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Aficionados del Tottenham y el Liverpool en Madrid. PA Wire/PA Images / Cordon Press

Champions

La otra final de la Champions

Se ha escrito mucho estos días sobre los estilos de juego de los dos equipos ingleses, pero no tanto sobre el carácter político y social de sus aficionados.

Una de las banderas clásicas de The Kop, el fondo sur de Anfield Road en el que se congregan los aficionados reds más pasionales, está inspirada en los antiguos carteles de la Unión Soviética. El color es rojo intenso y hasta incluye una estrella con el contorno amarillo en la esquina superior izquierda. Los protagonistas del fondo miran al horizonte de perfil, con decisión, aunque son diferentes a los de la época comunista. Los rostros que aparecen son los de Bill Shankly, Bob Paisley, Joe Fagan, Kenny Dalglish y Rafa Benítez… y no los de Marx, Engels, Lenin y Stalin.

Si el Liverpool gana la final de Champions League del Wanda Metropolitano, la bandera con aires soviéticos que engalana el fondo sur de Anfield deberá de hacerle un hueco a un sexto hombre: Jürgen Klopp. El técnico alemán está a sólo un partido de inscribir su nombre en los libros de historia del conjunto red. Se ha escrito mucho estos días sobre los estilos de juego de los dos equipos ingleses, pero no tanto sobre el carácter político y social de sus aficionados. Al igual que sucede en muchos estadios españoles, las gradas de Anfield Road y el Tottenham Hotspur Stadium son también un reflejo de la realidad y diversidad de sensibilidades que conviven día a día en Inglaterra. La inspiración de la famosa bandera de The Kop no es casual.

 

En el día previo a la final del Metropolitano, aficionados del Liverpool desplazados a la capital española renombraron la céntrica Plaza Margaret Thatcher (en Colón) por la Jeremy Corbyn Square. Un mes antes de la Elecciones Generales del Reino Unido de 2017, de nuevo en The Kop, apareció una pancarta con un mensaje en apoyo al líder laboralista: “Lo que nos une es más grande que lo que nos divide”. El resultado final de los comicios fue muy positivo para Corbyn, que se quedó a sólo dos puntos de la cabeza y logró arrebatarle la mayoría absoluta al gobierno de Theresa May. A todo esto, Corbyn es un ferviente seguidor del Arsenal y es habitual verle mezclado en las gradas del Emirates como un gunner más. La simpatía de los aficionados del Liverpool hacia el partido laboralista es proporcional a su animadversión hacia el conservador, representado históricamente en la figura de Margaret Thatcher.

La Dama de Hierro es un personaje non grato a orillas del Merseyside. Las medidas económicas de corte neoliberal que aplicó en sus años de gobierno, entre 1979 y 1990, perjudicaron especialmente a las clases populares de Liverpool. A mitad de su mandato, en 1985, la ciudad llegó a padecer unas cifras de desempleo del 20%, más del doble de la media nacional. Paradójicamente, aquella época de precariedad coincidió con una de las eras más doradas en la historia del conjunto red, que acababa de ganar su cuarta Copa de Europa en menos de diez años. La década de los ochenta en el fútbol inglés estuvo dominada de forma casi tiránica por los conjuntos del Merseyside: Liverpool (6) y Everton (2) se repartieron ocho de los diez títulos ligueros en disputa. Los triunfos de los dos equipos de Liverpool eran un bálsamo para los vecinos de una ciudad en la que la delincuencia y el consumo de drogas iban en aumento, al tiempo que los salarios y puestos de trabajo en descenso.

