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Fútbol

El Talento desperdiciado III: Paul Gascoigne

Gazza fue como futbolista un talento a la altura de los mejores, pero su historia es triste y habla más del fracaso que del éxito, más del error que del acierto.

A los 12 años un maestro le vio pintarrajeando las hojas de un cuaderno. Cuando le preguntó qué hacía, el joven Paul contestó: «Practicar mi firma, porque un día seré un futbolista muy famoso».

Gazza comenzó a brillar en los infantiles de Newcastle. Era un chico de dudoso físico, gordito, pero de gran técnica. Un entrenador suyo le recuerda como “un crío muy habilidoso, capaz de driblar jugadores con una facilidad impropia del futbol inglés”.

Su futbol, como su físico, fue creciendo. Su juego gustaba, entraba por los ojos y pronto se convirtió en la figura de las urracas. Terry Venables, en ese momento entrenador del Tottemham, se fijó en él y en su juego repleto de calidad y virtuosismo: más 21 goles en 92 partidos llamaban la atención. Gazza fichó por los de White Hart Lane, pero su llegada no fue todo lo placentera que debería. La hinchada de los Spurs le apodó “la bolita”. La prensa fue muy crítica y tachó de caprichoso a Venables, pero Gascoigne se puso a jugar y su fútbol no tardó en cautivar a los seguidores del club londinense.

Ese fue su gran salto y el principio del fin. Gazza se convirtió en primera página, posiblemente lo que siempre quiso ser, pero de forma equivocada. Paul ya era para la prensa the clown (el payaso), sus excentricidades fuera del campo llenaban tantos o más artículos que su fútbol. Sus bromas más o menos pesadas, más o menos graciosas, se publicaban como noticias: un día metía cucharas de metal en los bocadillos, otro día apuntaba a tomar rayos uva a su compañero de color Parkel o se fotografiaba comiendo cajas de bombones y bebiendo cerveza en un pub.

Fue dos años después, en el Mundial de Italia (1990), cuando el mundo vio al mejor Gascoigne, al extraordinario futbolista. Gazza llevó a los ingleses hasta semifinales y solo la campeona, Alemania, y por penaltis, pudo derrotarles. Las imágenes del jugador llorando tras ver la tarjeta amarilla, esa que le hubiese impedido jugar la final, dieron la vuelta al mundo. Gazza, el gordo, la bolita, el payaso, se había ganado a los ingleses, aunque poco tardó en tirar todo de nuevo por la borda.

El Tottemham lo traspasó a la Lazio, en Italia aun recordaban su exhibición en el Mundial. Y en su último partido con el Tottenham, en la final de Copa de 1991, se rompió el ligamento cruzado de su rodilla derecha. Los italianos respetaron lo firmado, pero Paul tardó más de diez meses en volver a jugar y complicó su recuperación con una pelea en un bar.

En Italia no triunfó. En tres años solo dejó detalles de calidad y poco más. Con su vuelta a las Islas su carrera fue una montaña rusa: una buena Eurocopa 96, en la que de nuevo volvió a perder una semifinal contra Alemania, y buenos años en el Glasgow Rangers. Lo demás fue una cuesta abajo plagada de incidentes, denuncias, maltratos, escándalos, agresiones, problemas racistas, peleas en pubs y alcohol, mucho alcohol.

George Best, del que ya hemos hablado aquí, otro de mis “futbolistas malditos”, dijo que su vida había tenido tres fases: “La primera y más feliz, transcurrió en campos de fútbol, la segunda, la más equivocada, en discotecas y bares, y la tercera, la peor, en hospitales y clínicas. Ahora veo que ya no habrá una cuarta”.

Paul Gascoigne dejo un millar de anécdotas dentro de un campo de fútbol. La más conocida y fotografiada fue la que tuvo con Vinnie Jones. El violentísimo jugador del Wimbledon quiso amedrentar a Gazza y lo hizo retorciéndole los testículos, fotografía que quedó para la historia.

Como tantos otros futbolistas que terminaron como juguetes rotos, la historia de Gascoigne es triste, una historia que habla más del fracaso que del éxito, más del error que del acierto. Gazza fue como futbolista un talento a la altura de los mejores jugadores ingleses de siempre, hay quien dijo que fue mejor que Keegan o Beckham, pero como en tantos casos de la Premier, su historia contiene más cervezas que fútbol.

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