos, con media sonrisa.

A Zeljko Obradovic y Pablo Laso no se les notó mucho la desazón. Ambos protestaron, abroncaron y/o felicitaron a los suyos cuando tuvieron que hacerlo y destilaron pasión incluso en el partido que nadie quiere jugar. Algo que les honra: ya piensan en el asalto al título continental que a buen seguro acometerán ambos la próxima temporada. Porque, como ya es costumbre, volverán.

Crecí soñando con contar las gestas de Gasol, Nadal y Contador. El sueño se hizo realidad, sobre todo en las canchas. Años después, pisé unas cuantas, conté las historias de sus habitantes y descubrí que los deportistas, aunque no lo parezca, también son de carne y hueso. Eso sí, nunca se deja de soñar. Ni de aprender. E ir a la contra, marcar la diferencia, nunca está de más

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