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Fútbol

El futuro incierto de Perú

Esta noche se llevará a cabo el sorteo para la Copa América Brasil 2019. La selección de Gareca buscará recuperar la viada que la llevó a Rusia, aunque parezca muy improbable.

Como el mal vino, el Mundial de Rusia ha dejado al Perú hundido en una profunda resaca. Ha pasado ya medio año, pero parece que hubiera sido ayer: el penal fallado, las derrotas, el himno nacional, los estadios en los que fuimos locales, el triunfo insípido frente a los australianos, el regreso a casa. La ilusión se transformó en desazón. Y la desazón, arma mortal, en entumecimiento. Así está el fútbol peruano: entumecido. Lo mismo puede decirse de su prensa, sus directivos, sus clubes. Pero sobre todo de la selección mayor, y de todo lo que la rodea. El Mundial de Rusia ha desnudado al Perú y lo ha dejado librado a su suerte, en pelotas, rodeado de otros países que observan, aliviados, su rubor.

El Mundial de Rusia nos engañó. Creímos, los peruanos, que Rusia sería la vitrina que permitiría que el mundo viera, probablemente por primera vez, el país talentoso y pujante que somos. Creímos que nuestros jóvenes talentos -que, contra todo pronóstico, habían logrado la clasificación- serían por fin valorados en el plano internacional. Que Christian Cueva se iría a España, André Carrillo regresaría a Inglaterra, Edison Flores aterrizaría en París y Renato Tapia, en Italia. Creímos que, a pesar de haber sido eliminados apenas después del segundo partido, Rusia sería nuestro taburete. Por no decir trampolín, que ya sonaba demasiado exagerado.

Por supuesto que nada de eso sucedió. Cueva hoy lucha por rescindir su contrato en el Krasnodar ruso para volver a Sudamérica, donde dicen que lo pretende el Independiente de Avellaneda. Carrillo fichó por el Al-Hilal de Arabia Saudita. Edison Flores se fue al Morelia y Tapia ha tenido que irse cedido del Feyenoord al Willem II en busca de regularidad. Nadie, en su sano juicio, se atrevería a decir que se trata de transferencias fracasadas o de jugadores que tiraron ya su futuro a la basura. Son, por suerte, futbolistas jóvenes que tienen cierta proyección, aunque sospecho que el deseo nos llevó a engañarnos un poco. Vimos lo que quisimos ver y no lo que estaba ahí, en frente de nosotros.

Lo que estaba en frente de nosotros era, básicamente, lo mismo de siempre: una federación liderada por corruptos –el presidente se encuentra en prisión preventiva por pertenecer “presuntamente” a una organización criminal-; una liga profesional caótica, en la que los clubes no pagan sus deudas ni, muchos de ellos, a sus jugadores; un universo de futbolistas de élite muy limitado –o casi inexistente-; un panorama muy incierto las divisiones formativas a nivel nacional; una infraestructura deportiva paupérrima; y un centralismo alarmante en lo referido al deporte.

Lo que vimos, más bien, fue lo más fácil de ver: un grupo de jugadores muy esforzados que, bajo la dirección de un entrenador sensato y pragmático, lograron un muy improbable resultado deportivo. Se entiende por qué dejamos que la alegría reemplazara a la preocupación: porque nos lo merecíamos. Pero eso ya pasó y ahora toca volver a mirar lo que importa. Lo estructural.

Más allá de una serie de malos resultados en los amistosos posteriores al mundial –algo, por lo demás, predecible y comprensible-, lo que no pinta demasiado bien es el futuro de esta selección mayor, sin hablar ya del fútbol peruano en general. Esta tarde sabremos a qué rivales enfrentaremos en la Copa América de Brasil, que se jugará este año. Por más que algunos colegas, como el buen Gustavo Cherquis, de DirecTV, se inclinan a creer que el Perú parte con cierta ventaja porque sostendrá un proyecto y un proceso con Ricardo Gareca a la cabeza, me permito disentir.

Es cierto que la permanencia del seleccionador argentino era indispensable para que este grupo de jugadores mantuviera la regularidad que mostró en los últimos dos años, pero también es cierto que esos mismos jugadores parecen no tener un techo demasiado alto. La ofensiva sigue dependiendo demasiado de un Paolo Guerrero que, a sus 35 años y con una suspensión de la FIFA hasta abril, ya debería poder pasar la posta. Pero en el horizonte no hay un heredero, ni nadie que tenga la pinta de serlo. Nuestro prometedor mediocampo ahora lucha por que sus protagonistas no se pierdan en ligas de segunda categoría, y tampoco asoman muchos jóvenes prometedores. De hecho, la sub 20 peruana disputa en estos momentos un Sudamericano en Chile y está claro que no hay demasiado con que ilusionarse, aunque le gane hoy a Ecuador y pelee en el hexagonal final.

La cosa, como ha quedado claro, no pinta muy bien. Dicho todo lo anterior, si algo han demostrado los muchachos de Gareca es que ya no cuesta tanto ganar ni, por lo mismo, ilusionarse. La Copa América llega en un buen momento: antes de las eliminatorias; y se trata de una competencia muy amigable en el sentido de que un fracaso no suele ser letal, mientras que un éxito –semifinales, digamos- funciona como un inmenso empujón anímico y deportivo. En Brasil, veremos si la selección mayor puede seguir fungiendo de velo para ocultar los problemas estructurales del fútbol peruano. Y si Cueva, Carrillo, Tapia y demás han sabido aprovechar sus respectivas migraciones y dan un salto de calidad que necesitamos para seguir ilusionándonos. Aunque todo, por supuesto, sea un mero placebo.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

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