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Final ACB, Acto I: Veinte puntos no es nada

El denostado periodismo acertó, por una vez, al importar el vocablo a España desde Argentina. Cada partido entre estos dos gigantes es intenso a la manera de Whitman: contiene multitudes.

Decía Borges en Otras inquisiciones (1952) que un clásico es «aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término». Si se repasa el historial de enfrentamientos —resulta indiferente la sección— entre el Real Madrid y el Barcelona, se llega a la conclusión de que el término y su acepción encajan como un guante para describirlos. El denostado periodismo acertó, por una vez, al importar el vocablo a España desde Argentina. Cada partido entre estos dos gigantes es intenso a la manera de Whitman: contiene multitudes. Un reguero de diminutos Clásicos que conforman un mosaico heterogéneo, repleto de historias que se entrecruzan.

Hubo sorpresa en el reparto de papeles. Si se preveía una defensa férrea y contundente hasta el límite del reglamento por parte del Barcelona, fue el Madrid quien mostró una mayor aplicación y concentración desde el comienzo, con un parcial inicial de 9-0 más simbólico que efectivo. Tavares obliga a los jugadores culés a resolver ecuaciones de tercer grado para atacar el aro madridista, y si el porcentaje desde el triple no acompaña, cada posesión ofensiva se convierte en un parto sin epidural. El FCB resistió aferrado al rebote ofensivo, su tabla salvadora, aprovechando que el gigante caboverdiano, al proteger la canasta, no puede estar a todo. Cargar la segunda opción con Tomic (2’17 m) y Claver (2’06 m) se convirtió en un ejercicio de resignación: los azulgranas hicieron de la necesidad virtud para mantenerse vivos en el encuentro, aunque quién sabe si no habrán descubierto la piedra sobre la que edificar su remontada a partir del lunes.

Fuera de la pintura, el partido lo decantaba la excepcional defensa de Rudy Fernández, colosal hasta que la tercera falta lo mandó al banquillo, y unos entonadísimos Campazzo y Llull en ataque. Los triples blancos pueden llenar de optimismo al madridismo, pero no deberían empañar las dificultades que el equipo de Laso tuvo para conseguir producir puntos cerca del aro rival. Ayón al poste resultó inofensivo, y Randolph, bastante serio y sin alardes, solo anotaba desde lejos. Todo esto con una rotación barcelonista muy corta, con Blazic sin saltar al parqué. Si Pesic se decide a utilizar todas sus piezas interiores, el Madrid habrá de reinventarse o fiarlo todo al tiro de tres, lo que siempre supone una moneda al aire.

Entre los secundarios de la trama, Taylor no se dejó amedrentar por el talentoso Heurtel, y pudo defenderlo gracias a una encomiable entrega. Además, tuvo su justo premio con alguna canasta importante cerca del final. Para entonces habían naufragado ya varios rivales como Kuric, Pangos o incluso Singleton. El Barcelona vivía del rebote ofensivo anteriormente mencionado, y de los momentos de inspiración y arrojo de su base francés y su alero húngaro, Hanga. Demasiado poco para un Madrid tan atento, en el que la labor de microondas la efectuó el siempre solvente Causeur, ante los deficientes minutos de Thompkins y Carroll. Ni siquiera un arreón final catalán trajo los malos augurios de la Copa del Rey. La primera victoria no se escapó del Palacio, con un marcador tan impactante como poco significativo.

El Aleph de los Clásicos nos ofrecerá su siguiente episodio el lunes. Cabría esperar un Barcelona con el cuchillo entre los dientes y un Madrid concienciado para el sufrimiento, pero cualquier escenario, por inesperado que resulte, supondrá una sorpresa solo relativa. Al fin y al cabo, Borges también dijo que lo que llamamos azar no es más que nuestra ignorancia ante la compleja maquinaria de la causalidad.

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