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Atletismo

Los Fernández: ¿cuánto dinero vale la pasión?

Hermanos, ingenieros, hijos de funcionarios de Correos y nietos de ganaderos… En este rato, que vamos a pasar con ellos, nos van a demostrar algo muy valioso: 700 kilómetros no impiden sujetar a la infancia.

Tenía tentación por escribir esta historia. Quizás porque a mí también me gustaría ganarme la vida junto a mi hermano, que es una manera de sujetar a la infancia. O quizás porque en este texto tendré la oportunidad de demostrar que 700 kilómetros de distancia no son suficientes para separar a nadie. Y aquí están ellos, estos dos hermanos a los que escucho una mañana en Madrid en la que me cuentan que son «hijos de funcionarios de Correos y nietos de ganaderos». Y entonces recuerdan que sus abuelos perseguían a las vacas por el campo. Y Jesús viaja a un territorio mas próximo, los veranos de la infancia, cuando su padre subía un puerto tan duro como las Lagunas de Neila con una bicicleta de piñón fijo. Y no recuerda lo que pesaba esa bicicleta. Pero así fue hasta ese día en el que el hombre descubrió que tenía leucemia.

Sin embargo, ese recuerdo le vale a Jesús para explicar lo que tantas veces dice su padre: «Las cosas que hagas hazlas hasta el final». Quizás por eso yo tenía que conocer algún día a Jesús, retrato de maratoniano impenitente desde ese día en el que dejó el baloncesto. Entonces era como un monstruo que pesaba 90 kilos. Nada que ver con los 67 de ahora, que explican a un tipo de 36 años que ya ha corrido en 2 horas y 53 minutos en Berlin, que ha bajado a 35’00» en 10 km y a 1h 19 en media. Pero quizás, entre las cosas que me cuenta, me quedo con ese viaje de trabajo, uno más en el coche, que hizo desde Santander a Coruña. Y en el camino, al pasar por Ribadeo, paró en una gasolinera. Se cambió, se vistió de atleta y se puso a entrenar los 3×3.000 programados para ese día en pleno Camino de Santiago, la vida también es salirse del guión, imaginarte en su lugar, imaginar que tú también lo puedes hacer algún día.

Jesús es ocho años menor que Juanjo y un día conoció a una mujer y marchó. Marchó a vivir a Vigo donde, en plena crisis, montó una consultoría de proyectos I+D que al principio fue un quebradero de cabeza. «No había dinero y surgían problemas por todas partes». Pero él, que ya tenía un currículum (había trabajado para la administración publica, para una fábrica de colchones…), necesitaba arriesgar. Y a veces la vida premia a los que arriesgan y a los que prestan tiempo a lo que realmente desean. Y hoy veo en Juanjo a un empresario feliz. Y a su lado está Jesús que no solo es su hermano pequeño. También es su mano derecha en el trabajo. Y no importa que sea fácil o difícil. Que hoy puedan estar en Humanes y mañana en Igualada. Porque son ellos. Y ya nunca será la primera vez que les da por quedar en plena carretera para entrenar, en vez de para compartir un café. Pero quizás todo esto sólo sea una manera de explicar el corredor que llevan dentro y que descubrieron a tiempo. «Hoy es tan difícil estar 15 días sin correr…», dice Juanjo, que acaba de salir de una lesión.

Juanjo fue jugador de voleibol desde los 14 a los 35 años. Entonces descubrió lo que es la vida el día que se dio cuenta de que «perdía muchas mas veces de las que ganaba». Sin embargo, perder no es un error. El error es no contarlo. Pero no parece este el caso de Juanjo, al que al principio, cuando empezó a correr, le dolía hasta la cabeza. Tenía excusa para haber dicho «hasta aquí hemos llegado», pero hay algo más valioso que la resignación. Es la pasión, la pasión que se explica en este encuentro entre los dos hermanos. Hoy, yo solo intento trasladar esa pasión a estas líneas en las que me parece que Jesús, el hermano pequeño, actúa de precursor. Él fue el primero que empezó a correr.

«Me había quedado sin deporte y me apunté a un gimnasio. Y, de repente, un día me encontré con un dorsal para la Behobia. Y fui. Y me lo pasé bien. Y entonces Roberto Arce, que venía de Sevilla y que había sido velocista, me dijo, ‘te vas a hacer daño, alguien te tiene que poner orden’. Y decidimos que fuese él y que íbamos a compartir este viaje y a aprender juntos pues él nunca había entrenado a fondistas». Pero la magia fue que, sin saber exactamente por qué, ese hombre, Roberto Arce, también iba a acabar entrenando a su hermano mayor, a mandarle los planes por Whattssap hasta Vigo, a derribar a esa pared de 116 kilos que era lo que entonces pesaba Juanjo. Y a demostrar que con tiempo todo se puede lograr. «Y, aunque a veces correr te recuerde, ‘qué duro es tener 40 años’, hay algo mas duro que correr: no poder correr».

Así lo explica Juanjo, que batalla en carreras de 10.000 «y al pasar el primer 1.000 ya sabes si ese va a ser el día o no». Pero, precisamente, ésa es la maravilla de estar ahí. De otra forma uno ni sabría que existían y quizás nunca hubiese contado esta historia. Y a partir de aquí, qué quieren que les diga, podría contar mil cosas más de ellos, que son ingenieros industriales. Podría contar que en cualquier ciudad son capaces de levantarse a las seis de la mañana exclusivamente para correr. Podría contar que Jesús algún día completará los seis Majors, que son los seis maratones más reputados del mundo. Y hasta podría enamorarles de Vigo si le dejamos la palabra a Juanjo, que se quedó a vivir allí, en la ciudad «del café a 1 € con un detalle fundamental: te ponen un bizcocho» o en la ciudad desde la que ve el mar desde su casa. Y eso impone, claro. Pero, a mi juicio, lo que más impone de esta historia es la fotografía de dos hermanos que no solo comparten trabajo y afición. También desmienten que la distancia sea el olvido y, para mí, en un mundo con tanta prisa como éste, eso es lo mas valioso de haberles encontrado a ellos: los Fernández, hijos de funcionarios de Correos y nietos de ganaderos. El movimiento lo llevaban en la sangre.

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