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Thierry Feuteu 'Tití' posa para A LA CONTRA en el campo de rugby Las Terrazas. Emmanuel Ramiro

Rugby

Thierry Feuteu: «Gracias al rugby nunca me he sentido solo»

Cinco años después de saltar la valla de Melilla, Thierry Feuteu ha debutado con la selección española de rugby. La suya es algo más que una historia de superación, también de agradecimiento. Tití ya es un ‘León’

Hace exactamente una semana Titi cerraba el círculo. O uno de ellos. Quizá el más histórico, sin duda, el más esforzado. Su nombre entraba en las páginas de nuestro deporte, mientras sus 102 kilos y sus 186 centímetros escuchaban con emoción los acordes del himno nacional. “Se me puso la piel de gallina”, rememora Thierry Feuteu Titi (Camerún, 1995) para A LA CONTRA al repasar su debut con el XV del León. Pocos han tenido que superar más placajes que él, tanto dentro como fuera del campo, para enfundarse la camiseta nacional. Y es que el largo viaje de este camerunés, natural de Duala, hasta la élite del rugby nacional amenaza con no detenerse aquí. A su historia todavía le queda alguna valla más que saltar.

Lo primero que sorprende de Feuteu, más allá de su físico, son sus explicaciones. Habla a zancadas, al mismo ritmo con que se mueve sobre el terreno de juego, pero al igual que ahí, se le entiende todo. “Antes del partido estaba un poco asustado, era como un sueño. Cuando empezó el encuentro ya estaba más calmado, con la cabeza fría”. Como si los mensajes del Seleccionador, Santiago Santos, y de sus compañeros hubieran servido de anestésico. “El míster me dijo que tranquilo, que si estaba ahí es porque tenía nivel y que solo tenía que hacer lo que hacía con mi club, el Sanitas Alcobendas”, cuenta Tití, fascinado también por el recibimiento que tuvo en el combinado nacional: “Eso me extrañó muchísimo. Pensaba que habría mucha competencia, una gran rivalidad entre ellos y me encontré un ambiente muy sano. Desde el principio me acogieron muy bien”.

Lo que vino después fue una contundente victoria ante Alemania en Colonia (10-33) con la que España selló el subcampeonato en el VI Naciones B. Nuestro protagonista saltó al terreno de juego en el minuto 65 y nada más entrar dejó su carta de presentación. Arrancó haciendo gala de su potencia y dejó a un alemán medio grogui tras chocar con él. Una vez amarrada la victoria llegó el tercer tiempo en el que Tití asegura que, pese al torrente de emociones, la celebración no se les fue de la manos: “Fue muy especial por ser mi debut con la selección, era tras un partido internacional y encima habíamos ganado”. Por segunda vez en su historia, el XV del León quedaba subcampeón, repitiendo la hazaña de 2012.

 


Enamorarse del ‘otro’ balón


Las réplicas del seísmo mediático y deportivo que fue el Mundial de Sudáfrica de 1995 no alcanzaron Camerún. Allí los niños como Thierry querían ser futbolistas, más aún los de su generación que crecieron viendo pegar zarpazos a Samuel Eto’o. Los leones indomables lo acaparaban todo. “Yo no sabía ni lo que era el rugby, no tenía ni idea, como mucho había oído hablar del fútbol americano. Yo era de fútbol, todos queríamos ser Eto’o y ganar mucho dinero”. Precisamente el dinero fue el primer inconveniente, ya que la mayorías de escuelas de fútbol exigen una cuota a los niños y la familia de Feuteu no podía permitírselo. Su pasión por el fútbol tropezaba también con los estudios, que dejaba en un segundo plano: “Y eso a mi padre no le gustaba, así que me dijo que nada de fútbol”. Fue entonces cuando el balón oval se coló en su vida: “Un amigo me dijo que en su equipo estaban buscando jugadores y que era gratis jugar”. Lo que no sospechaba Tití era el diseño achatado del balón: “Pensaba que era un equipo de fútbol, cuando vi el balón dije ¿dónde me he metido?”. Pero ya no había marcha atrás.

De aquellos días Feuteu recuerda los golpes y los dolores en el cuerpo tras las sesiones de entrenamientos, pero era el modo de canalizar su energía y las travesuras que en muchas ocasiones le llevaron a pelearse con otros chicos en las calles de su Duala natal. “Aquello me enganchó, hasta que se enteró mi padre y me quiso matar”. Dice Tití que a su progenitor no le gustaba eso de que todos los días llegara con el pantalón o la camiseta rota, por más que sus huesos siempre salieran airosos. Asegura que nunca se ha fracturado ninguno. Así que el rugby terminó imponiéndose a los imperativos de su padre, aunque entonces fue la Federación de su país el siguiente obstáculo. “La cosa se había puesto fea, la Federación fue sancionada por deudas y las competiciones empezaron a suspenderse”. El mismo amigo que le había llevado al equipo de rugby le tendió de nuevo un cable. “Me dijo que tenía un amigo en Marruecos que jugaba al rugby y que podíamos ir allí para formar parte de su equipo”.

