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Mundial Rusia 2018

Campeones sin emocionar

Al fútbol juegan dos equipos… y el viento. Existe una fuerza que no tiene nada que ver con los futbolistas, ni siquiera con el balón, y que algunos llaman suerte, buena o mala, y a la que otros dan nombres más complejos, como experiencia o inercia histórica. Ese viento, y no Francia, doblegó a Croacia en la final de la Copa del Mundo (4-2). El equipo más débil hizo más por ganar y salió derrotado, y la única explicación sensata es la meteorológica: algunas tardes hay brisa y otras, huracán, a favor o en contra.

Prueba de la inacción francesa es que, durante la primera mitad, un gol le vino regalado por Mandzukic y otro por una mano involuntaria de Perisic que el VAR dictaminó penalti. Decimos que hay árbitros que han jugado poco al fútbol, y se les nota, y es hora de comentar que las máquinas han jugado todavía menos. La imagen ralentizada al máximo demuestra que la pelota tocó en una mano croata, pero no se detiene en lo accidental del remate y del gesto. Para un reproductor de vídeo son literaturas. Quiero pensar que el tamaño de Francia tuvo poco que ver en la decisión de Néstor Pitana, un colegiado de ademanes teatrales que de joven no quiso ser Maradona, quiso ser Darín.

Croacia, como cuento, salió a por el partido y descubrió a un finalista de una racanería asombrosa. Los franceses no tenían más ambición que defenderse con uñas y dientes, y salir al contragolpe; un sistema sin más imaginación que la de Griezmann. De tal manera que los afectos iniciales, siempre dedicados al equipo más pequeño, se multiplicaron en este caso. No solo jugaba una nación de cuatro millones de habitantes contra otra de 67; se enfrentaban además dos estilos que identificamos como el bien y el mal, quien propone y quien niega. Fue Di Stéfano quien dijo que es más difícil hacer una silla que romperla.

Así que el doble puñetazo lo sentimos en nuestro mentón. Si el gol de Mandzukic en propia puerta pareció un simple infortunio, el penalti se entendió como un mal presagio. Tal vez no era la tarde. Ni la noche. Sin embargo, si algo distingue a la gente de Croacia y alrededores es lo que podríamos denominar como el gen combativo, virtud envidiable si la restringimos al deporte.  Los croatas, independientes desde 1992, han tenido tiempo de ser subcampeones olímpicos de baloncesto, campeones olímpicos y mundiales de waterpolo, de la Copa Davis y de un sinfín de campeonatos internacionales que no vienen al caso. Quizá por eso hicieron todo lo contrario a afligirse. Respondieron a cada golpe con un entusiasmo conmovedor, atacando sin prudencias y sin tristezas. Hasta que no pudieron más.

El problema es que el mundo (y el Mundial) giraba en la dirección que deseaba Francia. Sin merecerlo, el partido se había adaptado a su plan. Para ellos, el campo de fútbol se había transformado en un canódromo: solo debían defenderse con orden y lanzar balones a las carreras de Mbappé. Hacer sangre era cuestión de tiempo.

Los acontecimientos extraños se sucedieron a partir del minuto 51. En ese instante saltaron cuatro espontáneos al campo, disfrazados de policías y en presencia de Putin. Hay mentes indescifrables. Al poco llegó el tercer gol de Francia. Pogba se aprovechó de la falta de tensión de los croatas en defensa y la jugada nos descubrió que el pez pequeño estaba empezando a boquear, falto de oxígeno.

Muy poco después supimos que Subasic era la primera bombilla fundida. Nos quedó la impresión de que pudo hacer más en el gol de Pogba y es obvio que lo pudo hacer en el de Mbappé. Croacia perdía 4-1 sin hacer nada mal y Francia goleaba sin hacer nada excesivamente bien.

Que el Mundial de Rusia ha sido una cosa extraña lo confirmó el fallo de Lloris que permitió el gol de Mandzukic, el de la esperanza agónica. Modric prosiguió con el recital, reclamando justicia al balón. Croacia se entregó a su misión imposible y el reloj fue más enemigo que Francia. Así es el fútbol y así es la vida. La Copa es para los franceses y para los croatas queda una gloria memorable, pero tan invisible como el viento. 

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

1 Comment

1 Comment

  1. Paola

    15/07/2018 at 18:06

    De acuerdo totalmente. Injustisima la victoria de Francia, al que le han regalado los dos primeros goles y se ha dedicado a defender. Que pena Croacia que no se haya visto recompensado su trabajo brutal. No estamos contentos

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