La hinchada del Liverpool comenzó a relacionarse con los movimientos de izquierdas a raíz de Bill Shankly, probablemente la figura más importante en la historia del club. Nacido en Glenbuck en 1913, Shankly asumió las riendas del conjunto red en 1959. Su estancia en el banquillo de Anfield se prologó hasta 1974. Fueron quince años en los que el equipo pasó de la segunda división a dominar el fútbol inglés. Sin embargo, los aficionados más veteranos del Liverpool no recuerdan al escocés por los seis títulos que ganó, sino porque simplemente “hizo feliz a la gente”, como puede leerse en la estatua en su homenaje que preside la entrada a Anfield. Más que un entrenador era el aficionado red número uno. Shankly, que combatió en la Segunda Guerra Mundial, era también un hombre de izquierdas. En un mitin electoral de 2017, Corbyn recuperó para la causa una de sus frases: “El socialismo en el cuál creo, es todo el mundo trabajando para un mismo objetivo y todo el mundo teniendo parte de la recompensa. Así entiendo el futbol y así entiendo la vida”.

La ideología de Anfield más que laboralista es anticonservadora. La razón detrás del cambio de nombre a la plaza Margaret Thatcher de Madrid de los aficionados del Liverpool es una cuestión que roza lo visceral. El 15 de abril de 1989, 96 hinchas reds fallecieron aplastados contra las vallas del estadio de Hillsborough a causa de una avalancha. Sólo cuatro años antes la afición del Liverpool se vio involucrada en otra tragedia. En esa ocasión la de Heysel. El 29 de mayo de 1985 39 personas fallecieron víctimas de otra avalancha en la previa de la final de la Copa de Europa que disputaron el conjunto del Merseyside y la Juventus. Los tabloides sensacionalistas y los políticos conservadores no dudaron en responsabilizar a la hinchada red de los 96 muertos de Hillsborough. Especialmente duro fue The Sun, quien les acusó de robar a las victimas, orinar sobre los policías o golpear a los agentes de seguridad mientras realizaban labores de salvamento.

Liverpool nunca perdonó aquella portada incriminatoria que titulaba en letras mayúsculas ‘La verdad’. La campaña de acusación de los medios de comunicación y el gobierno de Thatcher provocó que la ciudad del Merseyside, especialmente empobrecida por la gestión conservadora, fuese odiada por todo el país. Al mismo tiempo, ese odio generó entre los aficionados del club un fuerte sentimiento de pertenencia a Liverpool y de rechazo al resto. En otra de las pancartas habituales en The Kop se lee que “No somos ingleses. Somos scouse (apodo por el que se denomina a los vecinos de la ciudad)”. Sólo un año después de la tragedia de Hillsborough, una investigación concluyó que la razón de la avalancha fue el exceso de aforo y el mal estado del estadio. Los cuerpos de seguridad allí presentes no acudieron al rescate porque en un primer momento pensaron que se trataba de una invasión de campo.

La ciudad nunca perdonó. No importaron las disculpas. Han pasado treinta años y el The Sun sigue sin venderse a orillas del Merseyside. Tanto Liverpool como Everton tienen vetado al tabloide. Unos días después del fallecimiento de Margaret Thatcher en 2013, unos aficionados reds desplegaron una pancarta en la que se leía: “No te preocupaste cuando mentisteis. No nos importa que hayas muerto”. El rechazo de los vecinos de Liverpool al conservadurismo se puso de manifiesto en las pasadas Elecciones Generales de 2017, cuando la opción laboralista obtuvo una cifra superior al 80% de los votos.

Un mito del club en la déada de los noventa como Robbie Fowler, scouse de nacimiento, celebró un tanto en 1997 mostrando una camiseta interior con la palabra DoCKers (estibadores) en homenaje a los astilleros del puerto que estaban en huelga. El Liverpool es un club ligado a las clases populares también en la acutalidad. Sin ir más lejos, el mismo Jürgen Klopp se definió “de izquierdas, por supuesto. Más de izquierdas que de centro. Creo en el estado del bienestar. No tengo seguro privado y nunca votaré a quien prometa bajarle los impuestos a los más ricos. Si hay algo que nunca haré en mi vida es votar a la derecha”. La identificación del técnico alemán con las gradas de Anfield va más allá de los terrenos de juego.[/caption]

