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Roger Federer I CORDON PRESS

Australian Open

Federer a los 20

Quizá a los 20 años Federer quería comerse el mundo muy rápido. A los 20 Grand Slam, lo que queda claro, es que Roger todavía tiene lecciones que enseñarnos.

Ya no hay coleta, ni acné. Las cervezas han dejado paso a los biberones e incluso alguna cana intenta sobresalir entre revés y revés. Ese golpeo, eso sí, permanece inalterable, manteniendo la misma belleza de la que nos enamoramos hace casi 20 años. El paso del tiempo, si acaso lo ha enriquecido, como esa sala de trofeos que se ha llenado durante dos décadas. Por espacio no será, siempre hay hueco para más, sean copas o hijos, sobre todo cuando uno ha mantenido la pasión y ha sabido reconducir el enamoramiento con la raqueta. Como un reloj, de esos que tanta fortuna han hecho en su tierra, Roger ha acudido puntual al triunfo, incluso cuando ya no se le esperaba. Como en Australia, donde alzó su vigésimo Grand Slam, hace ahora un año. El tiempo siempre juega con ventaja pero si hay alguien capaz de estirar ese partido hasta el tie break es Roger Federer.

Porque a sus 37 años y 158 días el número 3 del mundo se presenta en el primer Grand Slam de la temporada dispuesto a defender su corona. Ganador en Australia en los dos últimos años, 2017 y 2018, son varios los alicientes que se le plantean al Expreso suizo en las Antípodas. El primer nombre que aparece en el horizonte es el de Roy Emerson. Leyenda del tenis aussie al que Roger igualó con seis triunfos del Abierto de Australia el año pasado. Una nueva victoria del suizo permitiría a Federer vivir solo en el ático australiano. Más aún, con 99 títulos a lo largo de su carrera un nuevo triunfo no solo redondearía la cifra, también aumentaría la brecha, hasta hacerla casi inalcanzable. Nadal viene por detrás con 17 Grand Slam. Más lejos aparece Djokovic con 14.

Ganar lo convertiría también en el más viejo del lugar. Explorar un territorio inexplorado, vencer a las patas de gallo y el reúma, contener, una vez más, el inconsciente empuje de la juventud. “Me fijo en otros jugadores como Agassi o Rosewall que jugaron durante mucho tiempo y veo las motivaciones que tuvieron para ello”, declaraba Roger en los días previos al inicio del Abierto de Australia. Y es que Ken Rosewall sigue siendo el tenista más veterano en conquistar un Grand Slam, lo hizo con 37 años y 62 días, lo hizo precisamente en Australia. Esa frontera también podría ser rebasada por Federer dentro de dos semanas, al fin y al cabo nadie ha ganado más Grand Slam superado los 35 (3).

“A mí me sorprende estar con este nivel con mi edad, pero llegar a esta edad (37 años, recordemos) jugando así es más sencillo que en épocas anteriores, ahora tenemos un equipo de personas alrededor más numeroso, más profesionales para cuidarnos y en realidad no hay muchos tenistas que se retiren a los 30 años”. No lo señala Federer pero un calendario cada vez más selectivo y enfocado casi en exclusividad a los Majors también ha favorecido su longevidad. Si 2017 fue el año de su resurgimiento, con la conquista de dos Grand Slam (Australia y Wimbledon), 2018 confirmó que al reloj le queda cuerda para rato, por más que solo ganara el primer Grand Slam del año. 2019 lo ha empezado igual el 2018, imponiéndose en la Copa Hopman por equipos, por si sirve como precedente.

Por el camino volverán a cruzarse los enemigos íntimos de siempre. Amigos ya, cuando no hay una raqueta de por medio. Mientras que el estado físico de Rafa Nadal es una incógnita tras varios meses sin competir, más certezas despierta el Número 1 del Mundo, Novak Djokovic, ganador del último Grand Slam (US Open). Junto al serbio y al español, la camada de jóvenes está encabezada por Zverev y los sacadores como Isner o Cilic (finalista el año pasado) tienen en el verano austral su particular agosto. De ese puñado de nombres saldrán las principales amenazas para el suizo por más que su lucha sea ya una carrera contra la Historia, no contra sus rivales.

Aunque a Federer, en el crepúsculo de su carrera, lo que parece obsesionarle son otras cosas: “Mi principal interés es la felicidad de mi familia. Si para mi esposa es bueno, si para mis hijos es bueno. Seguir jugando al tenis depende más de eso. Mi sueño era jugar al tenis, ser un jugador profesional y lo conseguí. Conseguí también mantener ese entusiasmo por jugar al tenis. Algo que sigo teniendo”, confesaba Federer en las horas previas a su debut en Melbourne. Pero hay algo más que conecta a Roger con la tierra de los canguros. Una motivación extra que le acompaña cada vez que arranca el primer Grand Slam del año. Y es que quizá no todos sepan que el descubridor del suizo fue un entrenador australiano. Peter Carter era natural de Adelaida y viajó hasta Suiza siguiendo el rumor lejano de los primeros drives de Federer. Le descubrió en el Old Boys Tennis Club de Basilea y desde entonces se convirtió en su entrenador. Roger lo sitúa como una de sus grandes inspiraciones y el responsable de su técnica.

Y eso que Peter murió demasiado pronto. Tanto que ni siquiera pudo ver a su pupilo coronarse en La Catedral del tenis en 2003. Carter había muerto un año antes, en un accidente de tráfico mientras celebraba su luna de miel en Sudáfrica. El recuerdo del antiguo entrenador está siempre presente en el Abierto de Australia ya que los padres de Peter no se pierden un partido del suizo en Melbourne. Roger se encarga de que nunca falte un asiento para ellos en su palco. Imposible le resulta al tenista más laureado de todos los tiempos olvidarse de su buen amigo, cuyo recuerdo le sigue despertando emociones, tal y como demostró hace unos días en una entrevista con la CNN. En un momento de la charla la periodista le pregunta:

—¿Qué crees que pensaría si él te viera ahora con 20 títulos de Grand Slam?

Y ahí Federer se rompe, los ojos se inundan de lágrimas, la mirada se pierde en caída libre y la emoción se apelotona en su garganta. Pero el campeón se recompone: “Espero que se sintiera orgulloso. Creo que no hubiera querido que desperdiciara mi talento. Entendí su muerte como una llamada de atención”.

Quizá a los 20 años Federer quería comerse el mundo muy rápido. A los 20 Grand Slam, lo que queda claro, es que Roger todavía tiene lecciones que enseñarnos.

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