 


La Odisea


“En casa dije que iba a jugar un torneo de rugby a otra ciudad, pero no dije el destino. Ni de coña me hubieran dejado si les digo que me iba a Marruecos”. Tití tenía por entonces tenía 18 años. El contacto marroquí les había mandado la ruta a seguir, un viaje de más de 5.000 kilómetros en los que su amigo fue capaz de mantener el secreto: en Marruecos no había equipo de rugby, la puerta hacia un futuro mejor se escondía tras una valla, la de Melilla. “Le dije de todo, ¿cómo íbamos a entrar en Europa así como así? ¿No recuerdas lo que nos decían en el colegio? Que para llegar a Europa hay que ir en barco o en avión, le dije”. Pero su amigo le contestó que con saltar tres vallas en la frontera estarían en Europa.

Feuteu recuerda la noche previa pasada en Nador, a 15 kilómetros de Melilla, y cómo su amigo le señaló el monte Gurugú, y el resplandor que salía tras él, “esas son las luces de Europa”. Desde lo alto de ese monte verían por primera vez lo que les esperaba. Tití vuelve a resoplar al recordarlo, “porque yo pensaba que sería algo sencillo e imaginaba que lo que me esperaba era mucho mejor que jugar al rugby en Marruecos”. Dice que no tuvo miedo al intentarlo pero que fue muy duro todo lo que vio allí, tanto que tras dos intentos por saltar la valla tiró la toalla y se volvió a Nador para buscarse la vida. Una semana después volvió a intentarlo y a la tercera fue la vencida. “No estoy orgulloso de lo que hice pero no tenía muchas más opciones”.

A la felicidad inicial y a la sensación de libertad que recorría su cuerpo mientras daba sus primeros pasos en España le siguieron momentos de duda e incertidumbre. «De repente no sabía qué hacer, no conocía a nadie, no sabía dónde iba a vivir, ni con quién. No conocía nada del país». Los cuatro meses que pasó en el campamento de refugiados de Melilla los aprovechó para aprender algo de español hasta que un día zarpó en un barco hasta Málaga. De allí a Madrid en bus, concretamente a la Miraflores de la Sierra, estación final de su particular odisea. «Sabía que había ONGs que ayudaban a los inmigrantes y en Madrid entré en contacto con Movimiento por la paz, que me ayudó en mis primeros pasos». Una vez establecido había que volver a pensar en el rugby. Internet fue su aliado.

«Empecé a jugar con un equipo y uno de los días al llegar al entrenamiento veo que aparecen cuatro o cinco policías. Ahí sí tuve miedo porque yo seguía siendo un emigrante ilegal. Los reconozco, son mis compañeros de equipo y pienso, ¿dónde me he metido? Casi la mitad del equipo eran policías». Así fue como Tití se reencontró con el rugby en España, pero de aquella melé también salió sin rasguños: «Mis compañeros me ayudaron mucho, me dieron consejos, me prestaron zapatillas y material deportivo y guardo amistad con muchos de ellos hasta la actualidad». Su escalada prosiguió en el Barbarians, en el Majadahonda y desde 2015 en el Sanitas Alcobendas, donde Feuteu pasó la prueba de fuego.

 


El mensaje de su padre


Fue Tiki Inchausti, actual entrenador, quien lo recomendó al Alcobendas, pero Tití tendría que pasar antes varias pruebas para demostrar que sus cualidades eran de División de Honor. El examen fue en un partido amistoso contra el VRAC, el equipo más laureado del rugby patrio. «Es como debutar contra el Barça o el Madrid de rugby, pero afortunadamente me salió buen partido y al acabar me dijeron: ‘Tití esta es tu casa’. Eso fue inolvidable, yo todavía era un inmigrante ilegal y esta gente apostó por mi». Regularizar su situación llevaría más tiempo (tres años para ser exactos) pero mientras tanto el club le ayudó dándole una casa y manutención. «Nunca me he sentido solo aquí, todos han intentado ayudarme, como si fuera parte de su familia».

Los cantos de sirena para ser un león más le llegaron en noviembre. Desde el entorno de la Selección quisieron conocer su predisposición: «Les dije que estaría encantado en jugar con ellos. Para mí es una forma de dar las gracias a toda esa gente que me ha acogido, que me ha ayudado». Pero para derribar esa valla todavía faltaba un último trámite. Tití era seleccionable al llevar cuatro años viviendo en España y no haber jugador para la Selección de Camerún, pero necesitaba obtener la nacionalidad. Ese papel no llegó hasta el pasado 15 de marzo, dos días antes del debut. «¡Enhorabuena negro!», era el mensaje más repetido en su móvil ese día.

Cumplido el sueño, Tití intenta recuperar la calma tras la tormenta deportiva y mediática vivida estos días. Los ecos han llegado hasta su Camerún natal, donde su familia se muestra orgullosa. Feuteu les ha hecho llegar su logro vía móvil: «Le he mandado varios vídeos a mi hermana, mi padre no me ha dicho nada porque sigue siendo duro conmigo, es reservado, pero mi hermana me ha dicho que nunca le había visto tan feliz y orgulloso». Tití  lo cuenta con una sonrisa en el rostro mientras piensa en compaginar el rugby con un trabajo, ya con los papeles en regla. El techo del hispano-camerunés se desconoce y a sus 23 años el margen de mejora y aprendizaje es todavía amplio, son varios los entrenadores que le ven potencial para llegar a una liga más potente, como la francesa o la inglesa. Y esta vez cruzar esa frontera resultará mucho más sencillo.

 

 

 

 

 

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