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Fernando Savater: “Yo ahora no vivo, sobrevivo. La Vida en mayúsculas se acabó”

En ‘La peor parte’, editado por Ariel, el escritor pone en negro sobre blanco nueve meses de auténtico terror. Pero no solo eso; Savater consigue a lo largo de estas páginas realizar un excelso homenaje al amor de su vida.

A Fernando Savater le cambió la vida en Pontevedra. Pasaba allí unos días con la mujer de su vida, Sara Torres, para investigar y disfrutar de la tierra que vio nacer a Ramón María del Valle-Inclán. Fue el día en que los síntomas del tumor cerebral de Pelo Cohete, como él la llamaba, hicieron acto de presencia y dieron al traste con el mundo del filósofo.

Todo se derrumbó de la noche a la mañana, toda la felicidad, toda la alegría. Se inició entonces un ir y venir de médicos, de diagnósticos, tratamientos, avances, retrocesos… Un descenso a los infiernos, unos meses agónicos en los que Savater vivió de primera mano, cómo la vida arrancaba de su lado a su compañera vital.

En La peor parte, editado por Ariel, el escritor pone en negro sobre blanco estos nueve meses de auténtico terror. Pero no solo eso; Savater consigue a lo largo de estas páginas realizar un excelso homenaje al amor de su vida. Como él mismo dice, “lo que quería era que la gente se enamorase de ella. O por lo menos que la gente echase de menos el haberla conocido”.

Savater consigue que Sara Torres se convierta en alguien cercano, en alguien real, con sus bondades y defectos. En esta obra, el filósofo se muestra más sincero que nunca, y además de conocer a Sara es una ocasión para conocerle a él en su ámbito más disfrutón, y también en el más melancólico.

—Da un poco la sensación leyendo este libro, un homenaje a Sara Torres (Pelo Cohete), de que su fallecimiento ha roto con todos sus esquemas vitales. De que hay cosas que defendía antiguamente, una actitud hacia la vida, que ha desaparecido.
—Uno se fragua sus ideas y sus pretensiones hacia la vida a partir de la experiencia. Yo he procurado que las teorías que he tenido sobre la vida, la alegría y cómo vivirla hayan sido a partir de mi experiencia. Un acontecimiento como la enfermedad y la muerte de Sara para mí ha sido una experiencia enormemente dolorosa e ilustrativa. Con su muerte he aprendido muchas cosas y no es que se hayan derrumbado mis esquemas, sino que me he dado cuenta de la importancia de la alegría y de la fragilidad de este sentimiento. Muchas veces depende de acontecimientos que no están en nuestra mano y que pueden desmoronarse.

—En la portada aparece un retrato de Sara y una especie de monstruo al fondo, ¿a qué hace referencia? En un primer momento pensé que eras tú y tras leer el libro parece que hace referencia a los monstruos de la Universal que tanto os gustaban…
—No soy yo exactamente aunque también soy monstruo —dice entre risas—. Es un cuadro que pintó mi hermano y a Sara le gustaba mucho su pintura. De hecho, le había encargado cuadros y dibujos en más de una ocasión. Mientras ella vivió no se me ocurrió encargarle que la pintase a ella porque siempre piensas que tienes todo el tiempo del mundo. Cuando Sara murió estuve pensando en cómo recordarla mejor y le pedí a mi hermano que le pintase un retrato y el resultado me ha parecido espléndido. No solo por su parecido exterior, sino también porque refleja su mirada y su energía, profundamente idénticos a ella, y por eso lo he escogido para la portada.

—¿Tiene el cuadro en su casa?
—Sí, lo tengo aquí y mientras te estoy hablando lo estoy mirando.

—El libro rezuma una honestidad absoluta por tu parte, no te callas nada y dices todo lo que sientes. ¿Ha tenido un efecto terapéutico escribirlo?
—Mientras lo escribía sentía el alivio de que al menos estaba haciendo algo poético. Durante todos los años que hemos estado juntos todo lo que hacía era para darle el gusto a Sara, tenerla contenta, complacerla y alegrarla. Mientras escribía sentía que de nuevo estaba haciendo algo por ella. Una vez que acabé el libro me he quedado jubilado definitivamente.

