¡Síguenos!

RELATOS

«Falola»

Jamás vi que lo llevase de espaldas a la calle, con esa manera que permite que ambos corazones se junten y se sientan y latan al mismo tiempo.

Hace tiempo que me lo cruzo y he podido ir viendo los casi imperceptibles cambios cada día desde que era un bebé de pecho. Siempre ha sido muy vivaz y desde muy pequeñito ha tenido la costumbre de ir con los ojos muy abiertos. Sus preciosos ojos azules, mirándolo todo, dejando que la gente lo mirara y le sonriera, menos cuando iba dormido, con su pequeña cabecita echada hacia un lado. Pero siempre mirando hacia adelante porque su padre, que es quien lo pasea, lo lleva colgado de su pecho dejando que disfruten, él del paisaje y la gente que se lo cruza, de él.

Jamás vi que lo llevase de espaldas a la calle, con esa manera que permite que ambos corazones se junten y se sientan y latan al mismo tiempo. Estoy convencido de que en un acto de enorme generosidad, ese padre dejaba sentir su corazón a su hijo, permitiendo que el de su hijo fuese iluminando la calle por la que pasaban y alegrándole la vida a la gente, en vez de quedárselo todo para sí.

Un día, aprendió a sonreír y entonces toda la gente con la que se cruzaba y que siempre los había mirado con opiniones diversas, iba dejando escapar un «ohhh» al que no era ajeno su orgulloso padre, lo que le provocaba una enorme sonrisa que finalmente, no podía terminar de borrar de su cara. Entonces empezamos todos a comprender que el esfuerzo de ese padre día tras día llevando a su niño en su pecho mirando siempre hacia adelante, había sido un plan muy bien urdido y que estaba dando el resultado esperado. Las críticas que había recibido injustamente por hacerlo, de las cuales ninguna había hecho mella en su ánimo, sólo le habían servido de acicate.

Hace poco, ha aprendido a caminar, con el mismo ánimo vivaz con el que lo hace todo. Y ahora, en vez de ir colgado en el pecho, va de la mano con su padre. Sin soltársela y con los ojos muy abiertos, sin dar tirones ni correr, muy responsable a pesar de su corta edad, mientras la sonrisa eterna que fluye de él a la gente que se cruzan y de la gente hacia él, no cesa. Su padre sigue caminando despacio y muy orgulloso de la admiración que despiertan entre la gente. Como si los estuviera viendo con la mochila de su niño a la espalda y su bastón blanco en la mano derecha, tanteando con mucha soltura el camino tantas veces recorrido a diario, sólo que ahora, su niño, con la naturalidad que le da su edad y la experiencia adquirida, dándole un suave tirón hacia un lado y sin necesitar mirarlo, porque sabe que no lo ve, dice “falola”.

Comenta

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Anuncio
Anuncio

Más en RELATOS

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies