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Gilbert entra en meta como ganador de la París-Roubaix de 2019. BELGA / Cordon Press

Ciclismo

El doctorado de Gilbert en el Norte

El Infierno que lleva a los corredores desde París hasta Roubaix sirvió al belga para conquistar su cuarto Monumento, una proeza desconocida en el nuevo siglo

Nada es normal en la París Roubaix, nada se entiende ni se rige por las reglas del ciclismo. Es una carrera especial donde estás expuesto y desnudo ante su azar, su fuego, sus quemaduras y sus adoquines. En cada recoveco puede suceder algo, en cada curva hay un secreto y tras cada tramo de adoquín se oculta una historia por descubrir. La edición de 2019 llevará siempre el apellido Gilbert, que levantó el pedrusco en meta sonriente, sabedor de que ha roto la historia un poco más logrando su cuarto Monumento -ya había ganado en Lombardía, Lieja y Flandes-, algo que no sucedía desde el año 86, cuando Kelly cruzó la meta de San Remo en primera posición.

La carrera salió tan espectacular como casi siempre, porque es muy complicado que no sea así. Es como el Mortirolo o el Tourmalet, son escenarios que por sí solos brindan un espectáculo sin igual. Desde el primer momento estuvieron pasando cosas. Lo facilitó el hambre de un pelotón que no permitió la fuga. Todos querían estar en ella, sabedores de la importancia estratégica que otros años ha jugado y al final nadie se pudo marchar. Eso provocó que se rodara a mil por hora desde el primer momento y que las piernas de los ciclistas no tuvieran un segundo de descanso. Cuando se llegó a los 150 kilómetros finales, todos llevaban el calentón encima y la prueba se convertió en una guerra por la supervivencia.


Van Aert, orgullo ciclista


El primero de los ilustres en caer fue Kristoff, que sin motivo aparente se vio detrás y nunca pudo ir hacía delante y el segundo que parecía decir adiós era Wout Van Aert, pero del coraje de este chico se hablará largo y tendido en las tabernas por los siglos de los siglos. Su persecución en solitario recordó a la que ya hiciera su ‘compañero’ Van Der Poel hace apenas siete días. Se batió por los adoquines en solitario, sin compañeros de equipo, sorteando rivales, coches de equipo y hasta una caída propia, de la que se levantó como si de un lance de carrera más fuera. Su pundonor emocionó a todos y su persecución culminó con éxito.

Y si de coraje y pundonor va sobrado, de inteligencia táctica más todavía. Poco después de llegar, el gran favorito decidió mover el árbol. Superado el impresionante Bosque de Arenberg, en Mons en Pévèle, Peter Sagan encontró su momento. Arrancó sin mirar atrás y cuando se giró, el grupo se había hecho pedazos y apenas quedaban seis supervivientes, entre ellos el mencionado Van Aert, el gigantón Polit, Gilbert y Lampaert del temible Quick Step y Sep Vanmarcke, especialista como pocos en la carrera. En el pelotón trasero se quedaron mirándose Greg Van Avermaet, abandonado por un equipo sin talento, u Oliver Naesen, que tuvo su primer despiste de la primavera en el peor momento.

Pronto se vio que la carrera estaba en juego entre los seis y todos colaboraron para ello hasta que sintieron que lo tenían en la mano. Ahí empezó el juego táctico y estratégico, expuesto por los azules y sus dos hombres. Primero probo Gilbert, que se llevó a Sagan soldado a su rueda y ese giro táctico destrozó a Van Aert, absolutamente roto por los esfuerzos del día. Entregó la cuchara pero recibió la ovación del planeta ciclista. Pinchó, se cayó, persiguió, llegó, atacó y relevó sin escatimar un gramo de fuerzas. Acabó muerto, pero nada se le puede reprochar. Más como él hacen falta.


Sagan, sin gasolina al final


Parecía Sagan el más fuerte o esa impresión quiso dar, porque sus carencias quedaron al descubierto poco después de pasar por otro de los tramos cinco estrellas, el Carrefour de l’Arbre. Ahí tuvo que responder a otro fabuloso ataque de Gilbert, sin embargo, minutos después, un movimiento de Politt descubrió sus carencias. Se le vació el depósito, el belga lo leyó, se fue a por Politt y Sagan entregó el trono logrado en 2018. Ya no hubo oportunidad para nadie.


Los dos relevaron a la perfección y se plantaron en el Velódromo, a dónde llegó Iván García Cortina diez minutos después por un inoportuno pinchazo justo cuando estaba metido en el grupo formado por Peter Sagan, una desgracia tremenda, pero que sirvió para mostrarle al mundo su impresionante potencial. Fue ahí donde Gilbert hizo gala de su excelencia y su experiencia, destrozando en el sprint final a un fabuloso Nils Politt. Ganó con solvencia y entró, un poco más, en la leyenda del ciclismo.

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