La última piedra en las aspiraciones europeas del Liverpool es un equipo que tampoco está libre de las idiosincrasias políticas y sociales de Inglaterra. Al Tottenham se les considera el equipo de los judios. El origen de esta etiqueta se encuentra en los obreros judíos que aterrizaron en la capital inglesa a finales del siglo XIX y principios del XX. Son muchas las razones por las que la asociación entre el judaísmo y el equipo del norte de Londres cobra sentido. El recién construido Tottenham Hotspur Stadium, probablemente el estadio más espectacular de las Islas Británicas, salta a la vista entre las casas bajas tradicionales del barrio londinense. Es una estructura megalómana que no encaja con el paisaje del humilde barrio de Tottenham, uno de los más multiculturales, precarios e inseguros de la ciudad. La moderna casa de los spurs se ubica contigua a Stamford Hill, el enclave con mayor densidad de población judía de todo Londres.

 

Los aficionados del Tottenham sufren cánticos antisemitas que reciben cada vez que se desplazan junto a su equipo. Especialmente en los derbis de la ciudad ante rivales como Chelsea o West Ham. Lejos de avergonzarse, la hinchada norlondinense se siente orgullosa de sus orígenes. De hecho, la sección ultra del club se conoce como la Yid Army, que vendría a interpretarse como el ejercito judío. La bandera que lucen en los partidos incrusta la estrella de David en el característico gallo sin cresta que aparece en el escudo del equipo. El actual presidente del Tottenham, Daniel Levy, también profesa la religión judía. Aunque en el pasado mercado veraniego invirtiera cero céntimos en fichajes, el capital de Levy ha sido fundamental para situar al club en lo más alto. La década de los ochenta, coincidiendo con el pico más alto de la violencia hooligan, fue la época más difícil para los aficionados spurs. Un ejemplo de lo duro que fue este tiempo fueron las pintadas que sufrió en más de una ocasión el cementerio judío de Tottenham Park.

Acostumbrados a convivir con consignas políticas y sociales en sus respectivos estadios, la otra final de Champions será la que enfrente en las gradas del Wanda Metropolitano a los judíos del Tottenham contra los anticonservadores del Liverpool.


Londres y Liverpool: dos ciudades diferentes, pero una pasión común


Richard Moon es profesor en el British Council Segovia y editor de la web Premier Skill English, un proyecto del British Council en colaboración con la Premier League para ayudar a aprender inglés. Moon describe a Londres y Liverpool como “muy diferentes, pero dos ciudades cosmopolitas que miran al futuro. Londres es mucho más grande y, no sólo es la capital del Reino Unido, sino una de las ciudades más grandes del mundo. En cambio, Liverpool se está convirtiendo en un destino turístico muy atractivo. Es la ciudad de origen de los Beatles y cuenta con galerías de arte y museos maravillosos como el Tate Liverpool, con una extensa colección de arte moderno”.

En lo que respecta a cómo se vivirá la final en la capital inglesa, Moon recalca: «Hay doce equipos de fútbol profesional en Londres y muchas de las celebraciones se harán en torno a Tottenham, en el norte de la ciudad, en su maravilloso estadio nuevo (tecnológicamente avanzado), que costó unos 1.000 millones de libras. El partido se retransmitirá por pantallas y se espera que lo vean en directo unos 62.000 aficionados dentro del estadio”.

La final inglesa se disputa en la capital española. Tanto España como Inglaterra son dos países que sienten pasión por el fútbol. Sin embargo, Moon también destaca que una “de las diferencias respecto a España es que, de media, 750.000 aficionados acuden al campo a ver los partidos los fines de semana. Por ello, hay estimaciones que cifran en 150.000 el número de seguidores ingleses en Madrid este fin de semana. Tradicionalmente, los seguidores ingleses asisten a ver a su equipo, tanto si juega en casa como fuera. Es muy normal que un 10% de los asistentes a los partidos sean del equipo contrario. En cambio, en España no es habitual, aunque probablemente tiene que ver con el trasporte y las distancias. Históricamente es más fácil llegar desde Liverpool a Manchester o incluso Londres que ir desde Sevilla a Barcelona o desde Valencia a Vigo”.

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