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Gaizka Garitano. / Cordon Press

Fútbol

El entrenador de los ocho apellidos vascos

Gaizka Garitano, el hombre llamado a salvar al Athletic, es un periodista con ocho apellidos vascos que, si no es por el fútbol, hoy sería poeta en la calle: bertsolari

A veces, lo mejor o lo peor que te puede pasar en la vida viene así: culpa de la adversidad o de las penas de otros. Pero o viene así o tal vez no venga nunca. Así de tajante es esto de la vida que tiene hoy a Gaizka Garitano (Derio, 1975) al frente de un equipo enfermo en la clasificación como el Athletic. El Athletic, al que no se sabe qué canción le dedicaría Bruce Springsteen, uno de los grandes referentes de Gaizka Garitano. El hombre con el que solo he hablado una vez en mi vida y que, tras la primera pregunta que le hice, recuerdo que contestó así, como si fuese una carrera de 60 metros:

—Garitano, Aguirre, Urkizu, Asla, Zubikarai, Madariaga, Garraminia y Arteche…

Acababa de preguntarle si él tenía ocho apellidos vascos y, dada la rapidez de esa respuesta, me dio la impresión de que aquel hombre venía preparado o estaba acostumbrado a esa pregunta:

—No, qué va, nunca me la han hecho —contestó—. Pero cuando salió la película quise saberlo, me puse manos a la obra y este que le he dicho es el resultado.

Entonces Gaizka Garitano era un triunfador como entrenador del Eibar. Sin embargo, hoy, al frente de un club del historial del Athletic, es un hombre en apuros. Una sala de urgencias embutido en un rostro afilado, como si fuese el de un futbolista de campo; en un anorak, como los de los entrenadores de antes, que también se jugaban la vida a todo o nada. Porque este oficio de entrenar siempre fue así. Quizas un pacto con el diablo, como la música de Bruce Springsteen, inseparable de la personalidad de Gaizka Garitano. El hombre que, por su personalidad, podría haber sido Karra Elejalde en Ocho apellidos vascos. El mismo que podría escribir este artículo, entrevistarte mañana a ti o a mí, porque Garitano estudió periodismo en la Universidad de Lejona.

Otra cosa es que ejerciese, como tantos de los compañeros que uno dejó en la Facultad. Por eso no hubo posibilidad de que Garitano continuase esa magnífica tradición de cronistas vascos (Patxo Unzueta, Santiago Segurola, Eduardo Rodrigálvarez….) Quizá porque el fútbol, hijo y sobrino de futbolista, pisaba demasiado fuerte en su vida. A la larga, otro impedimento más para que hoy Garitano sea uno más de los bertsolari, que hay en las calles del País Vasco, que improvisan poesía y que, a golpe de palabras, llegan al corazón de los demás como si esto de llegar a los demás fuese fácil. Y no. No creo que lo sea: uno siempre ha pensado que ganar un lector puede ser tan difícil como ganar un partido.

De ahí que la vida de Gaizka Garitano esté sometida a esa palabra, “ganar”, que cada día nos mira a los ojos. A él, en el Athletic, para acabar con tanta angustia; a usted en su trabajo o a mí mismo para alejar a este texto de la indiferencia, como si fuese un bertsolari más en la calle. Porque al final, gane uno más o menos dinero, sepa uno más o menos de historia, en la vida se trata de pelear frente a la adversidad. Quizá hasta de vencerla y de descubrir a los personajes que hay en el fútbol por encima de los resultados que deja la clasificación, porque eso es otra forma de ganar partidos. “La gente se queja de que los personajes de fútbol somos sosos, pero es que los periodistas siempre nos preguntan lo mismo”, dijo Garitano en aquella entrevista que escribí para publico.es. “Por eso esta conversación me está sorprendiendo. No se me va a olvidar fácilmente”. Y la realidad es que hoy, que está tan abajo en la clasificación, todo lo contrario de entonces, le hubiese planteado la misma conversación.

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