—Quizás te ha pasado un como lo que escribió Victor Frankl en El hombre en busca de sentido, ¿con la marcha de Sara perdió Fernando Savater su sentido?
—Es que el amor es eso, da sentido a la vida. Cuando uno ama a alguien todo lo que hace y emprende está orientado a esa persona: a acompañarla, a complacerla, a disfrutar con ella. El amor convierte a esa persona en el sentido de la vida. Y cuando la pierdes te sientes como sin rumbo. Yo sigo haciendo las mismas cosas que he hecho siempre, como leer o escuchar música, pero ya no las saboreo, ya no me saben igual como cuando la tenía a ella.

—Hay una parte del libro muy bonita, que es cuando describes el concepto «soledad en compañía». Explíquemelo.
—Para mí el problema no ha sido la soledad porque cuando amas a alguien ese amor te acompaña hasta cuando estás solo. A veces lo agradezco, porque varias de las cosas que me gustan hacer como leer o escribir las hago mejor solo. Pero, por otra parte, estás siempre en compañía porque cuando tienes un amor nunca estás solo. El amor te acompaña permanentemente. No obstante, frente a algunas realidades, como enfrentarte a la muerte de alguien, sí que estás solo.

—¿Qué día con Sara le gustaría revivir?
—Cualquiera. Cuando tengo suerte, sueño muchas veces un día con Sara. Cualquier día con ella sería extraordinario. Reviviría el día más normal: tras despertarme, iría a verla a su cuarto, llevándole el desayuno, para hablar con ella en la cama. Le llevaría los periódicos y comentaríamos las noticias. Después, si estuviésemos en Mallorca, daríamos un paseo por la Sierra de la Tramontana y si estuviésemos en San Sebastián bajaríamos a la playa de la Concha. Cualquier cosa muy sencilla juntos era algo extraordinario y especial.

—En el libro da la sensación de que no tienes miedo a la muerte, pero sí has desarrollado pánico a los hospitales.
—Me encontraron un tumor en fase incipiente hace un par de años y aunque la operación fue rápida y satisfactoria yo estaba aterrado. Estar en un hospital con sus ruidos y las voces nocturnas que se escuchaban me torturaba porque me recordaba lo que había vivido en los hospitales. Y estaba más aterrado por ello que por lo que me pasaba, queriendo volver a casa cuanto antes. Esa experiencia en los hospitales con Sara fue inolvidable para mal. Lo que asusta es morir y no la muerte. Ver a Sara nueve meses muriendo y con sufrimiento me pareció atroz. No temo a la muerte como tal, sino a ese morir rodeado de cosas terribles.

—En el libro se refleja que Sara tuvo una infancia difícil, pero que no quisiste indagar mucho en el tema. ¿Son importantes los secretos en una pareja?
—Otras personas son transparentes y cuentan todo lo que les ocurre. Yo soy bastante charlatán y a ella le conté todo, pero Sara era una persona reservada en ese sentido. No le gustaba hablar de su infancia, bastante traumática. Hacía alusiones, pero nunca se explayaba, por eso en ocasiones he tenido que reconstruir partes de lo que fue su vida.

—A día de hoy, ¿se puede decir que vives por inercia?
—Lo he dicho muchas veces. Yo ahora no vivo: sobrevivo. Lo que fue mi vida con mayúsculas para mí se acabó. Ahora tengo una inercia vital, una supervivencia, basada en recuerdos y en objetos de ella. Eso es lo que me queda.

—Afirmas que no vas a publicar más libros. ¿Es firme esta decisión?
—En mi interior no tengo esperanzas de volver a escribir. Ya no soy joven y a mí lo que me gusta es leer. Nunca he tenido un mensaje que transmitir al mundo. Escribo artículos porque me gusta y me entretengo, pero no tengo ganas de escribir un libro. Lo he hecho mucho tiempo por ella y para ella, pero ahora no es una tarea que me motive.

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