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Mundial Rusia 2018

Mi hermano menor también suspendió francés

Varane y Griezmann llevan a Francia a las semifinales tras vencer a una Uruguay que echó de menos a Cavani.

Empezaba el partido marcado por la presencia de un argentino como árbitro del mismo y con las suspicacias por un posible trato de favor por los lazos fraternales entre los vecinos del Río de La Plata. Es sabido que Argentina y Uruguay son como esos dos hermanos que se quieren con la misma vehemencia con la que se pelean.

Es evidente que son de la misma familia: tienen los mismos antepasados, las mismas costumbres y hasta el mismo acento. Pero Argentina sería el hermano mayor, el adolescente irreverente, talentoso, pero más vago de la cuenta, que mira con cariño y condescendencia a su aplicado hermano menor, Uruguay, más joven, pero también más educado y que suple su menor talento con altas dosis de esfuerzo y trabajo. Cuando hay un examen importante cerca, uno deja todo para última hora y confía en que la fortuna o su genialidad harán todo el trabajo. El otro, es un estudiante aplicado al que nunca se le puede regañar porque uno sabe que se esfuerza al 100%. Dos formas de estudiar que han dado los mismos resultados: dos matrículas de honor para cada uno.

Quiso el destino que ambos hermanos tuvieran que pasar por el mismo examen en este Mundial: el duro test de la Alliance Française. Ninguno lo pasó, pero ambos demostraron su metodología: el estudiante argentino trasnochó, repasó a última hora, intentó copiar y buscó la inspiración tardía. Y a pesar de todo, y sin que uno acierte a saber cómo lo hizo, estuvo a punto de aprobar. El uruguayo, en cambio, llegó con los deberes hechos, con su uniforme limpio y prolijo, con la lección repasada. Pero olvidó su amuleto de la suerte, de la cábala como dicen en ambos lados del río. Y no hay cábala sin Cavani. En seguida pisó el charco al salir de casa, donde se le cayó la hoja para repasar la conjugación de los verbos clave: “agarrar, saltar, cuerpear, putear”, esos que tan bien se sabía siempre. Donde menos se esperaba, el chico uruguayo emborronó la primera hoja. Tampoco contaba con el resfriado de su compañero de pupitre de toda la vida, Fernando Muslera que le estornudó encima. El virus enseguida hizo efecto y empezó a sentirse débil y tembloroso. El profesor de francés, impasible, se puso aún más serio: ninguna clemencia con su hermano mayor y ninguna con él.

Ambos hermanos se quedan con una sensación contradictoria. Al argentino le hacía ilusión ver al pequeño triunfar. Al fin y al cabo son de la misma familia. Pero si el pequeño aprobaba el mismo examen que él había suspendido, los reproches en casa iban a ser mayores. Así que casi mejor así.

Y el uruguayo, a quien suele molestar la arrogancia y condescendencia del mayor, se queda con las ganas de demostrarle que, una vez más, puede ser tan bueno como él. Al menos tiene el buen sabor de boca de que nadie le reprochará que podía haber hecho algo más, como a su hermano. Y que al menos pasó un examen más que él. Y que, aunque el otro siempre será más grande en tamaño, a matrículas de honor le puede seguir mirando de igual a igual.

 

 

 

Una vida de extremo a extremo: de los secarrales de Castilla a la húmeda yunga tucumana. De Perico Alonso a Messi. De la ingeniería al cine. De la A de Argentina a la Z de Zambia.

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