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Paolo Guerrero, el ídolo futbolístico de todos los peruanos. / Foto: DPA/Picture-Alliance/Cordon Press

Fútbol

El fútbol siempre ha sido lo de menos

El presidente de la Federación Peruana de Fútbol está envuelto en casos de corrupción que han explotado en el Perú debido a intercepciones telefónicas judiciales e investigaciones periodísticas

La felicidad es tan efímera como el grito de un gol. Suele sucederles a los pequeños equipos que, tras anotar el primero, su lucha no es solo contra su rival, sino también frente a la inminencia del desastre, esa espera a veces infinita que define los rasgos de un equipo y, por qué no, los de una nación. La clasificación de la selección peruana a Rusia y su papel más bien digno en el Mundial dieron una luz de esperanza a un deporte sagrado para los peruanos y tan maltratado históricamente por sus dirigentes. Pero la desgracia esperaba a la vuelta de la esquina.

Esos mismos dirigentes son, una vez más, el problema. Porque resulta que los desperfectos en el campo de juego y las limitaciones deportivas de nuestros muchachos no son el asunto principal. En realidad, nunca lo fueron. Hay algo mucho más profundo, mucho más grave, una enfermedad que ha hecho metástasis: la perenne informalidad y corrupción del Estado peruano.


La miseria humana en el escaparate


En las últimas semanas, la sociedad peruana se ha visto enfrentada a un terremoto político. El portal periodístico IDL-Reporteros denunció, tras una larga investigación en conjunto con la Fiscalía -que buscaba seguir la ruta del narcotráfico en el país- que magistrados, jueces y fiscales hacían toda clase de arreglos bajo la mesa entre ellos y también, como no podía ser de otra manera, con políticos y empresarios para saciar su angurria de poder y dinero.

Algunos de los audios publicados por IDL son escalofriantemente cínicos y concluyentes, sobre todo cuando se oye a un juez pedir “10 verdecitos” para apoyar a un colega en una elección (diez mil dólares) y otro negocia la posibilidad –finalmente concretada- de liberar al violador de una niña de once años. Muchos otros audios han sido publicados y muchos más verán la luz en los próximos días, lo que ha forzado que se plantee una reforma constitucional para desparasitar el Consejo Nacional de la Magistratura, el Poder Judicial y algunos brazos armados de la Fiscalía; es decir, todo el sistema judicial.

En medio de este huracán que ha puesto en el escaparate lo más bajo de la miseria humana, también ha salido mal parado Edwin Oviedo. En uno de los audios, se oye a César Hinostroza Pariachi, ex presidente de la Segunda Sala Transitoria de la Corte Suprema, mencionar a “Edwincito” y la posibilidad de que este lo ayude a ir a Rusia a ver a Perú.

Hinostroza (que participó de la liberación de un violador de menores), por supuesto, estuvo en Rusia. La Federación Peruana de Fútbol (FPF) ha negado que Oviedo haya invitado al ex juez de la Corte Suprema, aunque aun no ha entregado la lista oficial de invitados al Mundial.

El meollo del asunto es el siguiente: en abril de este año, Juan Carrasco Millones, el fiscal de Chiclayo, ciudad en la que creó su imperio azucarero Oviedo, solicitó prisión preventiva para el presidente de la FPF bajo la presunción de que habría liderado una organización criminal en la azucarera Tumán y sería el presunto autor mediato de dos homicidios, según el respetado periodista de investigación Umberto Jara. ¿Qué sala firmó una sentencia a su favor para liberarlo de tal acusación? La de César Hinostroza.

Tras seguir con la investigación, el fiscal Carrasco volvió a solicitar prisión preventiva para Oviedo, pedido que fue acogido por la justicia de Chiclayo, que citó al presidente de la FPF para mayo. Ahí aparece el caso Paolo Guerrero como un salvavidas para el dirigente: Oviedo utilizó al delantero peruano para salir del país y mostrarse ante los peruanos como un héroe, con lo que postergó su citación. Ambos fueron a Suiza a entrevistarse con el mismísimo Gianni Infantino, y Oviedo se paseó por estudios televisivos exponiendo el éxito del caso Paolo, que, como sabemos, terminó con el jugador cumpliendo su sueño de disputar un mundial.

Mientras las investigaciones continúan, el silencio de Edwin Oviedo es revelador, y todo parece indicar que la ilusión que generó la participación de la selección peruana en un Mundial después de 36 años se ha desmoronado por completo. Hemos comentado ya en este espacio que el éxito de la selección nada tenía que ver con un progreso estructural del fútbol en el Perú y que se trataba, más bien, de un caso aislado, de una excepción a la regla.

El Perú está hundido en la corrupción y en la informalidad. El crimen organizado parece estar a cargo de Fuerza Popular, el partido político más fuerte del país, que ha heredado todo de Alberto Fujimori, ex dictador y responsable de la muerte de miles de peruanos inocentes durante una década. El narcotráfico está cada vez más metido en las instituciones del Estado. Y el sistema de justicia, como hemos visto, está podrido desde sus entrañas.

¿Por qué, entonces, deberíamos esperar que el fútbol sí goce de buena salud? Si, al fin y al cabo, los gusanos que liberan violadores de niñas son los “hermanitos” del hombre más importante de la Federación Peruana de Fútbol, acusado de asesinato, no tendríamos por qué ilusionarnos.

En medio de esta crisis moral que sufre la sociedad peruana, los hinchas se aferraban a la efímera (aunque muy genuina) alegría que genera el triunfo deportivo. Eso no está mal, porque, en buena medida, para eso sirve el deporte. Lo cierto es que deporte y política no pueden estar separados (nunca lo han estado), ni el fútbol puede aislarse del caos que lo rodea. En este contexto, parece imposible que Ricardo Gareca acepte trabajar cuatro años en una federación cuyo presidente -esperemos- probablemente pasará buena parte de su vejez en la cárcel.

Pero eso es, y siempre ha sido, lo de menos.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

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