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Robin Olsen no pudo detener el tiro de gracia de Toni Kroos. CORDON PRESS

Mundial Rusia 2018

Ganan, luego cabalgan

Alemania ha entrado en una nueva dimensión, ganar más allá de la muerte. Lo que la convierte a partir de ahora en un peligro andante.

Quedará en los diccionarios como sinónimo de campeón. Porque pocos han ganado más que ellos, pocos de formas tan variadas y diferentes. Queda por ver si también en los libros de historia. Dependerá del alcance que tenga este punto de giro. Un golpe de guión magistral, de esos que solía dar Hitchcock en sus obras, cargados de suspense, guiando al espectador hacia un final lógico y teledirigido, como si el destino te empujara al abismo. Justo ahí, en ocasiones, aparecía el antihéroe convertido entonces en protagonista principal. Reclamaba los focos y solucionaba los problemas. Una sensación de alivio invadía entonces al espectador. Si usted es sueco, cambie el alivio por decepción. Es lo que tiene que Toni Kroos no haya nacido en Estocolmo.

Porque el genial mediocentro alemán, galán de cualquier película de cine clásico, gomina y peinado con raya, se guardó su mejor golpe para el epílogo, donde algunos resumen sus vidas y Alemania estaba a punto de firmar su epitafio. En esos momentos el líder de campo de la Tetracampeona del Mundo llevaba encima el peso de la culpa, la condena del error, la pena máxima que duele por dentro. Por fuera era todo frialdad y confianza. Hay que haberse quedado muchas noches con la más guapa del baile, hay que haber aprobado muchos exámenes sin estudiar demasiado y hay que haber ensayado mucho ese golpeo para clavarlo en la escuadra en el minuto 95. Si necesitan más épica añadamos que a las 22.54 de la noche en Sochi lo has intentado por todas las vías posibles, pero ese empate ante Suecia deja a la actual campeona del Mundo fuera. Tienes un último golpe de gracia. Es todo o nada.

La parábola de ese golpeo es una bala de esperanza, un grito liberador que de repente te da una segunda oportunidad. Toda persona que haya superado una catarsis personal valora más su vida. Alemania ya sabe lo que eso. La Mannschaft ha entrado en una nueva dimensión, ganar más allá de la muerte. Lo que la convierte a partir de ahora en un peligro andante. Un ogro alimentado por Suecia, que lo hizo todo bien hasta esa falta. Cualquiera que haya dado una patada a un bote sabe que en ese minuto, que en ese descuento, que con Alemania enfrente no se puede jugar esa pelota. Hay que colarla en el tejado de enfrente, hay que salir corriendo y decir que te llama tu madre para cenar o tu mujer para montar un mueble, de Ikea por ejemplo.

Porque los avisos habían sido de todos los colores. La Luftwaffe, los panzers y los portaaviones alemanes habían saltado al césped para acabar por las bravas con el envite. Nada de guerra de guerrillas. El acoso, bombardeo y derribo duró, no obstante, 15 minutos. Para entonces Alemania había dado 122 pases, por seis de los suecos, pero pronto descubrimos con asombro que Werner, Draxler, Reus y compañía llevaban pistolas de agua. Bastaron un par de contras suecas para sembrar el pánico en la defensa alemana. No sabían cómo combatir la llave Allen. Con eso parecían atacar Fosberg y Claesson a la espalda de los laterales teutones, porque cuando llegaban al área necesitaban, como todos, pararse a leer el libro de instrucciones.

Quizá por eso les echó una mano Kroos, involuntaria e impropia de su clase. Pero ya saben, hay que poner pimienta en el relato. Todo se desencadenó con un pase de dos metros, de esos que Kroos no falla ni cuando juega con sus pequeños. De ahí a la vaselina de Toivonen median unos segundos y una atasco en la garganta de Alemania. El 0-1 se mantuvo hasta el descanso para algarabía de la Escandinavia amarilla. Y pudo ser peor de no ser por Neuer y una nueva estirada que alejó el balón y los fantasmas a córner. La maldición del campeón, esa que dice que desde el año 2002 el anterior triunfador no pasa de la primera fase en el Mundial empezaba a merodear las cabezas de Low y compañía.

La tensión la alivió Reus a los tres minutos de la reanudación. En Alemanía florecían brotes verdes y aquello parecía el Oktoberfest, volvía a correr la cerveza y los codillos llegaban en oleadas. Comenzó a aparecer Werner por la izquierda, como una punzada constante para la defensa sueca, como una tormenta malaya. Por el otro flanco le replicaba Kimmich llevando el balón para que decidieran sus mejores hombres. Kroos dirigía la orquesta, bien secundado por Gundogan. Alemania era cada vez más Alemania con Mario Gómez rematando muebles. Las paradas de Olsen y su idilio con los palos llevó el encuentro al desenlace final, cuando todo viraba hacia el drama teutón. Suecia sonreía con la inocencia de quien se siente afortunada. Hasta las decisiones arbitrales parecían teñidas de amarillo. Con dos en concreto se fue a la calle Boateng.

Corría el minuto 82 y la épica resonaba entonces en los altavoces del estadio de Sochi. Low hizo un all-in con su última carta. Fuera Héctor, dentro Brandt. No fue él sino Werner, una vez más quien provocó la dichosa falta. Ese electroshock que reavivó a la tetracampeona del Mundo para devolverle al Mundial. Lo hizo Toni, que es un 10 embutido en un cuerpo enjuto de 8, para volver a ponerse el traje de héroe que tan bien le sienta. Por mucho que el marcador dijera lo contrario durante casi dos partidos, no se les ha olvidado ganar, luego cabalgan. Avisados quedan. Alemania ha vuelto, si es que alguna vez se fue.

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