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Tour de Francia

Cuando éramos pequeños

Caleb Ewan ganó al sprint en vísperas de los Pirineos. En los próximos cuatro días podría decidirse la carrera. Susto para Nairo.

Caleb Ewan, ganador en Toulouse, es hijo de madre coreana y padre australiano. Creció (no mucho) jugando al fútbol y al rugby, pero su vocación, así lo dicta su biografía, cambió de deporte cuando unas navidades le regalaron una bicicleta de montaña. Este proceso vocacional era típico años atrás. La bicicleta se convertía en un artilugio soñado por la mayoría de los niños y del deseo nacía una pasión que servía de estímulo a no pocos profesionales. No había mejor regalo en Navidad, ni más difícil de envolver. Las cosas han cambiado, me temo, tal vez no en Australia, pero sí en el Occidente que me rodea. Ahora los niños tienen un promedio de tres bicicletas durante su infancia, ninguna con menos de 18 velocidades, y si no tienen más es porque dicen basta. Admitámoslo. La bicicleta, al menos la infantil, ha dejado de ser un objeto de deseo. Hoy en día, los chicos de Verano Azul irían montados en hoverboards y patinetes eléctricos al barco de DJ Chankete. Otros tiempos, ya digo.

El pequeño Ewan tenía diez años cuando ganó su primera carrera con su reluciente bicicleta de montaña. Lo hizo en un velódromo, lo que es tanto como ganar un concurso de claqué con unas botas de fútbol. Más que como un campeón en ciernes, ese día se descubrió como un ciclista sin complejos. Caleb mide 1’65, lo que es mucho si lo comparamos con Vicente Belda (1’54), pero poco en contraste con los que fueron sus rivales en el último sprint: Groenewegen (1’77), Viviani (1’78) y Sagan (1’84).

Es obvio que la fisonomía del ciclista se ha transformado en las últimas décadas. La estatura media de un corredor profesional es de 1’80 y su peso de 68’8 kilos. Samuel Dumoulin es el más bajito (1’59), mientras Stijn Vanderbergh, su compañero en el Ag2r, y Max Walscheid (Sunweb) son los más altos del pelotón (1’99).

Notarán que me estoy yendo por las ramas, por las altas y por las bajas. Pero es que cada vez me cuesta más disimular en las etapas llanas que se resuelven al sprint. Son jornadas para divagar. Es cierto que siempre hay un susto porque es imposible que no lo haya cuando se juntan 169 ciclistas que mantienen el equilibrio mientras orinan, hablan de la vida o se pegan codazos para ganar la posición. Esta vez fue Nairo quien se vio cortado por breves minutos, nada grave. Peor parado salió Ciccone, aquel líder que era primo de Madonna, que dio con sus huesos en el suelo y se presentó en meta a doce minutos del pequeño Caleb.

Es posible que la impaciencia me impidiera concentrarme. Mañana comienza la montaña de verdad, solo interrumpida, el viernes, por una contrarreloj que nos dirá muchas cosas, casi todas ciertas. Ante ese desafío me presento como lo hacía de niño y adolescente. Con tiempo perdido y la ilusión intacta. Mi ciclista favortio (Landa, naturalmente) debe recuperar tiempo y la mínima posibilidad de que lo consiga me compensa de cualquier decepción. Supongo que la felicidad no está en los hechos, sino en su expectativa y también supongo que alguien habrá armado este mismo pensamiento mucho mejor que yo.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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