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Opinión

Un koan zen, un jurista danés y José María García: sobre el fútbol femenino

Hay comentarios que son de serrín en el suelo, palillo en la boca y dedos oliendo a gambas recién peladas. Seguro que ven la escena.

Han levantado estos días algo de revuelo ciertas declaraciones sobre el fútbol femenino. Que es una mentira, se dijo. Que a ver cuántas jugadoras de Primera División llegaban a la portería al sacar un córner. Que no tenían fuerza. Y blablablá. La cosa es que quien lo dijo fue José María García, y ya entonces todos comenzaron a hablar sobre ello. Cuñadeando un poquito. Con voz cazallera. Ustedes me entienden. (Aclaramos que García matizó sus palabras un día más tarde, señalando que lo que era una mentira es la organización del fútbol femenino, y que él no dijo lo que dijo, sino que otros, felones, le hicieron decir lo que no había dicho. O que igual lo dijo, pero sin decirlo. O que al decirlo no quería decirlo. Que un error. Que hostias, ya).

Dos puntos aquí. A lo mejor los más jovenzuelos (esos que heredarán la tierra) no saben quién es José María García. O, mejor dicho, les suena solo su nombre, y lo identifican con otra época del periodismo. El icono, el gigante. Y claro, se tiende a veces a la nostalgia, porque el tema de los deportes en las teles y las radios está (la mayoría de las veces) como está. Vamos, que da penita y asco (aquí no, ¿eh?, aquí ustedes leen cosas con sustancia, análisis y cierto criterio literario). Y entonces, ya les digo, pensamos que cualquier tiempo pasado fue mejor.

La realidad es que antes éramos más jóvenes, y por eso todo tenía más agradable olor, y sabor. No porque lo tuviera, sino porque se nos olvidan las náuseas. Mal haríamos en encumbrar a García bajo un falso ejercicio de nostalgia. José María García tenía muchos medios, sí, y realizaba investigaciones de mérito (untando a cuantos hijos de vecino hiciera falta, por otra parte, y con una desconexión moral llamativa). Pero también había hecho del insulto su forma de ser, repartía protecciones mediáticas como si fuese el Rey Sol y terminaba con carreras profesionales mediante la crítica (justa muchas veces, injusta otras, desmedida y falta de educación casi siempre) dependiendo de si el protagonista era de su agrado o no. O, más bien, de si le bailaba el agua. Saben a lo que me refiero. Si alguien añora eso, que no cuente conmigo en su guerra. Los tiempos de publicar todos los números de una cuenta corriente, de llamar “tonto” (de ahí para arriba) a otras personas o de ningunear los éxitos de quien no te cae bien han quedado atrás. O deberían haberlo hecho. Siguen sobreviviendo en emisoras de radio un poco casposas, en tertulias de esas de gritar donde no hay fútbol sino chorradas. Bien. Tendrán su público, no se lo discuto. Y con su pan se lo coman. Aquí hacemos otra cosa.

Vaya esto por delante.

Y luego está el tema. El tema en sí. Las palabras que hizo sobre el fútbol femenino. Que mira, están muy bien para la barra de un bar, pero no si quieres buscar un mínimo de rigurosidad. La misma, por otra parte, que tanto exiges a los demás. De primeras les digo que a mí no me verán por muchos campos de fútbol femeninos (ni masculinos, ojo), así que el análisis no será técnico, sino que irá al trasfondo del asunto. Y ese trasfondo nos dice que García frecuenta tanto la Liga Iberdrola como yo. Solo que yo de estas cosas, de las que no sé, hablo con más cuidado. Luego salen las excusas. El no dije eso. El era una hipérbole. Oiga, a mí me encantan las hipérboles (podría afirmar que soy el escritor del mundo al que más le gustan las hipérboles, aunque eso sería una hipérbole), pero aquí no cuela. Era otra cosa. Comentario de serrín en el suelo, palillo en la boca y dedos oliendo a gambas recién peladas. Seguro que ven la escena.

Me llama mucho la atención, por otra parte, el eco (y la aceptación) que han tenido esas palabras. Por parte de no pocas personas. Fundamentalmente hombres, huelga decirlo. Es como si el hecho de que las chicas jueguen al fútbol amenazase una parte fundamental de su masculinidad. Emasculación simbólica. No basta con decir que el nivel del fútbol femenino es inferior al masculino (y eso nadie lo discute). No. Hay que recalcarlo a cada momento, hacer mofa y befa. Cuanta más, mejor. Por mis cojones. Ya los argumentos de tipo freudiano se los dejo a ustedes, que yo debo tomarme mi solysombra.

Distinta es, ojo, la realidad de que el deporte femenino (y muy específicamente el fútbol) se está sobredimensionando de forma relativamente artificial. A nivel mediático, a nivel de seguimiento. En base a criterios que no son estrictamente deportivos (lo que no significa que sean menos importantes que los estrictamente deportivos). Parece evidente que la Liga Iberdrola (como la selección femenina, sea cuál sea el estúpido apodo que hayan puesto a esas muchachas) se está beneficiando de ello, y creando lo que, en caso de no cuidarse, acabará siendo un gigante con pies de barro. Pero ese es otro debate. Hay un koan zen que dice que cuando ha soplado durante mucho tiempo el viento desde la misma dirección es necesario que sople también desde la otra para que el junco quede recto. Vamos, que con el aire en calma no se hace nada. Si les parece muy oriental (y se están llevando las manos a la cabeza) piensen que algo parecido cuenta Alf Ross, lo que pasa es que él es jurista y lo dice con palabrejas mucho más largas. A partir de esas ideas se monta el sistema del Asistencialismo Escandinavo durante la Posguerra. ¿Ven? Palabras más largas.

¿De qué hablábamos? Ah, sí, García. Eso. Que no caigamos en la trampa de la nostalgia. Y tampoco en la de criticar por criticar.

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