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Fútbol

Gesta de River en Porto Alegre

En un partido épico, que se extendió hasta el minuto 114, River remontó el partido y la serie a Gremio, y se metió en la final de la Libertadores. Esta noche, Boca visita a Palmeiras en la segunda semifinal.

Es imposible no estar enamorado de la Copa Libertadores. Más allá de sus defectos endémicos, la Libertadores es el torneo en el que se manifiestan las mejores virtudes del fútbol latinoamericano: muchísima garra, buen juego, estadios boyantes y mucha lucha. El partido de anoche, en el que River Plate tenía que remontar una derrota en casa frente al campeón Gremio, fue una muestra de todo lo anterior.

Gremio salió a esperar, igual que en Buenos Aires, que River tomara la iniciativa y cometiera los errores propios de la vehemencia con que se busca una hazaña. El plan, sin embargo, no funcionó como en el Monumental: ni los brasileños parecían tan sólidos, ni los argentinos tan tiesos. De hecho, el cuadro de Gallardo arrancó el partido absolutamente convencido de que era mejor equipo y lo dejó claro en el juego.

Pero el fútbol y la vida son ingratos, y muchas veces injustos. Al minuto 36, un córner mal ejecutado, que se desvió en un hombre de River, terminó en los pies de Leonardo. El remate del brasileño, a su vez, chocó en otro defensor argentino, ante lo cual el portero Armani no pudo hacer nada. Era un mazazo para los millonarios, que habían hecho todos los méritos para irse con una victoria al descanso. Gremio, por su parte, anotó cuando peor jugaba.

El golpe fue duro: River no entró bien al segundo tiempo, nervioso, dubitativo y con la autoestima por los suelos. Y, así como llegó el primer gol sin mayor explicación ni aviso, apareció el empate al minuto 82. Un tiro libre frontal, de esos que casi siempre terminan en falta ofensiva o en las manos del portero, aterrizó en la cabeza de Santos Borré, que marcó el empate. Cabe mencionar que el delantero colombiano jugó un mal partido, pero compensó su falta de suerte con una exagerada voluntad por presionar y meter a su equipo en la pelea. Parecía que se estuviera jugando la vida.

Con el empate, el partido ya había entrado en el terreno de la épica. Llovía a cántaros sobre Porto Alegre, los jugadores empapados, igual que sus técnicos, los árbitros y el silenciado público brasileño. River empujaba. Santos Borré tomaba la lanza. Javier Pinola y Jonathan Maidana, los centrales argentinos, sacaban a su equipo. Nacho Scocco las peleaba todas, aunque sin suerte. Otro balonazo al área brasileña terminó ensuciándose con un desvío defensivo. Scocco, quien realizó el disparo desviado, reclamó córner, igual que sus compañeros. Ambos equipos se acomodaron en el área para esperar el pelotazo.

Pero el destino tenía otros planes para la Copa. De pronto, mientras todos esperábamos que se lanzara el córner, el árbitro Andrés Cunha se llevó el dedo índice al oído. Apretó con fuerza el intercomunicador, se secó la lluvia de la frente, hizo el gesto del VAR y fue trotando a la pantallita. En esa pantallita descansaban las esperanzas de millones de argentinos. Los brasileños ni querían ver. Nadie entendía muy bien qué pasaba, y fue recién tras ver la repetición que entendimos: el remate se desvió en el brazo abierto de un defensor brasileño. Nada que discutir. Penal.

Pareciera que el cielo se enteró de que se estaba escribiendo un pedazo de historia en la Arena do Gremio, porque la lluvia se transformó en diluvio, y fue bajo el aguacero que Pity Martínez estremeció las redes de Marcelo Grohe, y silenció ya definitivamente al público local, que no podía entender cómo en tan poco tiempo se había ido todo al demonio. Como si no fuera suficiente con Bolsonaro.

Para un observador neutral, como quien escribe, tiene algo de justicia poética que River haya ganado. Los jugadores brasileños se pasaron todo el segundo tiempo en el piso, fingiendo lesiones y demorando las acciones. De hecho, la segunda parte fue exageradamente cortada, y, por lo tanto, lenta y aburrida. Era justo que el equipo que había querido jugar, ganara. Lo contrario era demasiado premio para un equipo muy cínico.

Pase lo que pase en la final, el currículum de Marcelo Gallardo ya pide un salto vital: o Europa o la selección argentina. Pocos equipos son más grandes que River en América Latina, y, en las últimas cuatro ediciones de la Copa Libertadores, el cuadro porteño ha ganado el torneo una vez, ha llegado a la semifinal en otra, y esta vez está en la final de nuevo. No tendría que sorprendernos que los equipos más grandes del mundo (¿Por qué no el Real Madrid, que necesita nuevos aires?) ya tengan su número de teléfono. Ni qué decir de la AFA.

Por otro lado, en la segunda semifinal, esta noche Boca Juniors visita a Palmeiras con una ventaja de 2-0 conseguida en La Bombonera después de la doble aparición fantasmal de Darío Benedetto. Si, como es de prever, el equipo Xeneize conserva su ventaja, tendremos la suerte de presenciar una final histórica, entre los dos equipos más importantes de Argentina.

Un Superclásico de final de Copa, con ida y vuelta, sería un delicioso regalo de fin de año. Y la Libertadores lo merece.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

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