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Final ACB, acto III: Los muertos que vos matáis gozan de buena salud

El Barça tiene ahora una nueva baza, la de aquel que ha mirado a la muerte a los ojos y ha vuelto para contarlo.

Tras la canasta final de Carroll, el Barcelona parecía tener hora fijada para su sepelio deportivo. Incluso para el deporte del siglo XXI, 48 horas suponen un plazo exiguo cuando se trata de pasar página de una desgracia semejante. Y, desde el comienzo, el partido ya demostró hallarse bajo la influencia de lo acontecido en Madrid el lunes. El FCB pretendía aferrarse a sus mejores armas en esta serie —la contundente defensa y el rebote ofensivo— como un feligrés desvalido haría con sus amuletos, pero exhibía cierta incomodidad, una suerte de agarrotamiento. Por el contrario, el Madrid se revelaba relajado, casi plácido, sin importarle las evidentes dificultades para conseguir puntos desde la pintura. Los blancos asumieron que su ataque giraría en torno al tiro de tres, y la confianza les dio desde el inicio buenos números en el porcentaje. Un planteamiento reforzado por toneladas de optimismo, que a cada triple crecía. Pura profecía autocumplida.

Pesic se desgañitaba en la banda para mantener la tensión defensiva de los Oriola, Claver, Hanga, Tomic y Singleton, aumentando ligeramente la profundidad de la rotación con algunos minutos —buenos, además— de Smits. En ataque todo dependía de la inspiración de Heurtel, nuevamente sobresaliente, y Pangos, que no llegaba al aprobado. Mientras tanto, el Madrid permanecía impertérrito ante sus problemas para puntuar desde la pintura. El fracaso de Ayón, especialmente sangrante, se veía sepultado a base de triples y juego exterior por parte de unos estupendos Rudy y Facundo Campazzo, recuperado de su desquicie del otro día. Reinaba en el Palau una atmósfera rara, que combinaba una tensión enorme con la sensación de que en realidad el pescado estaba vendido y que los equipos jugaban a dos velocidades, como si el parqué fuese la Unión Europea. En uno de los arreones blancos, el marcador se fue a una diferencia de 11 puntos, y aunque el Barça reaccionó a tiempo, las caras en la grada se temían lo peor. Solo la montaña de tiros libres a favor los separaba de la catástrofe.

En el conjunto madridista crecía la figura de Thompkins, bastante desapercibido en los dos primeros capítulos del drama. El carismático americano no se privó en esta ocasión de castigar reiteradamente la canasta azulgrana, con esa mecánica de tiro que es preciosa independientemente de si el balón luego toca aro, nulla ethica sine aesthetica. Trey podría identificarse de alguna modo con el Benzema de la sección de baloncesto: unas exageradas acusaciones de indolencia no pueden tapar el regusto exquisito de sus buenos partidos.

El Barcelona entró en el último cuarto dispuesto a morir matando, dada la dinámica que se observaba. Unos puntos de Kuric apenas lograban compensar la pérdida de la omnipotencia de Heurtel —21 puntos en su actuación más discreta, hay que insistir; para el francés un nueve ya casi sabe a poco—, y a pesar de que el Madrid jugaba a ráfagas, todo parecía indicar que la moneda acabaría cayendo de su lado. Daba igual que el casillero de personales culé solo contase dos, no hacía falta: 71-77 a falta de 2:50. Mas entonces, con la espalda en la pared y la espada ante el pecho, una serie de canastas de Kuric, Heurtel y Singleton dieron la vuelta al resultado, aprovechando las indecisiones de Llull y Ayón en el otro campo. Una penetración que Sergi protestó y un resbalón inoportuno de Campazzo dejaron la última posibilidad en las manos de un desequilibrado Thompkins, quien, al encontrarse la bola en el aire, no pudo redondear su partido con un escorzo adecuado que diese a los merengues la canasta del título. El madridismo quedó boquiabierto, como ocurre cuando se escapa algo que se da por hecho. Uno no reconoce la felicidad hasta que la pierde.

Muchos barcelonistas se frotaron los ojos cuando sonó la bocina. Su equipo había navegado junto al proceloso abismo del humillante 3-0, y había conseguido sobrevivir contra todo pronóstico. Además, hay otra noticia extraordinaria para ellos. Tienen, a partir de ahora, una nueva baza, la de aquel que ha mirado a la muerte a los ojos y ha vuelto para contarlo. Quienes superan este tipo de trances presentan luego una energía superior, lo demuestran personajes legendarios como Son Goku o Pedro Sánchez. Nadie, pues, debe perderse el cuarto acto. Bien por afición al baloncesto o a las películas de zombis. El viernes, más.

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