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Fútbol

Garitano, la gente que sabe marcharse

El valor de saber marcharte, de que no se quemen contigo ni de que tú te quemes con ellos, como acaba de hacer Garitano en el Leganés, no tiene precio.

No tiene precio. El precio de saber marcharte, de que no se quemen contigo ni de que tú te quemes con ellos como acaba de hacer Asier Garitano (1969) en el Leganés. Adiós a cinco años. Adiós a una etapa humilde pero maravillosa como explicaba tantas tardes la figura del entrenador en el banco. Allí, nunca le vimos trajeado porque esa forma de vestir no refleja al Sur de Madrid. Un territorio industrial, lleno de fábricas y polígonos, que jamás se sintió en una de éstas y que hoy entiende a ese hombre, Asier Garitano, como a uno de los suyos. Uno de sus patrimonios, un tipo con la vanidad justa que hoy, simplemente, necesita emprender una nueva vida. No vale la pena engañarse. Es lo que nos ha enseñado este mundo que nos insta a salir de la zona de confort. Si te atreves a hacerlo, la conciencia te lo agradecerá y puedes ser, incluso, más feliz.

El mejor homenaje para Garitano tal vez hayan sido todos esos periodistas que han tratado con él y a los que les costó controlar las lágrimas en la rueda de prensa de despedida. El mejor homenaje, en realidad, no es tu biografía, sino que la gente te quiera y que algún día te pedirá que vuelvas. No es fácil en el fútbol o en la vida de hoy en la que, a menudo, las personas son utilizadas como si fueran cosas. Las buenas noticias cada vez ocupan menos espacio en los periódicos. De ahí el valor de despedidas cómo ésta que nos hacen mejores personas. Al final, pasa como en las grandes películas. Si no existen se las echa de menos. Y no dependen del número de personas que las vean, sino de lo que le dejan a uno y de su capacidad para no olvidarlas nunca más.

No se sabe si Asier Garitano es un entrenador para un equipo mayor o para una de esas ciudades en las que el fútbol se vive al filo de la navaja. Pero ya habrá tiempo para comprobarlo. La vida es un interesante juego de riesgos. La oportunidad que tienes hoy de mejorar tal vez no la tengas mañana. Pero eso es una de las cosas que implican las despedidas que decide uno mismo y que siempre serán las más difíciles. No es lo que se va, sino lo que queda. El entrenador que prácticamente no era nadie cuando llegó al Leganés, el mismo que en estos cinco años nunca discutió de dinero con la presidenta o el mismo que, alejado de tentaciones que podía permitirse, fijó su vivienda en el centro del Leganés y que bajaba cada mañana a desayunar a la misma cafetería. Todo eso son valores de los que hoy da gusto escribir: el hecho de que seas un entrenador reputado no implica que te alejes de la clase media ni dejes de corregir a todos esos futbolistas que desde el primer día te llamaban ‘mister’. “No, Asier, llámame Asier”.

Así que por todas estas cosas me he atrevido a escribir de él en su despedida. Por esto y por aquella conversación para la revista Panenka que tuve con él una soleada mañana de verano, antes de empezar esta temporada, en la que el silencio impuso su status en la grada de Butarque. A solas los tres, el fotógrafo, Garitano y yo, el entrenador se sabía hasta el precio de las entradas, había sacado un abono para su mujer y para su hijo de diez años y no concebía cerrar las puertas de los entrenamientos a todos esos jubilados que vendrían a ver al equipo el próximo invierno. Y entonces me di cuenta de que todo eso eran valores que algún día complicarían la despedida, el maldito significado de la palabra adiós.

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