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Libertadores

Esta hermosa farsa

Hubo fiesta en la grada, fiesta en la Puerta del Sol, en la Plaza Mayor, en la Gran Vía. Pero no hubo fiesta en Sudamérica.

Sentado frente a mi televisor, habiendo interrumpido un delicioso día de playa al sur de Lima, donde por fin ya revienta el sol, no sabía realmente qué sentir. Como en todas estas ocasiones, seguí la rutina de siempre: una cerveza, un cigarro, el volumen muy alto y todos los demás en silencio. Era una final, al fin y al cabo. Jugaban Boca y River a estadio lleno, al fin y al cabo. Pero algo estaba mal. Algo se sentía raro.

No era, como suele suceder en esta competencia, que el partido fuera generalmente peor de lo que esperábamos —no sé por qué esperamos siempre más—, ni que ambos equipos hubieran salido a molerse a patadas al inmaculado campo del Bernabéu, ante los ojos ilustres de Messi, Griezmann, y compañía. Eso, finalmente, era el pan de cada día por estas latitudes, y era iluso el que creía que un cambio de escenario implicaría también uno de estilo de vida.

Lo que sucedía era que nada de esto tenía sentido. Ni siquiera cuando Benedetto calcó uno de los varios goles que marcó Ronaldo —el gordo— en el Bernabéu pude evitar sentirme decepcionado. A mí me gusta Boca, suelo querer que gane, y suelo querer que pierda River. No he explorado mucho la razón de esa simpatía, aunque asumo que tendrá que ver con Riquelme, Palermo y Ñol Solano. Pero daba igual: era golazo de Benedetto, contra el mejor arquero de Sudamérica, frente a River, y daba igual. Incluso cuando el Pipa hizo esa desgraciada mueca al defensor rival, ni siquiera hubo lugar para la risa, o para la indignación.

Era como estar sedado, o bordeando la sobredosis de antidepresivos. Era difícil sentir algo que no fuera decepción. No tengo hijos, pero si los tuviera, no hubiera visto el partido con ellos: es un espectáculo decadente narrado y vestido con grandilocuencia. Como si un mendigo se vistiera por un día de Dior. Un engaño, una treta, una sinvergüencería, una falta de respeto. Aún así, estábamos delante del televisor, el sol brillando afuera y nosotros tras la cortina, notando cómo en el Bernabéu sí se podía hacer ruido, que el silencio habitual no tenía que ver con la acústica, sino con sus pasmados aficionados locales.

Hubo fiesta en la grada, fiesta en la Puerta del Sol, en la Plaza Mayor, en la Gran Vía. Pero no hubo fiesta en Sudamérica. Probablemente los hinchas de River hayan celebrado mucho, y los de Boca hayan emitido una buena cantidad de certificados médicos para ausentarse este lunes de la oficina. En ese sentido, se trataba, después de todo, de un Boca-River, pero no había fiesta.

Nos quisieron hacer creer que era la final del mundo, un evento histórico, una oportunidad para el país —y el continente— de demostrar que estaba a la altura. No sólo se equivocaron olímpicamente, sino que se aprovecharon de ese insensato amor que tenemos los aficionados por nuestros colores, nuestros equipos, nuestras identidades. Se aprovecharon del muchacho que se compró un Tokyo-Buenos Aires ida y vuelta para perderse un partido por lluvia, y sobre todo de las familias que esperaron horas fuera del Monumental para enterarse de que los barrabravas les habían arrebatado el sueño. Se aprovecharon la Conmebol, la FIFA, D’Onofrio, Angelici, Macri, y nos dejaron sentados frente a un televisor con el alma apagada, los ojos somnolientos y el corazón entumecido, porque no había razón para emocionarse. Todo era una gran farsa.

Y del partido, ¿qué se puede decir? Mal jugado, emocionante, duro. Muy argentino, muy sudamericano. Pero, a estas alturas, ¿vale la pena hablar del zurdazo de Quintero, de la mueca de Benedetto, del extraordinario trabajo de Gallardo? Yo creo que no: el fútbol sudamericano ha tocado fondo y es deber de nosotros, que vivimos de eso, dejar de hablar de goles, y empezar a hablar de política, de reformas, de nuestras enfermas sociedades. Mientras sigamos asistiendo a partidos de la Libertadores en Europa, nada de esto cambiará.

Quisimos sonreír, el domingo, pero nos ganó la náusea.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

2 Comments

2 Comments

  1. Pingback: Marcelo Gallardo: el Pep de River Plate | Libertadores | A la Contra

  2. Fer

    04/04/2019 at 13:07

    Y viste a River levantar la Copa en el Bernabéu. Para toda la eternidad.

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